Las cosas por su nombre
Miguel Casado, que estará en el Poex la próxima semana, reúne en "Estos nuevos tópicos" sus poemas de los últimos diez años, lanzados a una obstinada reconquista de la realidad por la palabra

Miguel Casado. / Pablo García
"No sé por qué estoy / reconciliado con este mundo", se pregunta Miguel Casado en uno de los poemas de su último libro, "Estos nuevos tópicos"; y quizá fuera necesario que todos nos preguntáramos lo mismo, independientemente del grado de padecimiento que nos cause la insana deriva de estos tiempos: si conservamos algún espíritu, algún propósito, o no somos ya sino mera inercia o, en el mejor de los casos, transformación acelerada. Leyendo la última producción del poeta vallisoletano, textos escritos entre 2014 y 2023, se observa que su querencia por el presente, su propensión a construir el pensamiento a partir del hilo de lo que está ocurriendo, empieza a coexistir con una mirada retrospectiva, más sobrevenida que autoimpuesta, al modo en que el espejo retrovisor devuelve a quien conduce lo que va dejando atrás. Sucede esto con frecuencia en los 53 poemas de que consta el libro, pero en uno en concreto (pág. 51) el procedimiento aparece descrito en detalle: "Cuántas veces miro por mirar / y me detengo en algo, estiro la cabeza / y, luego que paso, me vuelvo para verlo / al revés". El poema contiene a punto y seguido una relación minuciosa de esa operativa que aún permite al autor reconciliarse con el mundo, repararse gracias al lugar, el hábitat predilecto, identificado a menudo con la naturaleza: la del campo y la de los recodos de la ciudad donde los trazos de una vida espontánea, humana o animal o floral, de puro milagro, sobreviven. Y de paso, a lo mejor, quizá también encierre lo que para Casado sea todavía el sublime. "Es un gozo, pero no recurro / a la palabra belleza, no lo digo / así. Puedo en ocasiones / llamarlo vida, porque se mueve, / contradice, teme, deforme un poco / o impreciso, se cae, no dura". Y concluye: "Y también por eso / lo llamaría alegría, si se me ocurriera". Vida es la palabra clave; y alegría; pero no nostalgia, pues no la hay para el sujeto que ha sentido la "enfermedad del tiempo / posada en el estómago, contraído / siempre en su urgencia" (pág. 23). En cambio, aflora constantemente a esta poesía nada complaciente, capaz de injertar una reflexión política en un apunte paisajístico, lo que el propio autor ha llamado, en apremiante expresión acuñada apoyándose en Cernuda, "deseo de realidad"; el deseo de que las palabras puedan volver a llamar a las cosas tras haberse despegado de ellas (pág. 65). No otro aspira a ser el sublime de Casado, aunque en poemas como el que empieza "Krímov cruzaba el Volga de noche", escrito con los colores y la épica de la novela "Vida y destino" en mente, aun comparezca una sublimidad arquetípicamente romántica ("el río ardía y el cielo entero negro / se salpicaba de luces chispeantes. El agua / era un campo de llamas"). Pero se trata de un "instante sublime" cuya belleza, prescrita como "anómala", ya está contaminada de "miedo y pensamiento". ¿Es anómala porque intimida o porque induce a pensar? Casi seguro que por lo segundo, porque pensar en el poema, pensar en corto, a bote pronto, con arreglo a imagen o asociación imprevista, es el otro elemento crucial de la poética del vallisoletano; y en cambio el miedo, la vida "después de un límite", se abre al territorio de "lo ajeno al pensamiento", a la deriva (quizá) transformadora y a la inercia seguro aniquilante. ¿Qué límite pueda ser ese que para Casado se espesa cuando Krímov acaba torturado en la Lubianka, "expulsado a un vacío"? ¿Quizá, una vez traída al presente la anécdota, el límite que cruzamos, cada día, estos días, viviendo nuestros nuevos tópicos?
Pero hablaba de pensamiento, de ese peculiar pensar dentro del poema, tan distinto de pensar dentro del ensayo o del artículo, porque el poema admite como materia la propia probatura, y a veces es eso todo lo que entrega. No faltan en el libro referencias a la actividad y, en concreto, a su naturaleza aleatoria, como en la rara (para Casado) y breve combinación de eneasílabos y endecasílabos de la página 57: "No sé bien qué intento pensar, / cuando tal vez el punto de partida / excluye cualquier fin. Y conocer / venga quizá del insistir, al modo / de los problemas matemáticos / cuya solución tarda en encontrarse". Y no ya azarosa, improvisada; a veces, también, un punto desalentadora, por lo que tiene de registro de una pérdida, de un fracaso: "Me levanto / y pongo nombres; pienso luego, y se desvanecen. / Aunque no es seguro que sea pensar / este sentirse ajeno, enfriarse por dentro" (pág. 65). Luego es el propio ejercicio de pensar, con sus tropiezos, el que nos tienta a dudar de su eficacia; y, sin embargo, inevitablemente, seguimos empeñados en cultivarlo –así, en la segunda sección del libro, titulada "Cuaderno de la torcedura", empeñados en pensar sobre, o a partir de, cuestiones políticas: el cambio, la revolución. Asoma ahí el Casado que reconoce que "la acción no piensa", sino que "su sentimiento actúa" hasta crear "una física / que del alma emana y las manos miden" (pág. 59); pero también el consumidor de información que guarda "los enlaces por si no hubiera otro futuro que el tiempo que tarden en pasar de moda" (pág. 62). La torsión, aquí, es pensar despacio, dejándose empapar de datos y opiniones sin caer en la inercia, y caminar un punto más allá de los discursos y la información, de la realidad en tanto que constructo ideológico, intentando, al mismo tiempo, formular ideas con palabras que, como el autor desea, puedan volver a llamar a las cosas tras haberse despegado de ellas. Pues no en vano, afirma al final del libro, siempre "con sus reservas la vida nos desborda", y el lenguaje no es más que el registro de esa pérdida y esa ganancia.

Estos nuevos tópicos
Miguel Casado
Tusquets, 124 páginas 17 euros
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