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De lo gótico a lo negro, pasando por lo fantástico

Juan Ramón Biedma descubre en "El club de los primogénitos" que el mal ni se crea ni se destruye, simplemente se hereda

Juan Ramón Biedma.

Juan Ramón Biedma. / LNE

Alejandro M. Gallo

Juan Ramón Biedma (Sevilla, 1962) es un excelente escritor especialista en el maridaje de géneros. La prueba es la variedad de premios que ha cosechado en diferentes ámbitos: el Dashiell Hammett a la mejor novela negra en castellano; el Especial de la Semana Gótica de Madrid; el Celsius a la novela fantástica, el Unicaja de Novela Fernando Quiñones y ahora el VII Galardón de Letras del Mediterráneo con "El club de los primogénitos".

En sus dos primeras novelas dejó fijados los andamios sobre los que alzaría sus tramas, personajes y escenario. Así, en "El manuscrito de Dios" (2005) dibujó un mundo repleto de asilos siniestros, de sanatorios abandonados, capillas profanadas, de subterráneos habitados por gentes sin hogar y calles vacías donde caminaba una mujer sin futuro y un sacerdote sin pasado. Luego vendría "El imán y la bruja" (2008), donde mezcló la misteriosa aparición de un joven crucificado con la desesperada búsqueda de tres películas snuff por parte de cinco soldados de un tambor de Regulares y de siete muchachos que se creían el ombligo del mundo. Todo ambientado en 1926, en plena dictadura de Miguel Primo de Rivera.

En su penúltima novela, "Crisanta" (2023) –reseñada en estas páginas–, mantuvo Sevilla como escenario principal y el barrio de Triana como centro neurálgico de una trama desarrollada durante la guerra civil. Eso nos confirmó que la capital andaluza ha encontrado en él a su principal narrador, como Venecia a Donna Leon, Los Ángeles a James Ellroy, Atenas a Petros Márkaris, Marsella a Jean Claude-Izzo o Sicilia a Andrea Camilleri. Una Sevilla real y cruda, ocupada en aquellos tiempos por el mojigato general Queipo de Llano, por la que transitaba Crisanta, un cruce entre nigromante y aventurera.

Ahora, en "El club de los primogénitos", Biedma nos traslada a un Castellón de atmósfera asfixiante, con leyendas internas de órdenes y cofradías, en medio de lo gótico, lo siniestro y lo fantástico. Sin descripciones mohosas, pues se limita al comienzo de cada epígrafe a anunciarnos dónde se desarrolla, como si abriera con una claqueta cinematográfica la escena, el plano y la toma. Por ejemplo: "Carretera secundaria/exterior/mañana".

Una novela que comienza en un Café-Teatro, con "Un pianista sin brazos que toca las teclas con los dedos de los pies […], una joven de trece años con un cincuentón […], un hipnotizador, el eminentísimo Lombardo" (p. 11). En cuyo desarrollo mantiene su apego a los personajes de las nigromantes, en esta ocasión representadas por Sastra, una camarera de sesenta años a la que le han secuestrado a la nieta. La familia se pone en contacto con Navacerrada, un detective de los desfavorecidos, de los que no tienen recursos para contratar a uno de glamour, de los del cine negro de Hollywood. Un investigador que cuando "pregunta por la hechicera Soukaina, lo miran como si fuera un policía infiltrado o el tataranieto de "El Guerrero del antifaz"" (p. 65).

Entonces, entre Castellón, Sastra y Navacerrada aparece "El club de los primogénitos", agrupación de personas que han sufrido un secuestro a lo largo de su vida y se reúnen en un local destartalado de un polígono industrial, donde la terapia de grupo será su forma de relacionarse. "Cada reunión es como asistir a un desfile de la corte de los milagros", nos dirá. Son, pues, gentes señaladas por su trauma, con conductas disfuncionales polarizadas, que se ayudan permaneciendo en el anonimato. De ahí que hayan adoptado nombres de escritores que comienzan por "B": Byron, Baudelaire, Bishop, Borges, Bolaño, Bazán… y así hasta el decimoctavo, Balzac, que se incorpora en la página 94 para contarnos su herida emocional.

Una novela escrita con prosa afilada, que pivota alrededor de un extraño chantaje y avanza a ritmo de conspiración, en un aire esotérico sin héroes impolutos porque todos son personajes que no tienen dónde caerse muertos y la tradición se presenta como la excusa perfecta para el asesinato, pues el mal, a veces, ni se crea ni se destruye, simplemente se hereda.

Y atravesando todo lo anterior, la exposición de la filosofía de la historia de Walter Benjamín, aquello de que "debe ser analizada a contrapelo", salpicada del humor corrosivo de Juan Ramón Biedma: "Se había ido a hacer el Camino de Santiago al revés, porque necesitaba desdecirse de Dios" (p. 77).

El club de los primogénitos

Juan Ramón Biedma

Almuzara, 292 páginas 19,95 euros

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