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Debates por los suelos

Las estultas declaraciones de Timothée Chalamet dejan ver las carencias del sector escénico-musical

Timothée Chalamet.

Timothée Chalamet. / EFE

Timothée Chalamet, actor treintañero en la cresta de la ola, ha hecho unas declaraciones absurdas, rayanas en la estulticia, acerca de la irrelevancia de la ópera y el ballet y buena parte del sector está reaccionando con un furor que dejar ver más las carencias que las notables fortalezas que indudablemente tiene.

Los comentarios son tan irrelevantes que no van más allá de un chascarrillo y no merecen un contraataque tan ofendido por algunas de las principales casas de ópera o de artistas tan indignados que producen hilaridad.

La ópera y el ballet llevan siglos entre nosotros, son patrimonio de la humanidad. Mantienen una vigencia y una creatividad absolutas. De hecho, pocas artes son tan innovadoras como la danza, verdadero caudal de creatividad que mantiene vivos, con enorme vigor, los grandes ballets académicos del siglo XIX a la vez que ha incorporado nuevas formas y estilos que llegan a nuestro tiempo con legión de seguidores. Asombra comprobar el altísimo nivel de compañías públicas y privadas y su profunda conexión con el público en audiencias globales que llenan teatros de forma continua y sin la necesidad de acudir a los recursos publicitarios y de atención mediática que el cine precisa para mantenerse en pie. Precisamente es la exhibición tradicional en salas la que está en estado comatoso, hasta el punto de que los nuevos formatos de las plataformas han llevado a la proyección cinematográfica a mínimos en la mayoría de los países. Ahora son las pantallas privadas las que mandan en ese campo. Pero las reglas del séptimo arte se han modificado de forma sustancial y habría que analizar si no estamos ante una expresión artística que ya es otra cosa.

La ópera también vive uno de sus mejores momentos, con una tupida red de teatros mundiales, estrenos de manera continua, recuperaciones patrimoniales, y un abordaje novedoso y renovado del repertorio tradicional. Tanto el ballet como la ópera están generando enorme interés entre jóvenes intérpretes y, de hecho, canales tradicionales de acceso a la profesión como los concursos, óperas estudio o jóvenes compañías, están saturados de nuevos aspirantes en todo el mundo. Pensemos en los millones de jóvenes que, en China, por sólo citar un país, realizan estudios de música clásica –canto entre ellos– y nos daremos cuenta de su relevancia.

Otra cosa es que los medios no cuenten esa realidad, pero existe. Por eso algunas reacciones ante el chascarrillo de Chalamet son tan pueriles y fuera de sentido. Lo que de verdad nos revela la polémica es los límites insustanciales del debate cultural en nuestro tiempo. Cualquier tontería de barra de bar cuela y se admite como tesis, se amplifica por las redes y los medios se la apropian con vehemencia bochornosa. Dejemos al joven actor vivir feliz en su soberbia ignorante y palurda. En algún sitio estos días leí que en un programa televiso Emma Thompson bromeó con él sobre su corte de pelo y el efecto que esto había producido en Sansón. Chalamet no sabía nada de esa historia bíblica. No quiero ni pensar el sarpullido que va a tener cuando, además, se entere de que Sansón y Dalila es, también, una maravillosa ópera de Saint-Saëns. Quizá alguien de su entorno, con voluntad de ayudar, le pudiese recomendar asistencia a unas clases magistrales de cultura general para no exhibir esas fosas abisales de ignorancia con tanto desparpajo.

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