La guerra más feroz
Elvira Dones, albanesa e italiana de adopción, narra con gran pulso y desde la óptica de tres mujeres el asedio de Pristina por parte de los soldados y paramilitares de Milosevic

Slobodan Milosevic saluda a un niño en Gnjilane, a 50 kilómetros de Pristina, la capital de Kosovo, en 1997, antes del comienzo de la guerra. / EFE
Los europeos de nuestro tiempo que más cerca han vivido la guerra son los que mejor han sabido narrarla. Por ejemplo, los balcánicos. La escritora, guionista y autora de documentales, albanesa de nacimiento e italiana de adopción, Elvira Dones (Durrës, 1960) lo ha hecho en "Pequeña guerra perfecta", título irónico que funciona como una advertencia y que no describe una guerra ordenada ni estratégica y sí el mecanismo perverso de una ferocidad que se pretende limpia y necesaria, mientras pulveriza cualquier rastro de humanidad. En esa contradicción se mueve la novela; en sus páginas la maquinaria militar y paramilitar avanza con una lógica fría, mientras la vida cotidiana se descompone en fragmentos de miedo, silencio y supervivencia.
Dones, que escribe en italiano, su legua adoptiva, se adentra en uno de los episodios más sombríos de la Europa reciente, como es la violencia desencadenada durante la guerra de Kosovo bajo el régimen de Slobodan Milosevic. La novela sitúa su centro narrativo en el asedio y devastación de Pristina, cuando la ciudad se convierte en escenario de expulsiones, violaciones sistemáticas, saqueos y desapariciones. La autora no pretende una crónica histórica ni una reconstrucción documental, su apuesta consiste en observar el horror desde la intimidad de quienes quedan atrapados en él. Tres mujeres –tres miradas, tres modos de resistir– son las que sostienen un relato duro y sin concesiones. El origen de Elvira Dones y su experiencia como observadora directa de los conflictos de la región dotan al texto de una densidad moral que evita el exotismo o la simplificación. En lugar de grandes discursos geopolíticos, la autora de "Pequeña guerra perfecta" se concentra en la textura concreta del desastre, el ruido de los convoyes, los golpes en las puertas durante la noche, el peso de una mirada que puede significar en cualquier momento la muerte.
Las tres protagonistas –Rea, Nita y Hana– representan distintas edades, trayectorias y expectativas vitales, pero comparten una misma condición, expuestas a una violencia que busca convertirlas en botín de guerra. La novela no escatima crudeza al mostrar cómo el conflicto utiliza el cuerpo femenino de territorio simbólico. Sin embargo, Dones no cae en el riesgo de reducir a estas mujeres a meras víctimas. Cada una de ellas encarna una forma distinta de resistencia: la obstinación silenciosa, la memoria que se niega a desaparecer y la voluntad de preservar una dignidad mínima en medio de la devastación.
Dotado de una prosa deliberadamente sobria, prolija en frases secas y cortantes, el libro tiene uno de sus mayores logros en la estructura narrativa fragmentaria. La autora alterna escenas breves, casi instantáneas, con momentos de introspección que permiten acceder a la interioridad de las protagonistas. Este ritmo discontinuo reproduce, de algún modo, la experiencia misma del conflicto, cuando la vida rompe en episodios abruptos, la continuidad desaparece y el tiempo queda suspendido entre el terror y la espera. Solemos llamarlo suspense. Y en él hay también una dimensión ética. Dones parece sugerir que la guerra no puede contarse con la linealidad cómoda de una narración tradicional. La violencia extrema fractura el relato, lo obliga a recomponerse a partir de restos, de recuerdos incompletos y de silencios. Por eso la novela avanza como una sucesión de heridas narrativas y cada capítulo es capaz de abrir una nueva grieta en la conciencia del lector.
El estilo crudo, descarnado, que imprime Dones a su escritura, transmite una sensación de urgencia y asfixia, e intensifica el impacto de las escenas más brutales. No busca amplificarlas retóricamente, al contrario, la autora confía en que el horror se manifieste por sí mismo, sin necesidad de subrayados. A lo largo del libro emerge también un retrato inquietante de la banalidad del mal. Los soldados y paramilitares que irrumpen en las calles de Pristina no son monstruos abstractos, sino individuos que han aceptado la lógica de la violencia colectiva. Esa normalización del crimen resulta más perturbadora que cualquier gesto de sadismo explícito. La guerra, sugiere Elvira Dones, funciona precisamente porque consigue convertir lo impensable en rutina. Como bien escribe Roberto Saviano en el prólogo de esta estremecedora historia, no se trata simplemente de una novela de guerra: es la guerra.

Pequeña guerra perfecta
Elvira Dones
Traducción de Regina López Muñoz
Errata Naturae, 222 páginas, 22 euros
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