El hijo búlgaro de Sherezade
"Física de la tristeza", la segunda novela de Gueorgui Gospodínov, es un viaje insólito y alucinado por la memoria de Europa, un libro puzle armado con imaginación, humor y poesía y signado por la gracia verbal de su autor

Gueorgui Gospodínov / Pablo García
Gueorgui Gospodínov ha recurrido en su obra, de forma frecuente, a un personaje ficticio, de nombre Gaustín, de quien se ha servido para explorar su tema predilecto: el tiempo y sus múltiples vicisitudes. Gaustín, que era pieza fundamental en "Las Tempestálidas", aparece de manera más episódica en "Física de la tristeza", aunque a él se le atribuye la frase que vertebra, mejor que ninguna otra, esta obra capital de la literatura europea, originalmente publicada en Bulgaria en el año 2011. La sentencia de esa feliz coartada literaria que es Gaustín reza como sigue: "Los géneros puros no me interesan mucho. No hay raza aria en la novela".
"Física de la tristeza" puede leerse como un elogio de la novela en tanto que contenedor de contenedores, centrifugadora de ideas, panóptico de miradas y arte caníbal por excelencia, capaz de devorar cuanto cae dentro de su radio de acción, de digerirlo y de metabolizarlo. En verdad, quién dijo miedo. Porque aquí, durante este viaje insólito y alucinante, en el que se convoca la extinción de los dinosaurios junto a ciertos avatares de la Segunda Guerra Mundial, la obsesión por las cápsulas de tiempo al lado del mito del Minotauro o la vida socialista en el Este de Europa en diálogo con la biografía sentimental de un escritor llamado Gueorgui Gospodínov, la novela desgarra todos los corsés, rompe todos los moldes y deshace todas las costuras hasta instalarse en nuestro ánimo, gozosa y fecundamente, como un coro de voces que canta sin reposo ni transición lo íntimo y lo cósmico, el apunte familiar y la coordenada de época, lo banal y lo sublime, pero que lo hace siempre desde la convicción de que la narrativa es el último reducto contra el olvido, de que la oralidad (y su hija primogénita, la escritura) es el verdadero patrimonio de los débiles, y de que todo escritor, se llame Proust o Pedro Pérez, lo asistan el mérito o la mediocridad, esté destinado a pervivir en la Academia o a vagar ignorado en el más piadoso de los olvidos, es un sosia de aquella Sherezade que, para salvar la cabeza, narró y narró y narró hasta convertir su voz en salvoconducto de la existencia.
Gospodínov evidencia esta fortaleza de la narración mediante lo que denomina el complejo de Noé, un auténtico Arca de la memoria en la que el escritor registra y preserva cuanto considera digno de ser rescatado frente al inmisericorde empuje de los relojes y de los calendarios. De hecho, en "Física de la tristeza" Gospodínov es un Noé redivivo que, anticipándose a cualquier Diluvio por venir (y el Diluvio es ineludible, adopte el nombre de alzhéimer, de dictadura o de decrepitud), guarda entre sus páginas la historia de su familia y la suya propia, aunque también la de Bulgaria y la de buena parte de Europa, sirviéndose para ello de las diversas modalidades narrativas al alcance, se trate del hexámetro (resulta conmovedor su homenaje a esta forma de métrica arcaica en un delicioso texto dedicado a Hesíodo), del diálogo socrático, del relato al uso, del tratado ensayístico o incluso de lo que denomina, sin atisbo de ironía, "instrucciones para mataderos". No en vano, en un momento singularmente inspirado, en el que presenta al escritor como un comprador de historias y como un chamarilero de recuerdos, Gospodínov no vacila a la hora de sentenciar: "Narrar forma parte del Juicio Final, porque hace que la gente comprenda".
Junto a esta proliferación de discursos, en la que las muy variadas formas que adopta la prosa acaba por conformar una suerte de modélica democratización de la palabra, Gospodínov echa mano también de su habitual maestría en el empleo del tiempo, que en "Las Tempestálidas" se conformó como la sustancia misma de la novela, para permitirse una segunda estrategia no menos sugestiva de ampliación del campo de batalla. La capacidad imaginativa del escritor búlgaro permite así que el narrador sea su abuelo en 1913, o su padre en 1944, o su propia hija de tres años y medio, e incluso una babosa, o azafrán otoñal, o nube que pasa, o ese niño monstruoso atisbado en un circo de una infancia ajena, con cuerpo humano y cabeza de toro, que acompaña al escritor a lo largo y a lo ancho de esta fecunda y maravillada pesquisa en torno a la identidad, una pesquisa que permite escribir a Gospodínov, conculcando las leyes gramaticales, "Yo somos", "Yo fuimos", "Yo seremos", y que ubica esta exultante novela en el campo de la especulación pura y del goce creador.
Pero existe un tercer elemento en "Física de la tristeza" (en toda la obra de Gospodínov, en realidad) que no tiene que ver ni con la destreza en el empleo de la forma ni con el talento a la hora de jugar con una categoría tan central y decisiva como es el tiempo. A falta de una palabra mejor, emplearé el sustantivo "gracia". Y "gracia" no en el sentido de comicidad, sino en el sentido de encanto. Late una gracia natural en la escritura de Gospodínov que se resiste a cualquier impostura o mistificación, una aparente sencillez, una fluidez desarmante, tan inefable como difícil de definir, que convierte la lectura de sus libros en una deliciosa travesía, en un viaje que permite al escritor moverse por los temas más serios e incluso trágicos (la muerte de las ilusiones, la tiranía de la Historia, la desaparición de los seres queridos), navegar por esas aguas procelosas, a menudo infestadas de presencias terribles, como si en realidad lo hiciera por la superficie en calma de un lago en el mediodía de un verano plácido. De este modo, la tristeza de fondo que, ya desde su título, preside esta polifónica novela le es entregada al lector en figura de alivio y de consuelo. Pues leer (¡y escuchar!) la multitud de historias que conforman el marco de este libro mosaico, de este libro puzle, de este libro mecano, instila en nosotros una rara, seductora e imbatible impresión de restitución.

Física de la tristeza
Gueorgui Gospodínov
Traducción de María Vútova
Impedimenta, 304 páginas 24,95 euros
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