Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

¿Y por los botones, cuánto me darían?

"Hambre", la inmortal novela de Knut Hamsun, piedra basal del modernismo literario, vuelve a las librerías en una nueva traducción que busca, ante todo, trasladarnos de pleno la extrañeza del original noruego

Knut Hamsun

Knut Hamsun / Pablo García

M. S. Suárez Lafuente

Vuelve a las librerías, en una nueva traducción, "Hambre", la novela más conocida del noruego Knut Hamsun (1859-1952), premio Nobel en 1920, autor de merecida fama y prestigio hasta la conclusión de la II Guerra Mundial, cuando su filonazismo le hundió en el olvido y el oprobio durante décadas. Publicada en 1890, la obra, precursora de la novela modernista, tuvo una influencia directa y reconocida en Franz Kafka, Thomas Mann, Albert Camus o Paul Auster.

"Hambre" es la tercera novela de Hamsun, pero la primera importante que publicó; en ella rompe con el realismo y se interna en los entresijos de la mente, anticipando el "fluir de conciencia" del que James Joyce, bastantes años después, será maestro. Isaac Bashevis Singer dijo de "Hambre" que por "su subjetividad, su impresionismo, su uso de la retrospectividad, su lírica [...] toda la literatura moderna de nuestro siglo se puede remontar hasta Hamsun".

La novela se resuelve en cuatro partes a lo largo de un año, con un único personaje que nos narra su peregrinar por la ciudad de Christiania, hoy Oslo. Su vida está dominada por el hambre, un acusado sentido de la dignidad y la vergüenza social y una imaginación desbordada que se manifiesta en mentiras exageradas e innecesarias que, según él, ponen a salvo el respeto que se le debe.

A medida que transcurre el tiempo y el hambre va apoderándose de su cuerpo hasta desfigurarlo, el hombre va despojándose de todo lo material, hasta que ya solo tiene un mínimo de ropa, con la que incluso duerme, para poder andar por la calle. Vende o empeña todo lo que posee: su corbata y su chaleco, últimos vestigios de su clase social, y, desesperado, llega a preguntarse: "¿Si quitara los botones de la chaqueta, cuánto me darían por ellos?".

Sin casa y sin dinero, sus únicas posesiones son unas cuartillas vacías y un cuarto de lápiz. Con ellas quiere lanzar su carrera de escritor, buscando febrilmente temas que acaparen la atención de los editores de los periódicos para conseguir unas pocas monedas que le permitan subsistir unos cuantos días más y así seguir buscando sobre qué escribir. Consciente de sus altibajos emocionales y de sus mentiras innecesarias, no sabe, sin embargo, que su mejor obra es la que está narrándonos desde su particular y subjetivo punto de vista.

Sí sabe que es el hambre, que aparece ya en las primeras líneas del libro, la responsable de que el cerebro se le escape "de la cabeza a pequeños chorros". Un hambre que va en aumento, ocupando cada vez más espacio en sus pensamientos, hasta que se personifica, le ataca y le corroe "intolerablemente las entrañas". Para distraerla, llega a masticar palos y astillas, trozos de su chaqueta y, en un desvarío, muerde con saña su propio dedo índice.

Consciente de su degradación física y mental, justifica, no obstante, su repulsa a dejarse ayudar por las instituciones o a aceptar limosnas de gente desconocida. Repite constantemente que él es una "persona decente", "un hombre honrado", "un faro blanco en medio de un turbio mar de seres humanos en el que flotaban los náufragos".

Cuando sus fuerzas están al límite, al final de cada parte, aparece alguien que le rescata temporalmente, para volver a empezar, siempre un poco más deprimido, pues siente que sus fuerzas y sus recursos literarios cada vez son más exiguos. También se resienten las esperanzas de quienes leemos, que sufrimos con el personaje esperando que en la siguiente página suceda lo peor.

Pero Hamsun dosifica muy bien nuestras propias angustias, pues abundan las distracciones, los pasajes tragicómicos, en los que el personaje se inventa trucos e historias, de las que él mismo se ríe, para aliviar su situación. Así, surgen las anécdotas y los personajes, esporádicamente secundarios, con los que se encuentra: el cochero, el tendero, la familia de su última patrona y, especialmente, la joven que se cruza en su vida y que incorpora un fugaz episodio de pensamiento mágico: la representación de Ylayali, su mujer ideal. Pero, como siempre, el sentido de la decencia, la conciencia de su aspecto físico deplorable y de su carencia de expectativas le llevan a negarse el consuelo de un amor real.

Incapaz, progresivamente, de sobrevivir y de convivir en una ciudad donde todas las personas son anónimas, donde no existe su pasado ni su genealogía, que nunca llegamos a conocer, invoca continuamente a Dios, bien para pedirle ayuda o para pedirle cuentas :"¿Era yo un vago? ¿Acaso no había solicitado empleos, escuchado conferencias y escrito artículos para los periódicos y leído y trabajado día y noche? [...] ¿Acaso vivía en hoteles? No, vivía en un edificio ruinoso [...] De modo que no entendía absolutamente nada". Él solo pide "estar sentado en un hogar de seres humanos, oyendo el tictac de un reloj y hablando con una joven" en lugar de hablar consigo mismo.

En un giro derridiano, más de medio siglo antes de que Jacques Derrida lo formule, llega a la conclusión de que todo, sus anhelos y sus desdichas, su fe en la ayuda divina y humana, no es "más que palabrería, pura literatura con la que yo procuraba esmerarme aun en medio de mi miseria, un puro y simple discurso".

Así, prosigue su vagar por la ciudad, registrando todo lo que ve, las gentes, sus gestos, sus actitudes, las tiendas, los coches de caballos, los juegos de los niños, el paso de los minutos, de las horas, el tiempo atmosférico, el alba y el ocaso: "Todo influía en mí y todo me distraía". Al igual que sucederá décadas después con la Mrs. Dalloway de Virginia Woolf.

El mayor miedo del personaje es la locura, que sus arranques desproporcionados de ira no tengan vuelta atrás y le suman en el silencio y la oscuridad. Más que a la muerte, teme a la celda carcelaria, a "la eterna oscuridad". "¿Y si yo mismo me hubiera disuelto en la oscuridad, fundiéndome con ella?", se pregunta.

Hasta la última página vivimos las angustias de este escritor frustrado. ¿Hay esperanza para él?

Por favor, no lean el final anticipadamente.

Hambre

Knut Hamsun

Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo

Nórdica, 252 páginas, 21,50 euros

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents