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Neutralidad o implicación

Graham Greene advierte con "El americano tranquilo", una de sus mejores novelas, sobre los riesgos de la certeza en las guerras o la tentación de imponer un orden desde fuera

Brendan Fraser  y Michael Caine, en una escena  de la película "El americano impasible" (2002), de Phillip Noyce.

Brendan Fraser y Michael Caine, en una escena de la película "El americano impasible" (2002), de Phillip Noyce. / LNE

Luis M. Alonso

Luis M. Alonso

Leída hoy, "El americano tranquilo", una de las grandes novelas de Graham Greene, conserva una vigencia sorprendente. En ella, la crítica a la intervención extranjera, al idealismo político desconectado de la realidad local, resuena con fuerza en un mundo que ha repetido, una y otra vez, los mismos errores. Greene no ofrece soluciones ni consuelos. Su novela es, ante todo, una advertencia sobre los peligros de la certeza, o la tentación de imponer un orden desde fuera, o mismamente la facilidad con la que las buenas intenciones pueden desembocar en desastre. Bajo la apariencia de un relato sobrio y contenido, encierra una densidad moral difícil de agotar. Con su habitual y eficaz economía expresiva, el autor construye una historia que no solo retrata un momento histórico –la Indochina previa a la implicación estadounidense–, sino que desmenuza, con una lucidez incómoda, las ilusiones y cegueras de Occidente.

La novela está narrada por Thomas Fowler, periodista británico instalado en Saigón, un hombre cansado, descreído, que se aferra a una supuesta neutralidad profesional como último refugio ético. ¿Es posible ser neutral en un contexto de injusticia y violencia? Fowler insiste en que sí, en que su papel es observar, no actuar. Sin embargo, la propia evolución de la trama pone en cuestión esa postura. La neutralidad, sugiere Greene, puede ser una forma de complicidad. "El americano tranquilo" sitúa al lector en un espacio moral ambiguo en el que Fowler observa, registra, pero insiste en no intervenir. Su mirada, en cambio, dista de ser inocente. Es una mirada fatigada, teñida de cinismo, que pretende ocultar una implicación emocional profunda, tanto con el país como con Phuong, la joven vietnamita con la que mantiene una relación tan desigual como reveladora.

En contraste está Alden Pyle, el "americano tranquilo" del título, cuya figura es uno de los grandes logros de la novela. Pyle encarna una inocencia peligrosa; cree en teorías políticas abstractas, en la posibilidad de una tercera fuerza que redima Vietnam, y en la legitimidad de intervenir para imponer ese ideal. Greene no lo retrata como un villano consciente; para el autor es la figura inquietante de un hombre bienintencionado cuya fe en sus propias ideas lo vuelve ciego ante las consecuencias de sus actos. Todo ese tumulto de contradicciones que envuelve a algunos de los personajes de las novelas del escritor británico, tan humanos y cautivos de sus pequeñas y grandes obsesiones, aflora en Pyle.

El choque entre Fowler y Pyle articula el núcleo dramático de la novela. No es solo un conflicto personal –agravado por su relación con Phuong–, sino una confrontación entre dos formas de entender el mundo. Fowler representa el escepticismo europeo, curtido por siglos de historia y desencanto; Pyle, el optimismo estadounidense de antaño, confiado en que la razón y la buena voluntad bastan para reorganizar la realidad. Greene no concede la victoria moral a ninguno de los dos. Fowler, pese a su lucidez, no está exento de egoísmo ni de cobardía; Pyle, a pesar de su idealismo, termina siendo responsable de una violencia devastadora.

Se trata, en cualquier caso, de una devastación total, ya que uno de los grandes aciertos de la novela es su capacidad para mostrar la guerra no tanto en el frente como en sus orillas; en las calles de Saigón, en los cafés, en los desplazamientos cotidianos. Pocas autores son capaces de detectar y trasmitir como Greene este clase de atmósferas. La violencia aparece de forma abrupta, casi incidental, pero con un impacto desolador. El autor de "El americano tranquilo" evita la épica y opta por escenas que, en su aparente sencillez, condensan la tragedia de un país atrapado entre fuerzas externas. La famosa del atentado –descrita con una precisión quirúrgica– representa uno de los momentos más sobrecogedores del libro: cuerpos, ruido y una verdad que ya no puede ser ignorada. Llevada al cine en dos ocasiones, la escritura por sí sola contiene una potente capacidad visual. El estilo de Greene es fundamental para el efecto de la novela. Su prosa, limpia y contenida, rehúye la farfolla y confía en la fuerza de lo sugerido. La cualidad casi periodística, acorde con la voz de Fowler, encierra a la vez una profundidad moral que trasciende el registro documental. Cada diálogo, cada observación aparentemente banal está cargada de sentido, con una interpelación al lector en cada párrafo que convierte esta novela en un clásico imprescindible.

El americano tranquilo

Graham Greene

Traducción de Miguel Temprano García

Libros del Asteroide, 264 páginas, 20,95 €

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