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El genio de la lengua

"Cortesanos", de Manuel Longares, es un libro memorable, mesmerizante, que se lee en estado de hipnosis, y que regala, de nuevo, un espléndido fresco acerca del espacio predilecto del escritor, Madrid

Manuel Longares.

Manuel Longares. / EP

Desde "La novela del corsé", publicada en 1979 (excluyo "El enfermo", obra de 1964, redactada en la primera juventud del autor, que desconozco) hasta "Cortesanos", la pieza que nos ocupa, Manuel Longares viene destilando una de las trayectorias más exigentes y gozosas que el español literario ha sido capaz de ofrecer durante el último medio siglo. Y aunque exigencia y goce podrían parecer categorías antitéticas, lo cierto es que la prosa de Longares ha conquistado con maestría esos dos vértices del idioma: el rigor más deslumbrante, labrado en la piedra dúctil de una lengua inabarcable e inagotable en sus matices, y el placer más inmediato, cifrado en una imaginación que se disfruta como pocas en la aventura de nuestro registro culto.

En su breve continente, apenas 116 páginas de tan límpida como abigarrada peripecia, y abarcando un periodo que conduce desde la gloria de los Austrias hasta las asonadas militares del convulso siglo diecinueve, pasando por la llegada del Borbón al trono y por la revolución tanto intelectual como sensorial que la Ilustración dejó en el imaginario de España, Longares afila un libro memorable, mesmerizante, que se lee en estado de hipnosis, y que regala, de nuevo, un espléndido fresco acerca de su espacio predilecto, Madrid y lo que semejante nombre propio encierra (ningún escritor, hasta donde me ha sido dado leer, ha labrado ese magnífico surco que la capital propone como el autor de "Romanticismo"), y de su sustancia ficcional predilecta, la Historia, escrita así, con orgullosa mayúscula, aunque atenta siempre, en su plasmación y en su forma, al compendio de historias, presentadas con no menos orgullosa minúscula, que reticulan su perímetro.

En "Cortesanos" la avalancha de lo histórico despliega la plétora de su atrezo con apabullante repertorio. Discurren por estas páginas palomas e isidros, la guerra y la opereta, el sexo a raudales y la religión con sus cilicios, los gongorismos y los afrancesados, los adagios y la escolástica, el Alcázar de los Reyes y el Manzanares, el mar imposible y la fiesta del 15 de mayo, Vaciamadrid y Campo del Moro, las alcobas de una reina sicalíptica y la semilla derramada de tanto monarca cachondo, la huera efervescencia de la retórica y el ensimismado logos de la revelación, los lares y los penates, un Imperio donde no se pone el sol y un país en trance de derrumbe, lo que fuimos y lo que ya nunca seremos, España y sus Españas, el oro de América, la mugre que pintó Goya, el esplendor y la ruina de una nación de naciones, de un sueño amortizado, de un lugar intangible convocado y conjurado mediante el genio de la lengua.

Quizá por eso, cuando se concluye "Cortesanos", tras ese colofón de su coplilla final, "Coronados o cornudos / los reyes son cojonudos", queda la sensación de haber asistido, una vez más, al magisterio de un escritor al que los años sientan como a los grandes vinos, que saben mejor y embriagan más con cada hoja del calendario.

Cortesanos

Manuel Longares

Galaxia Gutenberg 120 páginas 14,50 euros

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