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Música sacra

El ámbito protestante muestra un mayor interés por su tradición musical que el católico

Cristóbal Soler dirige el "Requiem" de Mozart en la Semana de Música Religiosa de Cuenca, en 2018.

Cristóbal Soler dirige el "Requiem" de Mozart en la Semana de Música Religiosa de Cuenca, en 2018. / LNE

Cosme Marina

Cosme Marina

La Semana Santa y su entorno es un momento clave no sólo en el calendario religioso. También en el musical. Es un periodo en el que se multiplican los festivales en torno a la música religiosa, que ha sido copiosa de manera sostenida a lo largo de los siglos. Y es uno de las mejores épocas del año para ver en toda su intensidad la fusión entre la música la religión.

La liturgia ha requerido de músicas de forma continua y, tanto en el ámbito católico como en el del protestantismo, ha tenido ejemplos que forman parte de lo mejor de su historia. De ahí que los ciclos temáticos centrados en este perfil tengan durante los próximos días su máximo desarrollo, a lo largo de Europa especialmente.

En nuestro país es, sin duda, la Semana de Música Religiosa de Cuenca el mejor exponente con una programación equilibrada que, además, siempre ha buscado seguir apoyando la creación, algo que es más que necesario en un momento en el que la iglesia católica está ya bastante al margen de la propia música que nació en su seno. Es sorprendente cómo, salvo en contadas excepciones, la música liturgia se puede escuchar de forma muy descuida en las celebraciones del triduo sacro, incluso en las catedrales en las que debiéramos observar un mayor cuidado de la tradición. Entiendo que los costes pueden ser elevados, pero, si se quiere, hay fórmulas de colaboración con entidades que podrían dar otro sentido a unas celebraciones en las que grandes compositores han puesto todo su talento para darles mayor profundidad.

Ahora, sin embargo, ese enorme patrimonio religioso queda desplazado de su esfera original y prácticamente solo se puede apreciar en las salas de conciertos, lo cual está muy bien, pero no debiera ser incompatible con la interpretación del mismo para los ámbitos en los que fue escrito. Hay, en el catolicismo, un desinterés cada vez más acusado por su herencia musical, lo cual no tiene equivalente en la protección de los bienes arquitectónicos, pictóricos o escultóricos. Sin embargo, otras variantes del cristianismo sí tienen mayor aprecio a su tradición. Mientras tanto, hay que presenciar en las celebraciones litúrgicas músicas de una simpleza rayana con la estulticia.

Los archivos catedralicios, los de muchos monasterios también, guardan auténticas joyas musicales, algunas todavía desconocidas pese al avance que la musicología ha realizado en su estudio en los últimos años en nuestro país. Ojalá los responsables de iglesias y catedrales sean capaces de hacer que salten del archivo al templo y puedan servir al fin para el que fueran creadas. Quizá sea mucho pedir un poco de interés sobre un elemento que debiera ser central y que hoy permanece casi oculto.

Mientras tanto, disfrutemos de las grandes obras religiosas en los auditorios porque su inmensidad nos permite alcanzar el conocimiento sobre algunas de las creaciones más sublimes de la humanidad, con una profundidad espiritual fuera de serie. Y algunos dignatarios eclesiásticos habría que prescribirles una severa penitencia por vivir de espaldas a un legado que merece la mayor custodia.

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