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Hijos de la pradera

James Galvin cuenta en "Aquí cazaron indios" una historia episódica que pertenece a la narrativa del Lejano Oeste, pero despojada de sus grandes códigos épicos

James Galvin.

James Galvin. / Wikipedia

Luis M. Alonso

Luis M. Alonso

Sin necesidad de tener que remontarme a las viejas novelas de Karl May o de Zane Grey, una vez fui joven devoto de la literatura del Lejano Oeste. Y todavía no hace demasiado tiempo me encontré releyendo algunas de las mejores páginas escritas por Dorothy M. Johnson, la autora de "Un hombre llamado caballo" y "El hombre que mató a Liberty Valance". La estela narrativa de "Aquí cazaron indios", del poeta, ensayista y novelista James Galvin, título de la traducción al español de "The Meadow" ("La pradera"), es evidente que se identifica con esa clase de narrativa, aunque Galvin escribe desde el reverso de sus códigos. Esta vez no hay conquista, ni épica expansiva, ni siquiera una nostalgia luminosa. En cambio, prevalece el desgaste. Los personajes –pastores, rancheros, figuras apenas delineadas– viven en una relación de dependencia radical con la tierra. Sin dominarla la padecen, la negocian, la escuchan. "Aquí cazaron indios" se emparienta más con ciertas tradiciones europeas del naturalismo que con el western clásico. El clima, los animales, la enfermedad o la simple mala suerte pesan tanto como la voluntad individual. El género en que se encuadra la novela, pese al fatalismo que destila, tampoco es comparable con el cinismo y la denuncia de la degradación del mundo salvaje que puebla la obra del gran Jim Harrison. Por una cuestión de estilo, también.

En "Aquí cazaron indios", Galvin levanta una historia que parece escrita contra el tiempo, o al margen de él. No se trata de una novela en el sentido convencional y sí de una sedimentación de vidas, estaciones y silencios en un rincón remoto del Oeste americano. Allí donde la tradición literaria había colocado la épica de la conquista, Galvin instala otra forma de grandeza: la de la resistencia callada y la permanencia en un territorio que no se deja domesticar. Desde sus primeras páginas, el libro se aparta de las narrativas lineales. No existe una trama que progrese con claridad, ni un protagonista único que organice el relato. Lo que hay es una comunidad dispersa de figuras que aparecen y desaparecen como si fueran parte del propio paisaje. La pradera no actúa como escenario, sino como una fuerza determinante, casi una entidad moral que rige las vidas humanas. En la tradición naturalista de Galvin, el entorno impone sus leyes con una contundencia que reduce la voluntad individual a un margen estrecho.

El relato no se rige por la acumulación exhaustiva ni el determinismo mecánico. Hay en sus descripciones una precisión que roza lo poético, una mirada que interpreta. El viento, la nieve, la sequía o el movimiento del ganado adquieren una densidad simbólica sin perder naturalidad. La escritura de Galvin, sobria y depurada, consigue que cada elemento del paisaje tenga peso propio, como si todo formara parte de un sistema donde nada es accesorio. La frontera entre Colorado y Wyoming ya no es un horizonte por conquistar, sino un espacio en el que sobrevivir día a día. La épica, en el caso de existir, es crepuscular: se manifiesta en la repetición de viejas tareas y en la aceptación de pérdidas inevitables. Galvin construye a partir de escenas breves, a veces apenas apuntes, que en el conjunto terminan por configurar una totalidad coherente. El lector está orientado a descubrir menos lo que ocurre y más a cómo ocurre. El formato episódico del libro genera una sensación de continuidad orgánica, como si se asistiera al lento transcurrir de la vida misma, sin artificios dramáticos. En ese fluir discontinuo, el tiempo adopta una cualidad particular. No se presenta como una línea recta, traza una serie de ciclos que se repiten con variaciones mínimas. Los inviernos llegan, las primaveras regresan, los animales nacen y mueren, y los hombres envejecen casi sin darse cuenta. Los cambios humanos resultan aun así insignificantes frente a la persistencia del paisaje. La obra, por su espíritu meditativo, se aleja de cualquier urgencia narrativa. Sabemos de los personajes a través de sus actos, de su relación con el entorno, de los gestos repetidos que configuran su existencia; se integran en la pradera de manera casi indistinguible, como si fueran una extensión más del territorio. No hay individualidades desbordantes en "Aquí cazaron indios", las presencias se definen en su interacción con un mundo hostil.

Aquí cazaron indios

James Galvin

Traducción de Luis Murillo Fort

atopardo, 304 páginas, 21,95 euros

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