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La frontera

Kirstin Valdez relata en "Las cinco heridas" la dura vida de una familia hispana refugiada en el pensamiento mágico en el árido Nuevo México

Kirstin Valdez Quade.

Kirstin Valdez Quade. / LNE

M. S. Suárez Lafuente

Kristin Valdez Quade, escritora nacida en Nuevo México (EE UU), publicó su primera novela, "The Five Wounds", en 2021, con la que consiguió varios premios literarios y un notable éxito. La novela es una reelaboración de un relato del mismo título publicado en 2009. Muchos de sus cuentos han sido publicados en las revistas literarias estadounidenses más importantes, como "The New Yorker" o "The Best American Short Stories", y en 2015 reunió varios en la colección "Night at the Fiestas". Valdez ejerce como profesora de escritura creativa en diferentes universidades, como la de Michigan, Princeton y Stanford.

Su obra trenza temas sobre la familia, la raza, la clase social, la cultura subyacente y las dificultades personales para alcanzar una madurez responsable que permita vivir el día a día sin dificultades notables. Esta compleja temática la engarza Valdez Quade en el árido paisaje del Nuevo México de su infancia, influida también por el trabajo de su padre, un geólogo del desierto.

"Las cinco heridas" hace referencia a las cinco heridas de Cristo en la cruz (en las manos, los pies y el costado), referencia que, asumo, se hace extensiva a las cinco generaciones de la familia Padilla, aglutinadas alrededor de Amadeo y su única hija, Angel, tercera y cuarta generación de los Padilla, seguidos por el bebé Connor y precedidos por el tío Tive y su sobrina Yolanda. El tema religioso viene rubricado por los títulos de las tres partes en que está dividida la novela: "Semana Santa", "Tiempo ordinario" y "Cuaresma", que nos preparan para las vidas complicadas de los personajes principales, engastadas en el ambiente de penitencia, sacrificio, espera, culpa, dolor y muerte propio del tiempo litúrgico.

La primera frase nos sitúa de pleno: "Este año, Amadeo Padilla es Jesús". Subirá al "monte Calvario" con su cruz y será crucificado delante del pueblo; Amadeo pedirá incluso que le taladren las manos con clavos. Este acto de religiosidad no es comprendido por su hija de 16 años y embarazada de ocho meses, ni por su hermana Valerie, que ve en él a un alcohólico, un vago irresponsable, que vive a la sombra de su madre, Yolanda. Amadeo se siente impotente para explicar con palabras su crucifixión, él quiere que su sacrificio al prestarse a convertirse en Jesús hable por sí solo, le redima ante su familia y le convierta en el héroe local del año. Amadeo no entendía que "la vida no consistía en ser el elegido, sino en reconocer las oportunidades".

Concluido el interludio de la Semana Santa, los personajes se enfrentan de nuevo a su realidad, porque "la austeridad de la Cuaresma quedó atrás, los incontables fallos y las promesas rotas, perdonadas, y el sacrificio de Cristo, en el olvido". Es el momento de constatar que el viacrucis no está en el monte, sino en "el calvario de incestos, violaciones, pobreza y Dios sabe qué otras calamidades" que Brianna, la profesora, descubre en las alumnas que asisten a sus clases del programa especial para "madres adolescentes", Angel entre ellas. Angel, que "no puede creer que Dios sea tan injusto como para dejar que los chicos salgan libres e impunes mientras endilga a las chicas o bien un pecado mortal o bien un montón de responsabilidades de por vida".

La novela es realista, descriptiva, perfectamente inteligible con arreglo a la vida contemporánea estadounidense, pero los personajes no podrían sobrevivir sin el refugio del pensamiento mágico, sin creer que Dios les va a ayudar mañana, siempre mañana, que sus cuentas de la lechera van a hacerse realidad. Esto convierte la lectura en un ejercicio difícil, porque los Padilla, uno por uno, son entrañables, se hacen querer, pero no creemos que sus vidas vayan a mejorar, sino todo lo contrario. Y es que, como familia hispana que son, unida a pesar de todos los gritos y susurros, las decisiones individuales repercuten para bien o para mal en todos los miembros.

Las mujeres participan de todos los males contemporáneos: son las cuidadoras únicas de la casa y de los hijos, pero trabajan sus ocho horas fuera de casa para mantener la familia con su jornal, tienen acceso a los placeres sexuales pero sufren las consecuencias en solitario, pueden separarse de sus maridos y convivir con otra pareja, pero van a ser siempre las depositarias de las frustraciones y complejos de sus hombres. Yolanda, herida de muerte por un tumor cerebral y eje y faro, madre y abuela de los Padilla, es un exponente magnífico de "la mujer fuerte" al uso.

Al leer "Las cinco heridas" no podía dejar de pensar en la obra de Gloria Anzaldúa "Borderlands" ("La frontera"), publicada en 1987, que constituye un libro clásico ineludible cuando se quiere entender la situación actual de la población del sur desértico de los Estados Unidos. Anzaldúa se refiere a una frontera fluida en que la gente pertenece a varias culturas a la vez sin haberse movido de su propio lugar durante generaciones, pero que sufre los avatares de las diferentes conquistas militares y políticas y que es definida una y otra vez por quien se considera ganador.

Si bien aunar diferentes rasgos culturales debiera constituir una ventaja, se convierte en una diferencia difícil de sobrellevar en una sociedad blanca hegemónica. Los Padilla y sus parientes quisieran ser blancos, ricos e influyentes, pero son mestizos, pobres y están arrinconados en "el triste pueblucho de Las Penas". No obstante, sus vidas son interesantes, ricas en matices y conmovedoras, y la "Cuaresma" final nos deja sorpresas a quienes leemos y espacio a los personajes para seguir adelante. A pesar de todo.

Las cinco heridas

Kirstin Valdez Quade

Traducción de Blanca Gago

Nórdica, 536 páginas 26,95 euros

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