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El mundo como destino

Jérôme Ferrari explora con acierto en "La isla" algunas de las formas contemporáneas del mal: la violencia blanda del consumo y el turismo como la peor herencia colonial

Cultura - Libros

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Luis M. Alonso

Luis M. Alonso

"La isla", del francés Jérôme Ferrari, no se aleja del interés de "El sermón sobre la caída de Roma" (2012), ganadora del Goncourt, y de "A su imagen" (2018), las novelas que la precedieron. Se abre bajo la sombra de Richard Francis Burton, el célebre explorador victoriano, uno de esos hombres del siglo XIX en quienes la curiosidad intelectual convivía con la violencia simbólica del colonialismo. Ferrari imagina en aquellos primeros pasos de Burton en África algo más que una aventura geográfica. Ve en ellos una escena fundacional, justo el instante en que un extranjero pisa una tierra ajena y, al contemplarla, comienza simultáneamente a admirarla y a poseerla. Ese doble movimiento de deseo y apropiación constituye el verdadero núcleo del libro. No se trata solo del colonialismo en su forma histórica, sino del germen de una lógica que sobrevive en el presente bajo formas más amables, como son el turismo, el consumo del paisaje, la mercantilización de la diferencia. Ferrari vuelve a demostrar por qué su nombre ocupa un lugar singular dentro de la narrativa francesa actual. Pocos escritores poseen hoy una prosa tan flexible y capaz de desplazarse con naturalidad entre la reflexión filosófica, la ironía corrosiva y la observación moral sin perder nunca el pulso narrativo. Ferrari no escribe novelas en el sentido convencional del término; urde artefactos morales, pequeñas máquinas literarias que, a partir de un episodio mínimo, revelan una estructura más o menos profunda del mundo. En esta ocasión, el punto de partida es la intuición casi ensayística que existe en la relación entre los primeros exploradores europeos, el nacimiento del turismo moderno y una forma muy concreta de corrupción espiritual ligada a la mirada sobre el otro. Así que hay tema.

Jérôme Ferrari.

Jérôme Ferrari. / Libros del Asteroide

Ferrari, parisino pero con orígenes corsos, sugiere en esta ágil e inteligente novela que el pecado original del mundo moderno no fue únicamente la conquista, sino la transformación del otro en espectáculo. Allí donde Burton todavía encarnaba una curiosidad casi metafísica por lo desconocido, el turista contemporáneo representa una degradación de ese impulso. Ya no quiere comprender lo ajeno, sino experimentarlo brevemente, fotografiarlo y convertirlo en un recuerdo intercambiable. La mirada que antes cartografiaba el mundo ahora lo trivializa. En "La isla", esa transición no se presenta como una tesis abstracta, sino como una sedimentación histórica que alcanza a los personajes y al territorio mismo, un trasunto reconocible de Córcega.

El territorio, por cierto, no es solo un escenario; es una conciencia herida. El paisaje mediterráneo, con su belleza, contrasta con la degradación interior de quienes lo habitan o lo visitan. El supuesto paraíso natural se ha convertido en un espacio de resentimiento, codicia y simulacro. Los habitantes viven de ofrecer a los extranjeros una autenticidad que, al venderse, se vacía de sentido. Los visitantes llegan en busca de una pureza primitiva que ellos mismos contribuyen a destruir. Ferrari observa ese círculo con una lucidez despiadada, que se podría resumir en que el turismo no solo transforma los lugares, modifica también la relación de los habitantes consigo mismos. Pero el autor jamás cae en el panfleto; podría haber escrito un alegato contra la industria turística o una meditación sobre la herencia colonial; sin embargo, elige un camino más complejo que consiste en convertir esas ideas en una materia narrativa densa, atravesada por personajes ambiguos, a menudo ridículos, a veces trágicos. En sus páginas no hay inocentes. Ni el visitante ni el nativo conservan una pureza moral. Todos participan, en distinta medida, de una economía del deseo y del resentimiento. La codicia no pertenece únicamente al extranjero que consume paisajes; también contamina al que descubre que puede vender su propia tierra, su memoria e incluso su identidad. Este puede que sea, de todos, el hallazgo más perturbador de esta novela perfectamente urdida. No denuncia solo una invasión; muestra cómo la corrupción acaba interiorizándose. El auténtico desastre tampoco ocurre cuando el forastero llega, sino en el momento en que la comunidad aprende a mirarse con los ojos del forastero. Ferrari comprende que el turismo moderno no destruye únicamente territorios físicos, sino que a la vez altera la imaginación moral de quienes viven en ellos. La hospitalidad se vuelve cálculo, la tradición se convierte en decorado y la identidad termina reducida a una caricatura rentable. La escritura de Jérôme Ferrari es clásica en el mejor sentido; con frases largas, sinuosas, capaces de avanzar por acumulación hasta desembocar en una claridad repentina.

La isla

Jérôme Ferrari

Traducción de Pablo Martín Sánchez

Libros del Asteroide, 184 páginas, 18,95 euros

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