Regreso a los escenarios
Paul Simon y su prórroga celestial: una reaparición exquisita en París, en su gira de teatros ‘A quiet celebration’
El cantante y compositor, que dijo retirarse en 2018, recorre Europa, sin paradas en España, con un ‘tour’ de auditorios de formato pequeño y medio en el que combina el repaso a su último álbum, ‘Seven psalms’ (2023), con un recorrido por el conjunto de su obra, incluyendo hitos de su alianza con Art Garfunkel, arropado por una refinada formación de once músicos y la voz invitada de su esposa, la cantante Edie Brickell

Paul Simon saluda al público al finalizar su concierto en el Grand Rex de París, este 4 de mayo. / EL PERIÓDICO
Jordi Bianciotto
En 2018 Paul Simon dijo adiós a los escenarios, pero se ha permitido una prórroga, un bis de duración incierta que se circunscribe a plazas recogidas, a teatros y auditorios como el parisiense Grand Rex (2.700 asientos), donde este domingo y este lunes ofreció sendos conciertos encuadrados en una gira, ‘A quiet celebration’, que excluye España, país que ha frecuentado poco a lo largo de su carrera (en Barcelona no se le ve desde que en 1991 presentó ‘The rhythm of the saints’ en el Palau Sant Jordi). Actuaciones en dos partes, la primera de ellas centrada en un álbum, ‘Seven psalms’ (2023), merecedor de todas las atenciones.
Una obra, dijo él en su día, que sintió que Dios le encargaba en sueños y que deparó una exquisita secuencia de 33 minutos, sin interrupciones, con sus siete piezas enlazadas en un flujo de música acústica rica en sonoridades, timbres y palabra pausada. Paul Simon tiene 84 años y su voz se mostró frágil, este lunes en el Grand Rex, sobre todo en las primeras piezas, pero conservando su distinguible tacto melodioso. De hecho, el suyo es el justo temple vocal que corresponde a unas canciones como estas, que nos hablan de diálogos divinos crepusculares (‘The Lord’) y de un humanismo apaciguador (‘Trail of volcanoes’), y que desprenden ternura por nuestro destino.
Autoestopistas y refugiados
La parada de instrumentistas, hasta once, imponía solo visualmente: sonaron las notas precisas y ni una más en un refinado tejido de guitarras en dulce tensión con las finas percusiones, los teclados, la flauta y el roce del violín y el ‘cello’ (envolviendo ‘Your forgiveness’). Líneas de desamparo en ‘My professional opinion’ (“No soy un médico ni un predicador / No tengo una particular estrella que me guíe”) sobre acordes con ascendiente de blues. Eran, sí, salmos acogedores, con sus citas al Rey David y sus puntos de anclaje contemporáneos: la mujer y el niño, refugiados presentados como autoestopistas de la vida, en ‘The sacred harp’, en la que se coló una cantante muy especial, Edie Brickell, su señora esposa (desde hace 34 años).
Paul Simon recorrió luego piezas de otros tiempos, con logros reconocidos y ‘deep cuts’. De ‘Graceland’ citó la pieza titular, apertura del tramo, que desplegó el hechizo sobre el traqueteo de la percusión menor. De ese álbum clave, de 1986, cayó también ‘Under African skies’. Se hizo notar el formidable bajo del surafricano Bakithi Kumalo, partícipe de la grabación original. Atenciones para el disco ‘Hearts and bones’ (1983), con un destacado ‘The late Great Johnny Ace’ (con imágenes de aquel cantante de rhythm’n’blues y de Lennon y Kennedy, y la denuncia implícita de la violencia y el uso de armas de fuego en Estados Unidos), y el fresco impresionista de ‘René and Georgette Magritte with their dog after the war’. La nana, compuesta para su hijo Harper, ‘St. Judy’s comet’, y el influjo de la ayahuasca evocado en ‘The cool, cool river’, con su exploración polirítmica.
La cadencia se aceleró en ‘Me and Julio down by the schoolyard’, a toda guitarra y con la tonada graciosamente silbada por Brickell, y en la vivaz ’50 Ways to leave your lover’. Y Paul Simon retrocedió hasta su primera vida, la que un día compartió con Art Garfunkel. A medio recital ya nos había cantado ‘Homeward bound’ (tras unos tanteos con la guitarra que incluyeron un fugaz guiño a la ‘I am a rock’) y dejó para el final ‘The boxer’ y, ya solo en escena, ‘The sound of silence’, con sus versos en torno a la soledad y la incomunicación, interiorizados por un público en sintonía emocional y se diría que espiritual, del que Simon no se quiere todavía separar.
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