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La fábula de la artista y el huevo

"El camino más largo", el debut novelístico de la crítica de arte Emily Hall, es un monumento clandestino a la memoria de quienes nos sentimos siempre a punto de eclosionar

Emily Hall.

Emily Hall. / LNE

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Alejandro Basteiro

Igual que en el centro de la novela de Thomas Bernhard "Corrección" se alza el cono de Roithamer –comparable en términos literarios a la magdalena de Proust o la naranja de Brontë–, el núcleo de sentido de la primera novela de Emily Hall, crítica de arte y editora de publicaciones del MoMA, es un huevo. Un huevo decorativo "de granito o de mármol […] que brillaba y centelleaba y cambiaba de color, y despertaba en mí sensaciones múltiples y variadas dependiendo del momento del día o de la cantidad de luz que iluminara la estancia". "El camino más largo" es el monólogo interior de alguien que quiere crear arte –es decir, sentido– pero no sabe cómo. Mientras se dirige a una cita crucial con su posible galerista, esta persona trata de comprender en qué consiste su obra en el contexto de una vida decepcionante y un trabajo insulso donde le pagan por mover cosas de la columna pendiente a la columna completado. Atrapada en este tártaro cognitivo, la artista aspirante considera todo tipo de materiales a su alcance, desde una grúa que ve por la ventana a las virutas de su goma de borrar, pero sobre todo considera, fotografía y observa este huevo heredado de "una tía ya fallecida" y arrumbado en una balda de su oficina.

El huevo de Emily Hall, como el cono bernhardiano, es posibilidad y evidencia, el guisante bajo el milhojas de colchones de la princesa, el octavo pasajero en el bolsillo de Beckett, uno de esos objetos del poema de Borges que "durarán más allá de nuestro olvido; / no sabrán nunca que nos hemos ido". Un monumento clandestino a la memoria de quienes nos sentimos siempre empezando, siempre a punto de eclosionar. En torno a él orbita todo un aparato sintáctico-existencial que desborda la categoría de ficción literaria, una novela que puede ser leída, si se quiere, como la memoria de una obra situacionista o el texto curatorial de un happening nunca consumado. Su tiempo narrativo está enredado en una subjetividad estentórea, una especie de glitch de la realidad, y las palabras –aunque son en su mayoría de uso común y están ordenadas con precisión cristalina– parecen elaborar un dialecto inaudito que hay que aprender sobre la marcha. Como Bernhard o Gerald Murnane, Hall utiliza una sintaxis implacable, operática en sus leitmotifs y ritornellos, y una coherencia que bordea lo psicótico, persiguiendo cada idea "hasta su huronera". Entre la claridad extrema de su proposición formal y el despiadado autoanálisis al que se somete su protagonista fermenta una extrañeza cautivadora, como ver a alguien abrirse las carnes con un escalpelo en una sesión de arte corporal.

En 1966, en su ensayo "Contra la interpretación", Susan Sontag subrayó la necesidad de sustituir la hermenéutica por una erótica del hecho artístico. Hall ha elaborado un curioso injerto de ambas, un relato que no solo señala las entretelas todavía popularmente incomprendidas del arte del último medio siglo (y algunas del Renacimiento en uno de sus pasajes más memorables), sino que las hace manifiestas y sensibles a través de cuestiones de sobra familiares como la precariedad económica y laboral, la crisis global de atención y el terror a que todo esto no valga la pena. La confusión/confesión hiperarticulada de esta narradora no deja de ser la destilación de un mal colectivo y cronificado, toda vez que vivir es hacer lo que se puede (qué remedio) y, como dijo Joseph Beuys, todos somos artistas así que a pelar patatas.

Al contrario de otras narrativas de vanguardia o conceptuales –lo que sea esto– que terminan en un loop, un precipicio o simplemente se acaban, esta concede a sus lectores el premio de una resolución. Quizá no sea casualidad que "El camino más largo" tenga título de fábula y pueda leerse también, así, como un cuento moral sobre nuestras reticencias como Homo faber: por qué hacemos cosas, a dónde queremos ir luego con ellas, qué hay tan interesante en observarnos unos a otros coger una de esas cosas, "hacerle algo y luego hacerle otra cosa", para qué me tomo la molestia de escribir esto y qué ganas tú leyéndolo. Para mí, libro de culto.

El camino más largo

Emily Hall

Traducción de Alba Pagán

Malas Tierras, 120 páginas 18,50 €

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