Las paredes oyen
En su nueva novela, Selva Almada cede la voz narrativa a una casa abandonada por sus inquilinos

Selva Almada, en Gijón. / ÁNGEL GONZÁLEZ
Si uno ha leído las novelas de Selva Almada (Entre Ríos, 1973) habrá comprobado que, entre otros aspectos, la fuerza de su escritura radica en plantear y desarrollar unas atmósferas en las que parece que todo está a punto de quebrarse pero no acaba de hacerlo. Esa tensión es una grieta a través de la cual se cuela el lector como un testigo activo.
Siempre vigilando que la trama no ocupe todo como un río desbordado, Almada encuentra siempre un equilibrio en el que la fuerza y la expresividad del lenguaje salen beneficiadas por ser al final lo más identificativo de un texto literario.
Así sucede con su nueva novela: "Una casa sola", en la que, forzando límites y buscando retos, quien cuenta una historia del campo y sus habitantes es una casa abandonada por la que, a lo largo del espacio y a través del tiempo, han pasado diversos inquilinos. La casa, que comienza siendo un escaso refugio de adobe, asume ser un testigo que habla en busca de la verdad; que aspira a dar por resueltos algunos enigmas.
En la prosa de Almada sobresale la elección muy concreta de un paisaje y la elaboración casi de un idioma propio, sostenido por expresiones locales que singularizan un castellano muy alejado del porteño de Buenos Aires. En cómo dices lo que dices se manifiestan muchos rasgos de personajes.
La casa que nos habla viene de la tierra; todo lo narrado está a ras de suelo. Hasta las ambiciones del patrón que mantiene a sueldo a los inquilinos de la casa son tan terrenales que apenas sobresalen.
Un paisaje, como se decía antes, y un carácter preñado de violencia: a veces literal, otras determinado por unas condiciones de vida miserables. Las ficciones de Almada dan cobijo a personajes que se mueven en la periferia; a personajes que se desloman por vivir día a día. La naturaleza, los animales, completan un mundo literario que se desarrolla novela a novela. Referencias a "El llano en llamas" de Juan Rulfo o a Daniel Moyano, colocan a la autora de "No es un río" en la nómina de autores desvinculados de lo urbano e identificados con lo rural.
Pero atendamos por un momento a la trama: una inquietud recorre las paredes de la casa que habla: la desaparición de los Lucero, la última familia que la habitó. Con toda la carga de profundidad que supone una expresión como "desaparecer", los Lucero se evaporan de un día para otro. Problemas con el patrón; dificultades económicas; víctimas de un abuso de poder. La incertidumbre genera interés y Almada lo sabe. No es un policial donde un caso quede resuelto. "Una casa sola" es la voz de una mirada y unos oídos. La mirada tiene sus límites y el oído sus confusiones, y en ese espacio difuso puede entrar el lector a resolver lo irresoluble o a mantener las expectativas. Así se expresaba Almada en una entrevista en la revista "Quimera": "Si la trama no está escrita con lirismo, con exploración del lenguaje, con búsquedas, es como que tampoco me alcanza (…) En ese balance, además, aparecen siempre tensiones y silencios (…) Me gustan las novelas que tienen huecos, que tienen hilachas, que no son perfectas".
No aparece la familia Lucero a pesar del esfuerzo de sus parientes. La respuesta de la casa es fundirse con su entorno. Todo es paisaje o todo acaba volviéndose paisaje: los miedos y los anhelos; las voces y la escritura; el poder y el silencio; la memoria y las negaciones… En "Una casa sola" se abren las páginas desde el principio a la justicia de la naturaleza. Hasta una casa en mitad del campo acaba por ser parte de un ciclo vital en el sentido más estricto del término: aquí radica en parte la fuerza de la novela: "Aunque no me haya movido, desde que los Lucero no están, cada día he vuelto un poco, confundida en el abrazo del espinal. Sigo en pie como esas viejas muy viejas; de pura empecinada nomás".

Una casa sola
Selva Almada
Random House 144 páginas 18,90 €
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