Ramón Isidoro reverbera en la Cúpula del Niemeyer
El artista asturleonés expande la dimensión de su trabajo en una intervención específica

Dos visitantes en la intervención de Ramón Isidoro en la Cúpula del Niemeyer. / Luis Feás
La Cúpula del Centro Niemeyer de Avilés es un sitio ideal para intervenciones específicas. Concebida para otros usos, se ha convertido en la principal sala de exposiciones y eso ha dado lugar a muchos equívocos, a propuestas que pretendían que el espacio se adaptara a usos convencionales de exhibición y no al revés, que se pudieran colgar cuadros en vez de aprovechar sus líneas oblicuas, sus curvas cóncavas y convexas, sus paredes interiores y exteriores, sus huecos disímiles. Se plantearon las posibilidades en exhibiciones como las de Herminio, Carlos Cruz-Diez o Javier Riera, bien adaptadas a este cuenco semiesférico, pero por lo general no se ha proseguido ese camino y los proyectos han tenido que sobreponerse a las dificultades que ofrece un espacio así.

Intervención del artista asturleonés. / Luis Feás
De ahí que haya que celebrar que se retome esa vía y también lo consiga y con creces el artista asturleonés Ramón Isidoro. No en vano ha sido el encargado de diseñar los montajes de la mayoría de las exposiciones celebradas en el lugar y ahora aplica toda su sabiduría a un proyecto propio de intervención, que no supone sino expandir aún más su trabajo de muchos años. Partiendo básicamente de la pintura, es autor de piezas abstractas, monocromas, en las que predominan los tonos dorados, con estética secesionista. A partir de 2006, empezó a utilizar cajas luminosas y, desde su exposición individual del Museo de Bellas Artes de Asturias en 2013, espejos, que otorgan otra dimensión a sus intenciones. Es experto creador de espacios y ambientes y, en tanto que artista visual, su obra forma parte de importantes colecciones públicas y privadas.
Cada vez más, lo que da unidad a su trabajo es la luz, ya sea luz propia, en obras de bellos tonos ocres y anaranjados, luz reflejada, en un entorno ambiental, y últimamente luz negra, como la del gran lienzo colocado a los pies de la Capilla de la Trinidad cuando obtuvo el Premio Museo Barjola. El negro absorbe la energía del conjunto y lo hace vibrar, según bien sabe. Como señala el comisario de la exposición, Adonay Bermúdez, el negro no es un color, sino una experiencia metafísica que interrumpe la mirada y permite que la superficie devenga atmósfera. Al negro y al dorado se añade la reverberación de la luz, transformando la experiencia del espectador en un acontecimiento perceptivo.

Intervención del artista asturleonés. / Luis Feás
La intervención de Ramón Isidoro hace visible el espacio mismo, que se remarca con la pintura de las paredes y la ocupación de planos no habituales, como el rosetón cóncavo de la gran lámpara central y su duplicación hacia abajo. Se compone de medio centenar de piezas que en realidad forman un todo especulativo, pues, a través de velos, telones, luces y contraluces, hay una fuga que va más allá de los lienzos y se expande a muros, techos y suelos. La sensación es de aura, de campo energético invisible que transmite un estado físico o emocional, potenciado además por el acompañamiento sonoro, de ritmo penetrante, obsesivo, casi hipnótico.
Colaborador habitual de músicos con los que lleva años trabajando en giras y conciertos, que suelen poner el armazón de sonido o sirven de inspiración para nuevos montajes, la vibrante intervención o interceptación se acompaña, como viene siendo usual, de una pieza sonora, debida en esta ocasión a Juanjo Palacios, del que ya se ha ayudado otras veces, que recoge la resonancia del edificio al registrar los crujidos, tensiones y microimpulsos que atraviesan la estructura, en una escucha que incorpora su latido material a la experiencia artística.
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