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Los restos del conflicto

En "Eva está dormida", Francesca Melandri penetra en la herida histórica del Tirol del Sur, una región fronteriza atrapada entre dos lenguas y dos culturas

Francesca  Melandri.

Francesca Melandri. / Wikipedia

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Luis M. Alonso

Luis M. Alonso

"Eva está dormida", de la italiana Francesca Melandri (Roma, 1964), es una novela luminosa y también sombría por momentos. A ratos, la luz desaparece de sus páginas y reaparece después con una claridad distinta. Su ambición no consiste únicamente en contar una historia íntima, atraviesa –con la paciencia de quien descifra una herida histórica– las complejas tensiones del Tirol del Sur, esa región fronteriza en la que el siglo pasado dejó algunas de sus cicatrices más profundas y menos conocidas.

Comienza con un viaje. Eva, de unos cuarenta años, atraviesa Italia en tren para acudir al encuentro de un hombre cuya sombra ha condicionado toda su vida. Ese trayecto físico funciona como una excavación emocional y política. El relato se interna en la historia convulsa del Alto Adigio disputada entre dos lenguas, dos memorias y dos identidades. Melandri, autora de la aclamada "Più alto del mare" (2012), maneja con notable destreza e inteligencia esa doble dimensión en esta su primera novela. Por un lado está la narración íntima: la relación entre Eva y su madre Gerda, mujer silenciosa, obstinada, marcada por la pobreza y por una dignidad pétrea. Por otro, está la gran historia que incluye la anexión del Tirol del Sur a Italia tras la Primera Guerra Mundial, las políticas de italianización impulsadas por el fascismo, la violencia soterrada de la posguerra, los atentados independentistas de los años sesenta y la larga negociación política en busca de una convivencia siempre precaria. Pero la autora, y esto es a mi juicio lo admirable, jamás convierte la novela en un tratado histórico disfrazado de ficción. Toda la información política nace de las vidas concretas, de las decisiones sentimentales y familiares. Al contrario de lo que sucede tantas otras veces, la Historia no surge en el texto como si se tratara de un decorado, sino como una fuerza que modela destinos. En "Eva está dormida" nadie puede amar, trabajar o construir una identidad al margen del conflicto colectivo. Incluso los silencios familiares están atravesados por la tensión entre lo alemán y lo italiano, entre la pertenencia y la exclusión. La novela recuerda a cierta tradición centroeuropea que entiende la literatura como una herramienta para explorar las fracturas históricas. Hay algo de Claudio Magris en la manera en que Melandri convierte la frontera en un estado del alma; algo también de Natalia Ginzburg en la observación minuciosa de las relaciones familiares y en esa capacidad para sugerir tragedias enteras mediante una conversación aparentemente banal.

Uno de los grandes aciertos del libro es la construcción de Gerda Huber. Frente a la tendencia contemporánea a fabricar personajes femeninos subrayados y programáticamente ejemplares, Melandri opta por una complejidad mucho más humana. Gerda no es heroica en el sentido convencional. Resiste, aguanta y calla. Ama con una mezcla de necesidad y orgullo que a menudo desemboca en renuncia. Su vida sentimental –acentuada por la relación con un carabinero calabrés– se convierte en una metáfora perfecta del conflicto político de la región. Es la intimidad contaminada por la propia Historia. Eva, a su vez, encarna otra forma de desarraigo. Pertenece a una generación que ha heredado los restos del conflicto sin haber participado directamente en él. Su identidad se erige sobre secretos, medias verdades y ausencias. Por eso permanece dormida, como en brazos de un somnífero, hasta que una llamada la despierta.

El viaje que articula la novela es una búsqueda del origen, aunque su autora evita caer en el sentimentalismo de la reconciliación fácil. Aquí las revelaciones no sanan; simplemente permiten comprender mejor el peso de lo vivido. Melandri salta entre décadas con naturalidad, enlazando episodios privados y acontecimientos históricos sin perder la tensión narrativa. Se esfuerza en dosificar la información, aunque no siempre acierta, y en administrar los silencios. La relación entre paisaje y memoria juega también un papel esencial. Las montañas del Tirol del Sur no son aquí una postal alpina ni un simple marco pintoresco. Funcionan como una presencia moral. La nieve, los túneles, los valles aislados y las carreteras de montaña reflejan la dificultad de comunicación entre comunidades y generaciones. Quizá, sí, el único reproche que podría hacerse a "Eva está dormida" podría estar en ciertos pasajes donde la voluntad explicativa ralentiza el pulso novelesco. Hay momentos en que Melandri parece temer que el lector no comprenda la complejidad histórica del Tirol del Sur y subraya algunos aspectos políticos de manera demasiado didáctica, que aún así no desmerecen cualitativamente de la sobriedad elegante de un discurso narrativo que nunca cae en la tentación melodramática.

Eva está dormida

Francesca Melandri

Traducción de Miguel Ros González

Periférica, 406 páginas, 23,50 euros

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