Saber o no saber
Mark Lilla alerta en su último ensayo del peligro de la ignorancia, pero no oculta la desazón con que obliga a cargar el conocimiento, que no tiene vuelta atrás

Mark Lilla.
El conocimiento es inseparable de la vida. La existencia humana, animal, consiste por una parte en averiguar y saber y, en otra buena porción, en sacar provecho y si cabe disfrutar de lo aprendido. Sea por asombro, necesidad o simple curiosidad, la aventura del saber da comienzo y, cuando se emprende el camino del conocimiento, este se puede abandonar, pero ya no es posible desandarlo. El conocimiento se tambalea, duda y se corrige, pero no retrocede. Más bien se acumula para formar parte del patrimonio de la humanidad, donde es conservado con especial cuidado y queda a disposición de quien quiera sentir el goce de tenerlo o decida utilizarlo con cualquier fin. Aún ignoramos cuántas cosas nos quedan por saber, y nos falta la respuesta a la gran pregunta sobre la maravilla de la creación, como apunta Arsuaga, pero la progresión de nuestra especie es inexplicable sin los avances continuos en el conocimiento del entorno que nos rodea, de nosotros mismos y de las posibilidades que se nos ofrecen.
La cuestión, sin embargo, no acaba aquí. El historiador Peter Burke, autor de una monumental historia del conocimiento, intentó en su último libro trazar un mapa de la ignorancia. El croquis resultó incompleto por pura lógica, pues no hay manera de saber cuánto y qué ignoramos. La extensión y el volumen de la ignorancia es inaccesible. El conocimiento nos señala lo que aún no sabemos, pero solo una parte de ello. Hay cosas que ni tan siquiera sabemos que las ignoramos. Mark Lilla da un paso más para indagar en la ignorancia deliberada. A veces, nos recluimos en una verdad falsa contra toda razón y evidencia, o cerramos los ojos y preferimos no ver, negándonos rotundamente a saber. El esfuerzo que en ocasiones exige la adquisición de conocimiento nos lleva a renunciar. En el fondo de esta actitud, no obstante, late con frecuencia el temor a toparnos con algo que suponemos puede causarnos desagrado o algún daño.
El dilema entre el conocimiento y la ignorancia no es un juego gratuito. Las dos opciones traen consigo consecuencias. Ocurre que no siempre sabemos de antemano lo que nos deparará el conocimiento. Es así particularmente cuando reina la incertidumbre, como en los tiempos actuales, en que el futuro parece estar fuera de control. Pero quien opta por recrearse plácida y confiadamente en la ignorancia es firme candidato a sufrir un impacto inesperado y demoledor de la realidad. El conocimiento provoca placer y angustia, según lo que nos haga saber. La ignorancia nos da tregua y solaz, pero nos vuelve ingenuos y, al cabo, nos convierte en presa fácil.
Si pensamos en asuntos trascendentales con los que nos encontramos en el itinerario de una vida, la elección encierra una gran dificultad que, en ciertos casos, como los de enfermedades graves, adquiere tintes dramáticos. Lilla repasa situaciones, supuestos, mitos clásicos, extraídos de la experiencia, la literatura y la tradición bíblica, sin llegar a una conclusión definitiva. En su ensayo, rebosante de sabiduría, hondura y prudencia, escrito en prosa fluida con las palabras adecuadas, alerta del peligro de la ignorancia, pero no oculta la desazón con que obliga a cargar el conocimiento, que no tiene vuelta atrás. Cuando conocemos algo, lo hacemos con carácter irreversible. A la felicidad se puede llegar por la ruta vital del saber y también por la de la ignorancia. La ventaja del saber es un mayor dominio de nuestros actos. La ignorancia, además de ahorrarnos trabajo e inquietudes, concede una segunda oportunidad. Siempre podremos explorar la vía del conocimiento. Es más, en realidad, ¿somos capaces de resistirnos a la curiosidad por saber de las cosas? El hecho intrigante en nuestra sociedad de la información y el conocimiento es que prolifere con una desenvoltura llamativa la actitud ignorante.

Ignorancia y felicidad
Mark Lilla
Traducción de Daniel Gascón
Debate, 234 páginas 20 euros
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