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Un paseante camino de la cima

En "La cabeza de Goya", Miguel Barrero indaga en un enigma y, a la vez, retrata la vida de los exiliados en Francia al principio de la "década ominosa"

Miguel Barrero.

Miguel Barrero. / LNE

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Pedro de Silva

Pedro de Silva

Dando pasos que parecen bien medidos –sea por él o directamente por el destino– Miguel Barrero (Oviedo, 1980) se ha ido convirtiendo, pese a ser poco prolífico, en uno de los mejores escritores españoles de su generación. No solo alcanza en muchas páginas esa excelsitud en que la idea vuela a tanta altura como el estilo, a través de un juego en que van tirando uno de otro hasta la cima como si estuvieran encordados, sin precipitarse al vacío del mero virtuosismo literario, sino que sabe cuándo y cómo recoger la cometa para darle descanso sin que el hilo pierda tensión. Además la fuerte compacidad del texto se airea con hiatos entre sus partes y cierta tensión dramática entre ellas, atando así el interés del lector. Encima parece haber dado con un género en el que se siente cómodo, el de la que llamo "investigación inconcluyente", aquella en la que el investigador se nos muestra empeñado en desvelar el enigma, buscando distintas formas de entrarle –en cada una de las cuales pasan cosas, a veces inesperadas–, pero sin que le pueda la ansiedad, antes bien, con una compostura y disposición a perderse en vericuetos laterales que hacen pensar que un hallazgo antes de tiempo habría frustrado sus deseos, y hasta que tampoco lo desea al final del camino, pues lo que importa es el camino mismo. De hecho ninguna de las tres investigaciones de ese género que Barrero ha acometido prometía un resultado: ni el asesinato del muy querido gijonés Rambal en 1976 ("La tinta del calamar", Trea, 2016) ni la identidad del misterioso gitano español que enseñó a Leonard Cohen a tocar la guitarra ("El guitarrista de Montreal", Galaxia Gutemberg, 2025) ni, en fin, cuándo, cómo y por qué le cortaron la cabeza al cadáver de Goya, y dónde ha ido a parar su calavera, que es el enigma del que esta vez se ocupa.

La investigación, con todo, es verdadera, prolija, erudita, repleta de información y datos, lo cual dota al procedimiento seguido de notable interés por si mismo, a la vez que aporta solvencia al relato que descansa en él. Pero lo más notable de este pequeño gran libro es la reconstrucción de episodios cruciales de la historia de España a través de estampas que logran el prodigio de dar cuenta no solo de personajes, engarces, tramas y sucedidos sino de su propia atmósfera, en especial la vida de los exiliados en Burdeos y en París al principio de la "década ominosa", o sea, la del absolutismo de rey felón Fernando VII, entre 1824 y 1834, en concreto en el tiempo del "exilio preventivo" de Goya (1824-1828) que antecede a su muerte. Son notables también, desde el punto de vista histórico, las sobrias pero delatoras pinceladas que va dejando aquí y allá durante el larguísimo tiempo –entre 1880 y 1919– en que tiene lugar la tramitación, traslado y sepultura definitiva de sus restos en el lugar en que hoy están depositados –la Ermita de San Antonio de la Florida, en Madrid–, bajo una cansina, inoperante e inacabable Restauración. Y, en fin, la propia vida de Goya en el "exilio" nos ofrece, en su inestable situación política, sus relaciones y su intimidad, una imagen de desolación, presente en su icónico retrato de aquel tiempo debido a Vicente López (1826), que, como el propio Miguel Barrero señala sagazmente, recuerda en la actitud vital que denota al Jovellanos retratado por él por segunda vez en 1798.

En los dos últimos capítulos aparece la "trama asturiana", que imprime a la investigación un giro sorprendente y descansa en la existencia de un cuadro del pintor pixueto Dionisio Fierros titulado "Cráneo de Goya", datado en 1849 y hoy colgado en el Museo de Zaragoza, que al ser descubierto en 1928 y presentado por un académico con motivo de los fastos del primer centenario de la muerte del aragonés reabrió un enigma –el de la falta de cabeza– que parecía amortizado. No es ninguna pirueta que Miguel Barrero lo renueve ahora, casi en vísperas del segundo centenario, con la mención de un óleo muy posterior (1880) del mismo pintor, titulado "Naturaleza muerta", en el que aparece representada la parte posterior del que probablemente fuera el mismo cráneo, y que se encuentra en el Museo de pintura que hoy existe en la Casa Natal de Jovellanos, al que fue a parar por un depósito de Dionisio Gamallo Fierros, nieto del pintor. En cuanto a la hipótesis de que ese depósito fuera un homenaje a Jovellanos, cuyas últimas palabras antes de morir habrían sido (supuestamente) "Nación sin cabeza... ¡Desdichado de mí!", es ya un juego propiamente literario justificado por la potencia de la metáfora y el sugestivo campo de especulaciones que abre.

Habrá mucho más que decir en adelante, confiando en la continuidad sostenida de su obra, acerca de la escritura de Miguel Barrero, pero me atrevo a aventurar un hilo conductor inevitable, pues también en el escritor el destino es el carácter. Hay ya razones para pensar que los lugares, su estricta geografía, la urbana especialmente, y una especie de sacralización por lo acontecido en cada uno, desatan una particular inspiración en Barrero, quien al deambular por ellos, olfateando para que le cuenten lo que saben, recibe la señal que pone en marcha su genio literario. Sería un caso, pues, de literatura flanêur, lo que nos obligaría a caracterizarla a partir de quienes han perfilado el flaneurismo, en especial Walter Benjamín ("El Paris del Segundo Imperio en Baudelaire", 1938). Pero habrá que aguardar más obra e incluso más vida para verificar la hipótesis.

La cabeza de Goya

Miguel Barrero

Xordica, 140 páginas 15,95 euros

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