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Arte

Ética y estética para Amador

Una doble exposición celebra el centenario del nacimiento del escultor geométrico asturiano

La exposición del Museo Casa Natal de Jovellanos.

La exposición del Museo Casa Natal de Jovellanos. / LNE

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Luis Feás Costilla

Luis Feás Costilla

Dos son las principales aportaciones de los artistas asturianos a la escultura geométrica española de la década de 1960, dentro de un común interés por el espacio. Uno formal, cuando Joaquín Rubio Camín introduce, a partir de 1963, el uso de angulares de acero, que convierte en elemento único de sus esculturas al advertir su capacidad morfo-espacial de escultura mínima por estar dotada de un espacio cóncavo y otro convexo. Y otro conceptual, cuando Amador, continuo explorador también de posibilidades formales, desde una escultura de matriz cúbica o núcleo esférico, construye su obra a partir de la tetraktys, esa vieja idea pitagórica de que el mundo está organizado según a un sistema, un orden, una jerarquía sustentada en los números.

Este año se cumple el centenario del nacimiento de Amador Rodríguez, accidente que se produjo en Ceuta, aunque toda su infancia y juventud transcurrió en Cangas del Narcea. Como otros muchos jóvenes escultores de la época, Amador decidió seguir las enseñanzas del escultor vasco Jorge Oteiza. Aunque luego llegaron a ser muy amigos, Oteiza llegó a polemizar con Amador, al que acusó de hacer con sus esculturas redondas "escultura y no problema", y preocuparse demasiado por la escultura única y por lo tanto demasiado artística, frente a lo que él predicaba, que eran los pequeños formatos experimentales y el desarrollo en series. No obstante, pronto simpatizaron, puesto que al fin y al cabo a ambos les unía una concepción esotérica y exotérica del oficio escultórico, extrañamente habitual en tantos abstractos geométricos, con sus respectivas reflexiones teóricas sobre el cromlech y la tetraktys pitagórica.

La muestra de la Fundación Museo Evaristo Valle.

La muestra de la Fundación Museo Evaristo Valle. / LNE

Amador no dudó en utilizar tan singular herramienta, que no es otra cosa que una figura triangular de diez puntos ordenados en cuatro filas, con uno, dos, tres y cuatro puntos en cada fila, conforme a la suma de los cuatro primeros números naturales, pero que constituye una figura geométrica sagrada y símbolo místico de la escuela pitagórica, rodeada desde la antigüedad del aura del prodigio. Sin embargo, el estudioso que mejor lo conoce, Francisco Zapico, afirma que Amador emplea la tetraktys más como principio constructivo, aséptico y funcional, que como emblema alusivo y convencional o como formulación cosmológica de correspondencias secretas.

De hecho, Amador nunca dejaría de perseguir en sus piezas un resultado no sólo conceptual sino estético, sensorial, y emplearía otras figuras además del cubo, como el cilindro, la esfera y el prisma, y otros operadores además de la tetraktys, como el triángulo egipcio o la serie Fibonacci. Con ello buscaba, como muchos de sus colegas de entonces, eliminar la tridimensionalidad clásica de la escultura, para llegar a una estatua de argumentación tetradimensional, es decir, a un objeto expandido. Para ello muchas veces utilizó módulos, en una búsqueda fundamental que el propio escultor consideró como una "forma de humanismo". También hay que resaltar sus fastuosos móviles, a los que Carlos Areán definió como "cárceles de luz y transparencia coloreada".

La exposición del Museo Casa Natal de Jovellanos.

La exposición del Museo Casa Natal de Jovellanos. / LNE

Zapico es el comisario de la doble exposición que ha unido, con motivo del centenario, a la Fundación Museo Evaristo Valle y el Museo Casa Natal de Jovellanos, bajo el título común de "Centenario Amador (1926-2026)". En el museo de Somió se ha reunido una selección de piezas de pequeño y mediano formato de colecciones particulares, localizadas en su mayoría a través de recientes investigaciones de los hijos del artista, a las que se suman las cuatro esculturas propiedad de la colección del museo, en cuyos jardines fueron esparcidas sus cenizas, tras su fallecimiento en Madrid. En la Casa Natal de Jovellanos propone un recorrido por su obra a partir del diálogo entre las piezas conservadas en la colección del museo y aquellas procedentes del ámbito familiar.

Antes de su fallecimiento, en 2001, ya se había producido una ansiada exposición antológica organizada por Cajastur, a cargo también de Francisco Zapico, y desde entonces sus hijos, Amador y Cecilia Rodríguez Calvo, han procurado seguir realizando actividades que mantengan vivo el recuerdo de este exquisito artista geométrico, en lugares como el CMAE de Avilés, la Galería Guillermina Caicoya de Oviedo o los dos museos que ahora se vuelven a ocupar de su figura.

Pero hay que preguntarse si es suficiente para preservar la memoria de un artista considerado uno de los más importantes escultores españoles de su generación, que realizó más de veinte exposiciones individuales y cerca de doscientas colectivas, muchas de ellas en el extranjero, intervino en las Bienales de Venecia, São Paulo y Alejandría y tiene obra en museos como el Reina Sofía de Madrid, la Academia de San Fernando, el Bellas Artes de Bilbao, de Arte Moderno de Barcelona y Sevilla u otros de Amberes o Finlandia. Es un interrogante que apela sobre todo a las autoridades asturianas, que no acaban de cumplir con su deber moral de que centenarios importantes como este salgan fuera.

Centenario Amador (1926-2026)

Fundación Museo Evaristo Valle, Camino de Cabueñes 261, Somió, Gijón. Hasta el 28 de junio

Museo Casa Natal de Jovellanos, plaza de Jovellanos s/n, Gijón. Hasta el 4 de octubre

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