¿De dónde nace la moralidad, es lo bueno o lo correcto?
En su voluminoso y clásico estudio, ahora reeditado, Charles Taylor se propuso alcanzar el hontanar donde manaría la ética superior

Charles Taylor. / Wikipedia
El sentido común de una persona cualquiera podría responder, ante la pregunta de si es mejor lo bueno o lo correcto, que lo mismo da, pues es lo mismo. Y cuando no lo fuera, entonces, sí habría que mirar los matices o circunstancias, recordando que lo bueno no siempre es posible y que lo correcto no siempre es lo mejor.
Pero, apremiados por los refinamientos conceptuales, nos adentramos en la comparación de diferentes teorías morales para ver cuál nos convence más. Habría que elegir. Apelar a lo "correcto" significaría, siguiendo los análisis de Charles Taylor, adoptar una postura de rigor cientificista, alejada al máximo de principios trascendentes o teológicos o metafísicos, mientras que apelar al "bien" comportaría asumir que, más allá del intercambio de costumbres aceptables (correctas), la moralidad tiene raíces profundas en la naturaleza humana y que no es mera cuestión ni sociológica (de mentalidades) ni psicológica (de ideologías) ni jurídica (de derechos y deberes), sino que está embebida en algo que es trascendental (consustancial) al ser humano.
El profesor emérito de la Universidad McGill (Montreal) se embarca en un análisis riguroso, de largo recorrido histórico y que repasa con apreciable exhaustividad –aunque llamativamente ajustado al círculo cultural anglo-franco-germano– las principales tesis morales desde Montaigne, Erasmo y Lutero hasta Nietzsche, Dostoievski, Camus y Foucault, entre muchísimos otros, sin dejar de remontarse a los primeros orígenes, es decir a los platónicos, peripatéticos, epicúreos, estoicos o a ese padre señero de la moralidad cristiana que es Agustín de Hipona.
A medida que nos adentramos en las 640 páginas (más otras casi cien de notas y bibliografía) vamos comprobando que nos movemos entre tendencias éticas más laicas o más religiosas, más trascendentes o más inmanentes, más trascendentales o más relativistas, y que las conclusiones provisionales que va apuntando Taylor se inclinan ora a una parte ora a otra de esos dilemas morales, dejándose guiar por cada contexto preciso. Hay, por tanto, un claro esfuerzo por posicionarse en un enclave de análisis neutral, aunque en definitiva no puede (ni, tal vez, tampoco debe) mantenerse equidistante del todo, pues una convicción profunda le empuja: la identidad moderna se ha ido construyendo en medio de "cegueras selectivas". Los criterios más generales que hoy gobiernan nuestras creencias, centradas en un Yo moderno (utilitarista, naturalista e individualista), se habrían ido gestando desde el Renacimiento, la Ilustración, el romanticismo del siglo XIX y el valor de la Expresión estética del siglo XX.
De esta manera, por ejemplo, Locke contribuye con fuerza a poner a salvo el moderno valor de la "libertad" individual, pero no solo relativa a la razón autónoma, sino profundizando en la línea del yo desvinculado del mundo (porque le sería dado actuar totalmente al margen del mundo) evidente ya en Descartes. Y de este modo se ganarían algunos valores pero se perderían otros, en este caso (por ceguera selectiva) buena parte de la íntima trabazón hombre-cosmos de la Antigüedad u hombre-Gracia del cristianismo.
Y reaccionando a esta pérdida, el platónico de Cambridge John Smith (1618-1652), también por ejemplo, tiene buenas razones en el siglo XVII para oponerse a una religión basada en el miedo en detrimento de la espiritualidad interior, pero esta reacción de autenticidad (muy visible también en Pascal) tiene otros meandros un siglo después entre los ilustrados más radicales, como Helvetio, acompañado de La Mettrie, Condorcet y D’Holbach y también en parte de D’Alembert y Diderot, quienes llevan a cabo una feroz crítica contra la moral antisexual del cristianismo –basados en muy buenas razones: recuperar "bienes vitales" escarnecidos–, aunque de nuevo, según Taylor, nos encontramos con la ceguera selectiva. Los philosophes no son capaces, tras el éxito de esa nueva liberación, de articular su moralidad sobre un "bien constitutivo" renovado que pueda sustituir el valor que el ascetismo tenía en el modelo teísta, criticado desde el deísmo y más radicalmente desde el ateísmo. La tesis de fondo es que todo "bien vital" recuperado es un triunfo moral, pero los diferentes bienes han de poder ser articulados entre sí y, entonces, resultan deficitarios cuando no se consigue sustentarlos sobre algún "bien constitutivo".
A juicio de Charles Taylor los últimos quinientos años recorren una bella historia de conquistas morales construida con múltiples bienes vitales (autonomía, igualdad, justicia…), pero en contrapartida sin haber sabido reconstruir el lugar de fondo en donde se apoyarían no solo lo correcto sino lo bueno: el "bien constitutivo" de donde manaría todo valor, y los más altos.
El diagnóstico es que la modernidad tiende en exceso a sofocar el "espíritu", tras los grandes males que estima amenazan la consistencia de la mejor moralidad posible (fuera la que fuere). Males endémicos, el utilitarismo y el naturalismo, ya lo hemos dicho, cargados de valores comercial-burocráticos, de libertades-individualistas y de una moral meramente procedimental.
El profesor canadiense se declara católico y cree que la vía de los creyentes ofrece unos fundamentos superiores a la de ateos o agnósticos, pues nada superior a lo que aquellos aspiran puede ser alcanzado por el espíritu humano por sí mismo. Honradamente confiesa que no tiene verdaderos argumentos para defender esto, que solo es intuición, fe y apuesta.
Pero, bien mirado, habría que añadir: no se trata de Dios sino, de hecho, de los dioses de las distintas religiones. Taylor mismo defiende que nadie puede prescindir de sus propios "marcos referenciales". Además ¿tendría Dios (de existir) alguna responsabilidad en relación a nuestra ética? ¿Qué tipo de responsabilidad, la que un niño proyecta en la necesidad de tener un Padre o la de un adulto que él mismo es ahora el padre?

Fuentes del yo. La construcción de la identidad moderna
Charles Taylor
Traducción de Ana Lizón
Paidós, 736 páginas 28,40 eruos
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