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Érase una vez en Sicilia

Luisa Adorno retrata con humor amable y vivaz la sicilianidad en una novela autobiográfica sobre la Italia de posguerra

Luisa Adorno. | Gatopardo Ediciones

Luisa Adorno. | Gatopardo Ediciones / .

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Luis M. Alonso

Luis M. Alonso

Me alegro de ver traducida al español y publicada "Una casa en Sicilia" –en italiano, "L’ultima provincia"–, que, a principios de la década de los ochenta, supuso gracias a Sellerio el redescubrimiento de la novela de la periodista y escritora Luisa Adorno (Pisa 1921- Roma, 2021), veinte años después de haber sido escrita y dada a conocer por primera vez. Se trata de una obra plena de memoria y observación, un retrato entrañable de la Italia de posguerra y, al mismo tiempo, una de las representaciones más originales de la sicilianidad en la literatura contemporánea. Sciascia solía referirse a ella sin escatimar elogios. Con ironía sutil y una extraordinaria capacidad para captar los matices de la vida cotidiana, Adorno, que murió centenaria, ofrece un libro tan revelador como placentero.

De marcado carácter autobiográfico, la novela nace de la experiencia de la autora como una joven toscana que, tras contraer matrimonio con el hijo de un prefecto siciliano, se ve inmersa en un universo familiar y cultural completamente distinto al suyo. A partir de esa experiencia personal, Adorno construye un relato que trasciende la memoria individual para convertirse en un fresco social de la Italia meridional de mediados del siglo XX. La narradora observa y relata la vida cotidiana de la familia de su marido, dominada por dos figuras memorables: el Prefecto y la Prefetessa. Alrededor de ellos gravita una constelación de familiares; empleados domésticos, como es el caso de Concetta, sirvienta viuda; funcionarios y notables locales que configuran el microcosmos de una provincia siciliana situada en los márgenes geográficos y simbólicos de Italia. Sin embargo, lo que podría haberse limitado a una crónica doméstica adquiere en la novela de Adorno una dimensión literaria notable gracias a la mirada de la autora, siempre atenta a los detalles reveladores y las contradicciones humanas. Su Sicilia aparece como un territorio regido por códigos propios, rituales, y una concepción particular del honor, de la autoridad y de las relaciones sociales. Es una tierra que pertenece al Estado italiano y, al mismo tiempo, parece vivir según reglas distintas, casi autónomas. La distancia respecto a la península no es solamente geográfica; es también cultural, lingüística y emocional. Cualquiera que haya estado en Sicilia mostrando interés por lo que allí ocurre se habrá dado cuenta en algún momento de que así es; si se ha decido a compartir sus reflexiones sobre este particular con los sicilianos también habrá podido percatarse de su orgullo al sentirse distintos del resto de sus paisanos, incluidos los meridionales. No por desarraigo nacionalista, más bien por insularidad.

La perspectiva de la narradora resulta fundamental para comprender esta realidad. Procedente de Toscana, observa las costumbres sicilianas con una mezcla de asombro, ironía y afecto. Nunca adopta una actitud de superioridad ni de rechazo. Al contrario, su mirada se caracteriza por una curiosidad constante que le permite descubrir el sentido profundo de algunos comportamientos que, a primera vista, podrían parecer extravagantes. El choque cultural se convierte así en una fuente inagotable de humor y reflexión. La ironía es, de hecho, el rasgo más distintivo del estilo de Adorno. Esa comicidad elegante y la vivacidad de su prosa es capaz de provocar la sonrisa sin caer en la caricatura. La autora se ríe de los tics de la sociedad siciliana, pero lo hace desde la cercanía y el cariño. Está predispuesta a reírse con ella, jamás de ella. El resultado es una sátira suave, donde cada personaje conserva intacta su humanidad. Las figuras más excéntricas aparecen descritas con una comprensión que evita cualquier tentativa de simplificarlas.

El personaje del Prefecto está inspirado en el suegro de la autora. A través de él se ofrece una reflexión sobre las instituciones italianas en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en la que el funcionario encarna una burocracia superviviente al fascismo sin sufrir transformaciones profundas. Ello permite a Adorno explorar los mecanismos del poder local, los vicios administrativos y las inercias de una sociedad donde las jerarquías continúan desempeñando un papel central. Frente a la modernización que comienza a transformar otras regiones italianas, la Sicilia de Adorno parece suspendida en una temporalidad propia, marcada por la memoria, la tradición y la repetición de los gestos cotidianos. Los paisajes del Etna, las casas familiares, los pueblos y las oficinas públicas conforman un escenario que adquiere una intensa presencia narrativa. Las voces están muy bien recreadas. El lenguaje, influido por la claridad tradicional toscana, contrasta con la riqueza expresiva de los diálogos sicilianos, donde aflora la fuerza del habla local. El trabajo de verter esos modismos al castellano es indiscutible mérito del traductor.

Una casa en Sicilia

Luisa Adorno

Traducción de Carlos Gumpert

Gatopardo, 192 páginas, 18,95 euros

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