Múnich, punto y aparte

Múnich, punto y aparte
Oviedo, Mario D. BRAÑA «Para el balonmano, los Juegos Olímpicos de Múnich marcaron un antes y un después», explica muy gráficamente José Faustino Villamarín, uno de los integrantes de aquella selección española que se estrenó como olímpica al mismo tiempo que el deporte. Ahora todo es diferente. «Cuando veo la gran cantidad de títulos que la selección y los equipos españoles han conseguido en los últimos años, me siento un poco copartícipe de ellos».
En aquel momento, principios de la década de los setenta, para España ya era un éxito estar en las grandes competiciones: «Las diferencias con los países del Este eran enormes. En el Preolímpico nos clasificamos después de un partido dramático frente a Bulgaria». Villamarín personaliza en el entrenador, Domingo Bárcenas, el mérito de aquel equipo: «Fue una especie de pionero. Con él nos pasamos meses enteros concentrados en países del Este, sobre todo en Rumanía, trabajando muy duro y en malas condiciones. Fuimos una generación de conejillos de Indias, de laboratorio».

Múnich, punto y aparte
Tuvieron que buscar fuera las condiciones para evolucionar porque entonces la Liga española no era de las mejores: «Empezaban a llegar jugadores extranjeros, pero de escasa calidad. No eran mejores que nosotros». En ese escenario, para Villamarín y compañía los Juegos Olímpicos eran «lo máximo, algo impensable como jugador de balonmano. Por lo menos para mí, que sólo tenía 22 años y me llegaba todo de golpe».
El salto de calidad del balonmano español también tuvo que ver con la forma de planificar el asalto a los Juegos de Múnich: «La Federación hizo una buena programación y nos dio unas becas con cantidades importantes. La preparación resultó muy dura porque todos éramos universitarios y, durante dos años, nos juntábamos a entrenar en Madrid todos los lunes y martes».

Múnich, punto y aparte
Sin opciones a pasar de la primera fase, sus recuerdos de Múnich van más allá del torneo de balonmano. Por ejemplo, de la psicosis que siguió a los asesinatos de los deportistas de Israel: «En un partido contra Noruega hubo una amenaza y desalojaron el pabellón, en el que había 16.000 personas. Después del atentado nos sacaron de la villa y estuvimos todo el día por el centro de Múnich. Cuando volvimos estaba lleno de policías y, al bajarnos del autobús, hubo un malentendido y tuvimos que tiraranos al suelo».
Pasado el susto, los Juegos siguieron y José Faustino Villamarín pudo seguir acumulando experiencias. Algunas tuvieron que ver con el balonmano -«la final Rusia-Yugoslavia fue espectacular»-, con otros deportes -«en información fueron unos Juegos modélicos porque teníamos todos los resultados al momento»- y con el ambiente de la villa olímpica. «Recuerdo que comimos con el entonces príncipe Juan Carlos, o que asistimos a los conciertos que dieron «Los Mustang» y Julio Iglesias».

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Villamarín no tuvo más oportunidades olímpicos. España no se clasificó para Montreal-76 y una lesión le dejó fuera del equipo de Moscú-80. En realidad, a esas alturas el gijonés ya pensaba en la retirada: «El balonmano se había profesionalizado tanto que había que entrenar mañana y tarde. Yo ya pensaba más en trabajar como ingeniero agrónomo».
Durante unos años siguió vinculado al balonmano, primero como directivo de la sección del Barcelona presidido por José Luis Núñez, y un par de temporadas entrenando a un equipo de Gerona en División de Honor. De todo sacó alguna conclusión positiva, pero lo suyo era jugar: «La práctica es lo mejor del deporte. Las experiencias del grupo son muy edificantes y válidas para la vida personal y laboral».
Desde fuera, como espectador, ha asistido a la transformación del balonmano: «Ahora se basa mucho en la fuerza. Antes era más bonito para el público, más espectacular. Los entrenadores se equivocaron apostando por los altos. Y se tendría que haber reducido a un seis contra seis, para primar a los jugadores más técnicos».
Jugadores tipo Carlos Ruesga, al que Villamarín pone por las nubes: «Será el mejor jugador español de balonmano de todas las épocas si no sufre una desgracia. Tiene diez años por delante para demostrarlo. Es una alegría para el balonmano porque lo hace práctico y bonito al mismo tiempo. Y eso que no está jugando en su puesto. Tiene una fuerza impresionante y no es medio jugador, como esos que sólo valen para atacar o defender»
Otro producto de la formidable cantera gijonesa. Como Villamarín, que se formó en el Colegio Corazón de María, del que pasó directamente al mejor equipo español de aquel momento, el Atlético de Madrid, con sólo 18 años. A la temporada siguiente volvió a romper esquemas al fichar por el Barcelona, que empezó a hacerse un hueco a base de talonario: «Teniendo en cuenta como estaba el balonmano entonces, me sentí bastante profesional. Los internacionales cobrábamos bastante y nos llegaban ofertas. Por ejemplo, el Calpisa quiso ficharme en 1973 y 74».
José Faustino Villamarín Menéndez
Nació en Gijón el 19 de febrero de 1950.
Empezó a jugar al balonmano en el Colegio Corazón de María. En 1968 fichó por el Atlético de Madrid y en la temporada 1969-70 pasó al Barcelona, con el que jugó hasta la 79-80, en que se retiró. Logró tres títulos de Liga.
Fue 76 veces internacional y participó con la selección española en los Juegos Olímpicos de Múnich-72.
Actualmente vive en Barcelona, donde trabaja como ingeniero agrónomo.
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