04 de mayo de 2008
04.05.2008

La marea fluye

04.05.2008 | 02:00
Bilic celebra su gol, con Barral y la grada de los Ultra Boys detrás.

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya», dice Antonio Machado en uno de sus más hermosos y sabios poemas. Y el Sporting se atiene al consejo. Tras diez años de espera en la inhóspita costa de la Segunda División, la marea reflota irremisiblemente el barco rojiblanco para que pueda navegar otra vez por el mar de Primera. Y parece que nada ni nadie va a parar ese impulso.

Quien lo dude, que se atenga al partido de ayer. El Sporting debía ganar y lo hizo, a pesar de todos los pesares.


El primero, sus propias e, por lo que se ve, insalvables limitaciones. Volvió otra vez a mostrar sus carencias para crear juego y, en un partido en el que debió salir a arrollar desde el primer momento imponiendo la jerarquía que le otorga la clasificación, dejó que el Granada 74 se le fuera agigantando hasta superarle por completo en el primer tiempo, que si terminó con empate a cero se debió más bien al acierto de Roberto, que desde la portería paró a Luque y compañía (un tiro venenoso de Martí Crespí, por ejemplo), algo que no pudieron hacer sus compañeros en el campo.


El segundo pesar fue la actuación arbitral. Mateu Lahoz fue al principio condescendiente con el Sporting, al que no le pitó la primera falta hasta el minuto 25, cuando ya había señalado ocho contra el Granada 74. Pero luego encadenó dos errores capitales contra los locales. La expulsión de Míchel pareció muy rigurosa. Y quizá no se hubiera producido, si en una jugada anterior le hubiera sacado una merecida tarjeta por una entrada al mismo jugador, Ruz. Con esa advertencia seguro que Míchel se lo hubiera pensado antes de meter el pie como lo hizo, tres minutos después. Pero con ser grave esa decisión, que dejó al Sporting con un jugador menos con más de medio partido por delante, mayor trascendencia tendría el dar por válido, en el primer minuto del segundo tiempo, el centro de Luque que haría posible el certero remate a gol de Javi Guerra. Desde la grada pareció fuera de toda duda que antes del centro el balón había rebasado la línea de fondo, pero el árbitro, que estaba cerca, se fio de su vista y no tuvo la ayuda de su auxiliar, que llegó tarde.


Ese gol pareció destinado a caer como una losa sobre el Sporting, que hasta entonces había sido superado por un Granada 74 muy sólido, bien situado en el campo y con un contragolpe peligroso: más o menos lo mismo que tantos equipos que han sacado tajada de las limitaciones que exhibe en El Molinón su titular.


Ése fue un pesar más. Pero acabó resultando el más llevadero, porque al Granada 74 le faltó instinto para consolidar lo que se le había puesto tan de cara.


Y fue entonces cuando el Sporting empezó a sentir que algo le empujaba hacia arriba, incluso hacia lo imposible. Siguió sin jugar bien, si se entiende por ligar, construir, rematar. La solución Barral se agotó en la primera jugada en la que intervino, entrando recto y potente a un pase Castro para soltar un zurdazo que Jaime acertó a tapar con el cuerpo. Luego mostraría tanta voluntad como ofuscación. Pero, ya que no juego, al menos el Sporting tuvo empuje. Y si no llegó a la puerta, lo hizo al menos al banderín de córner. A falta de jugadas a balón corrido, en las que casi siempre llegaba en inferioridad al área contraria, pues el enorme desgaste de Bilic encontraba poca compañía, dispuso de jugadas de estrategia. Y le resultaron vitales.


Jorge es siempre un peligro en esos casos. Después de cabecear alto en un córner en el que había superado al portero, en el minuto 72 remató con el pie y, aunque le salió desviado, su tiro encontró la cabeza de Kike Mateo, un jugador al que parece buscar el balón.


El público interpretó ese gol como un signo y el instinto no le engañó. Con El Molinón convertido en un volcán, el Sporting empezó a creer en el milagro. Una enorme parada de Roberto a tiro -una vez más- de Luque le reafirmó en la fe. Y dos córneres seguidos, ya en el tiempo de descuento, le depararon la última oportunidad. Y la aprovechó, entre el delirio de su afición, que comprueba que el barco flota, listo para partir, empujado hacia arriba por una marea del que ella misma forma parte esencial.

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