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F.C. Barcelona

De profesión, amateur

Pep Guardiola considera que la clave para mantener el nivel son las ganas de disfrutar con lo que hace

Guardiola. /Pablo García

Guardiola. /Pablo García

Mario D. BRAÑA

Para Pep Guardiola, la clave del éxito no está en la profesionalidad, sino en la pasión. Según el entrenador del mejor Barcelona de la historia, al final todo se reduce a hacer el trabajo con ganas, como un amateur. Dos años y medio después de su estruendosa llegada al fútbol de élite, Guardiola mantiene esas premisas. Y cree que su equipo se mantendrá en lo más alto mientras sus futbolistas lo sigan.

«Profesionalidad es una palabra que odio». Esta rotunda y sorprendente frase es parte de la campaña de publicidad del Banco de Sabadell bajo el título «Una conversación con Pep Guardiola». Ahí el técnico, que tan caro se vende fuera de las obligadas ruedas de prensa, se explaya: «Creo en el amateur, en el que hace lo que hace porque le gusta, porque tiene pasión».

El Banco de Sabadell logró lo que no había conseguido ningún medio de comunicación o cualquier otra empresa del mundo. Al margen del dinero por prestar su imagen, para Guardiola fue importante sentirse identificado con una firma de la que es cliente desde que tenía 17 años y una cuenta corriente mucho menos jugosa. Y, sobre todo, que la campaña se atuviese a unos parámetros muy «guardiolianos»: reflexionar sobre sus métodos de trabajo sin caer en dogmatismos.

Lo mejor de su trabajo, según Guardiola, es la preparación de los partidos. Se lo pasa en grande ante el ordenador, analizando al contrario y buscando la forma de contrarrestar sus virtudes y explotar sus defectos. Después, a la hora de la verdad, tiene que pasar el mal trago de descartar a la mitad de la plantilla porque, como mucho, sólo podrá hacer jugar a catorce.

De momento, a Guardiola le está funcionando un método que mezcla las esencias del fútbol implantado por Johan Cruyff hace veinte años con la disciplina que aprendió de otros entrenadores, especialmente en su etapa en el fútbol español e italiano. Por mucho que cueste mantener la tensión de un grupo sobrado de dinero y de egoísmo será difícil que a Guardiola se le vaya de las manos, como ocurrió con Rijkaard tras dos años de éxito.

«Lo que tiene Pep es un alma enorme de aprendiz, que es un elemento fundamental del liderazgo», exponía Andoni Zubizarreta en mayo de 2009, tras consumarse el primer año triunfal de Guardiola al frente del Barça. Zubizarreta, compañero en su momento en la plantilla dirigida por Cruyff y ahora secretario técnico azulgrana, da otras claves de la credibilidad del entrenador entre los jugadores: «En el día a día, en detalles como la disciplina de los viajes, las comidas, la puntualidad».

Futbolísticamente, el Barça de Guardiola es heredero del «Dream Team» de los noventa, pero con unos matices que lo sitúan en el marco del siglo XXI: la importancia al trabajo defensivo, el estudio minucioso de los rivales gracias a la tecnología y la disciplina en el vestuario, lo que no significa que trate igual a Leo Messi que al último chaval de la cantera. Para él eso es imposible, entre otras cosas, porque tampoco tienen la misma responsabilidad.

De esa certeza parten algunas de las decisiones más controvertidas del Guardiola entrenador. Antes de tenerlo a sus órdenes, Pep sabía que en la base de su proyecto estaba Leo Messi. Y que para que aquel proyecto de número uno se consolidase necesitaba hacerle hueco. Por eso, y por la convicción de que era lo mejor para el vestuario, en su primera rueda de prensa anunció que no contaba con Ronaldinho, Deco y Eto'o, aunque al camerunés tuviera que «tragarlo» una temporada más. El respeto al escalafón también lo llevó a desandar el camino con Ibrahimovic. Guardiola lo fichó convencido de que era el delantero ideal para completar el equipo, un futbolista diferente que lo ayudase a encontrar alternativas difíciles de contrarrestar por los rivales. El técnico tuvo más paciencia con Ibra que con nadie, pero en la recta final de la temporada lo vio claro: no mezclaba bien con Messi.

Ibrahimovic y Eto'o han sido las excepciones en el clamor de los futbolistas que han estado a las órdenes de Guardiola. Los pesos pesados del equipo, incluso aquellos que como Márquez fueron perdiendo protagonismo, hablan maravillas de Pep. Y los chavales de la cantera simplemente lo adoran. No es extraño con casos como el de Pedro y Busquets, que en un año pasaron de los campos de tierra de la Tercera catalana a la final de la Liga de Campeones en Roma.

Los jugadores le responden porque da ejemplo. Nadie trabaja más que Guardiola en el Barcelona. Y se lo toma tan a pecho que en su rostro, y sobre todo en su cuero cabelludo, son evidentes los signos del desgaste. Por eso se tomó a broma el consejo de Mourinho a la directiva del Barça para que lo renovase por 50 años. Él se decanta por todo lo contrario, por ir temporada a temporada, pese a que tanto Laporta como Rosell le hicieron continuas propuestas.

Con esta postura, Guardiola deja bien claro que su continuidad no depende tanto de los resultados como de las sensaciones, quizá del «feeling» con el que justificó la marcha de Eto'o poco después de que el camerunés lo ayudase a cuadrar la temporada del triplete. Con el cambio en la presidencia se abrió alguna duda, ya que Rosell en su momento se había decantado por otro tipo de entrenador. Pero tras algunos escarceos en el verano, Guardiola asegura estar trabajando más cómodo que nunca.

Y, por tanto, preparado para un nuevo reto. Hasta el momento los ha superado todos. En su primera temporada tenía que demostrar que estaba capacitado para entrenar al más alto nivel. En la segunda, que podía mantener la tensión competitiva y el hambre de un equipo que lo había ganado todo. Ahora, que puede neutralizar el efecto de un entrenador fichado con la etiqueta de «anti-Guardiola». Y lo hará a su manera, con trabajo, pero, sobre todo, con esa pasión de aficionado que tantas satisfacciones le ha dado a él y al barcelonismo.

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