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Gimnasia

El precursor de la gimnasia asturiana

Iván Díez Cortina logró, a partir de 1953 y desde un modesto gimnasio gijonés, impulsar un deporte que fue su vida durante más de medio siglo

Equipo del Atlético Gijonés con Juan Gomila, José Antonio Marqués, José Antonio Vega e Iván Díez Cortina, en el Campeonato de España de 1961. ARCHIVO IVÁN DÍEZ CORTINA

Cuando Iván Díez Cortina (Gijón, 1937) tenía 16 años su familia decidió llevarle a un gimnasio debido a su débil constitución física. Corría el año 1953 y un buen día apareció por el gimnasio La Muralla, en la gijonesa calle del mismo nombre. En aquel momento nadie se podía imaginar que Díez Cortina se iba a convertir en uno de los precursores de este deporte en Asturias primero como competidor pero, sobre todo y un poco más tarde, como entrenador.

"Cuando fui al gimnasio me encontré con un chico, Carlos, del que ahora no recuerdo el apellido, al que conocía, y que estaba en una esquina haciendo equilibrios invertidos. Me acerque a él y comenzamos a hablar. Carlos había participado en una concentración organizada por la Federación Española de Gimnasia en Guipúzcoa y empecé a entrenar con él. En una pared había pegado un papel con algunos ejercicios que fue los que comencé a hacer", rememora Díez Cortina.

Aquel gimnasio de La Muralla lo compartían levantadores de pesas, culturistas, boxeadores, nadadores, atletas y algunos que intentaban hacer gimnasia, algo complicado porque para empezar no había ningún aparato más allá de unas anillas de hierro y unas paralelas de suelo. Además, entrenaban todos juntos en poco más de 200 metros cuadrados. Sin embargo, allí se fue formando un grupo de jóvenes como Juan Gomila, Antonio Vega, José Antonio Marqués, Vicente Barrientos, los hermanos Casado, Joaquín Ramos o el hermano de Iván, Alberto Díez Cortina.

Un día a pareció por el gimnasio Aurelio Gabaldón Zamora, del club Juventud de Madrid, que veraneaba en Salinas y se había enterado que en Gijón había un grupo de chavales que estaban iniciándose en la gimnasia. Cuando llegó preguntó por los aparatos y se quedó asombrado al ver lo que había. Por aquel entonces acudía de vez en cuando al gimnasio el secretario de la Federación Astur Leonesa de Gimnasia y Levantamiento de Peso y por mediación suya se hicieron con los primeros aparatos que estaban en un almacén del entonces presidente Cándido Figar Lafuente. Un material que estaba poco menos que inservible, pero que aquellos jóvenes arreglaron como pudieron y comenzaron a usar. Taladrando unas columnas se instaló una barra fija, que no obstante apenas servía porque no había altura y se podían hacer pocas cosas, y con las paralelas pasaba algo parecido.

La playa se convirtió también en escenario de entrenamientos y poco después el parque de Bomberos, donde había una barra y unas anillas con la altura reglamentaria. Pidieron permiso para usarlas y se lo dieron, fue un paso más. Tras unas gestiones recibieron permiso para poder entrenar en el terreno que actualmente ocupa el Club Hípico Astur. Allí había una casa con un almacén donde empezaron a guardar los aparatos que tenían que montar y desmontar cada día, lo que llevaba bastante tiempo. Entrenamientos no exentos de riesgo como en una ocasión en que recibieron una perdigonada porque la zona era habitual de los cazadores. No hubo heridos, pero el susto fue monumental. Llegó el invierno y tuvieron que buscar un lugar a techo y ese fue un piso en la calle Begoña, inmueble con grandes ventanales que se llenaban de curiosos cuando estaban entrenando.

Un poco más tarde entablaron relación con el gimnasio Alpo de Oviedo, donde otro grupo de chicos, e incluso alguna chica, también practicaba la gimnasia. Destacaban según, recuerda Díez Cortina, Juan Cechini, que luego se dedicó al judo, Víctor Somoano, Erasmo Barrera y Flor Alfaro, primero gimnasta y luego entrenadora.

Díez Cortina y sus compañeros compaginaban los entrenamientos en el gimnasio ovetense con otros en la Universidad Laboral. "El rector, el padre Roel, nos dejaba las llaves del gimnasio y cuando acabábamos se las devolvíamos al conserje. Era un gimnasio muy amplio e incluso tenía un tatami para practicar los ejercicios de suelo, era de madera y cubierto con una lona que era de toldos Cañada", relata Díez Cortina. Por aquel entonces decidió dejar de practicar la gimnasia y, tras una concentración en Vitoria dirigida por Luis Abaurrea, del gimnasio San Miguel de Barcelona, y Víctor Jover Dorada, Díez Cortina tomó notas, se fijó en todo y a su vuelta se empezó a hacer cargo de los entrenamientos.

En 1960, y guiados por un manual con los ejercicios obligatorios para el Campeonato de España de cuarta categoría, decidieron acudir al mismo. Se celebraba en Zaragoza y allí acudieron en un solo taxi un federativo de nombre Dimas, su mujer, José Antonio Marqués, Juan Gomila, Antonio Vega, Vicente Barrientos y el propio Díez Cortina. Su actuación no fue buena, pero no por ello se desanimaron. Un año después, esta vez en el expreso de la noche, fueron a Madrid Marqués, Gomila, Vega y Díez Cortina para participar en sus segundos Campeonatos de España. También en 1960 el colegio Inmaculada abrió un gimnasio y llamó a este grupo de jóvenes para hacer una exhibición. La cosa gustó hasta el punto de que el colegio contrató a un profesor, Juan Antonio Solinis del Castillo, procedente de Huesca. Había sido gimnasta y campeón de Aragón, y empezó a trabajar con ellos. En 1962 se formó un equipo compuesto por Carlos Prendes Pesquera, José Ramón Martín, Luis Melendi Viña, José Manuel Natal, Ángel Viejo y Enrique Jaureguizar, que entrenaba en el colegio y luego en el gimnasio con Díez Cortina y sus compañeros. En 1964 la Federación Española convocó unas pruebas para la incorporación de gimnastas a la residencia Blume de Madrid. "Fuimos en mi 'dos caballos' Jaureguizar y yo, y él quedó seleccionado. Jaureguizar se incorporó el mes de septiembre de 1964 a entrenar a las órdenes de Hermeregildo Martínez. Allí coincidió con hombres como José Ginés, Cecilio Ugarte, Juan José Ruiz, Agustín Sandoval, Alfonso Rodríguez y Victorio Heredero. Por allí apareció un día José Novillo, director del SEK (San Estanislao de Kostka), que quería formar un equipo y ofreció una beca a Enrique Jaureguizar, y poco después a José Ginés, Cecilio Ugarte, Agustín Sandoval y Jesús Carballo, quien con el tiempo se convirtió en seleccionador nacional femenino y es padre de Jesús Carballo Martínez, bicampeón del Mundo, y actual presidente de la Federación Española de Gimnasia. Jaureguizar llegó a ser internacional, el primer asturiano que lo conseguía tanto en su club como con la selección juvenil. Era un especialista en manos libres y salto, logrando varios títulos nacionales en la categoría juvenil y ganando en 1967 el trofeo que organizaba Televisión Española. Dos años más tarde regresó a Gijón para realizar estudios de Náutica lo que le aparta, aunque no del todo, de la práctica deportiva. En 1970, y casi sin entrenar, ganó la medalla de oro en suelo en el Campeonato de España de segunda categoría. A principios de los 70 y durante aproximadamente tres años fue un sótano de la parroquia de San Miguel en Pumarín el que acogió los entrenamientos de este grupo de gimnastas. "El párroco, don José, estaba encantado con su presencia", recuerda Díez Cortina.

Para Iván Díez Cortina "el gran salto en la gimnasia en Asturias tuvo lugar cuando salió elegido Silverio Blanco como presidente de la Federación Asturiana de Gimnasia, grupista de pro y muy amigo de Luis Adaro". Por mediación suya los gimnastas pudieron entrenar en el pabellón central de la Feria de Muestras. Blanco. Y no se contentó con ese avance, si no que acabó convenciendo a Jesús Revuelta y Braulio García, por entonces presidente y vicepresidente del Grupo Covadonga, para que construyeran un gimnasio en el Grupo. Allí también empiezan a destacar un grupo de chicas: Alicia Sánchez Morán, Covadonga Prieto, Catherine Rubio, Amparo Abejón o Isabel Carrera. "Era un gimnasio tan bueno que incluso la selección española acudía a entrenar allí durante los veranos", subraya Díez Cortina.

Con el paso del tiempo el Grupo Covadonga fue una cuna de campeones, internacionales e incluso olímpicos. Son los herederos de aquellos pioneros que sembraron una semilla que arraigó y sigue dando excelentes frutos.

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