09 de febrero de 2019
09.02.2019

San Valentín por adelantado

Los regalos condenan al Sporting, que sufre en la salida del balón y apenas creó peligro ante un rocoso Osasuna

09.02.2019 | 01:00

El Sporting celebró por adelantado San Valentín. Se sintió dadivoso como nuevo rico en 14 de febrero y puso en la mano de la novia navarra un anillo de compromiso con las letras grabadas del liderato. Osasuna, que está de dulce como un pastel nupcial y que lleva 360 minutos sin dejar que nadie se le asome al tálamo, cerró todos los caminos a un cuadro local que disputó los peores minutos de la era López. El fracaso fue colectivo y rotundo: ayer no se salvó nadie. Ni el entrenador, que confió en el recién llegado Ivi, y el experimento le duró 45 minutos. A la vista de los pitos que emergieron de la grada, parece que a este Sporting se le va a caer del cuello la medalla del amor: se le quiere hoy menos que ayer y puede que más que mañana. Sólo faltó que la pareja de centrales entonara al unísono el que se besen. Cuánto se echó en falta a Babin, que cumple con su nómina y con la de su pareja de baile, a cual más fea.

Empieza a parecer que El Molinón ha dejado de ser un fortín para convertirse en una tómbola, donde siempre hay premio para el caballero, si viste traje de visitante. El Zaragoza ganó; el Deportivo también y el Osasuna se acostó líder a costa de un equipo que asciende en el tope salarial y desciende en la tabla clasificatoria. Que dilapida en casa los réditos que obtiene como foráneo.

A este Sporting los rivales le han cogido el pan debajo del sobaco, sobre todo los de arriba, que ya saben que le cuesta Dios y ayuda acometer con éxito la salida del balón. Los centrales son negados -los alineados ayer compitieron por ver quién de los dos cosecharía en las crónicas el suspenso más lacerante- y los centrocampistas sufrieron una estrepitosa derrota en la pugna medular, donde el Osasuna mostró una suficiencia aplastante.

El equipo pareció superado por la presión de un partido que tras la victoria en Almendralejo podría catapultarle a la zona noble de la tabla; pero el tiro salió por la culata y la bala de cañón, en lugar de apuntar al marco rival, le cayó en los pies. Tanto que el arquero rival disfrutó de una noche de lo más plácida. De haberse encontrado sobre el césped un ramo de margaritas podría haberse dedicado todo el partido a deshojarla, a ver si le quiere o no lo quiere, desentendiéndose de las escaramuzas que apenas llegaban a veinte metros de su portería.

Las imprecisiones fueron frecuentes y groseras; los errores defensivos en los dos goles rojillos, monumentales. Sobre todo, en la cesión a córner en una jugada intrascendente que tras el lanzamiento de esquina Mariño tuvo que agacharse para sacar de la red, ante la pasividad de sus zagueros.

Cuando lo intentó a toque de generala, con Alegría y Lod desde el banquillo, puso más voluntad que acierto. Pero sólo con buenas intenciones no se asciende.

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