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Culé Moyáu

Del sepia al technicolor

Ganar ocho de las ultimas once Ligas es una forma como otra cualquiera de intentar explicar la grandeza del Barça en estos últimos años. Una grandeza que no se entiende sin Messi con el 10 a la espalda, y antes sin la potente mandíbula de Luis Enrique, y antes sin el Tito Vilanova que tuvo que soportar la indignidad del infame Mourinho, y antes sin Guardiola como entrenador tras haber sido un futbolista de leyenda, y antes sin la sonrisa y el talento de Ronaldinho, y antes sin Cruyff sentado en el banquillo del Barça con su inseparable Chupa-Chups. Ocho de once. Vale. Veintiséis Ligas (todavía lejos del Real Madrid, pero cada vez más cerca). Bien. Diez Ligas de Messi. Estupendo. Pero, en estos momentos de alegría culé, creo que hay que mirar atrás y recordar los tiempos, que parecen lejanos pero que algunos tenemos muy presentes, en que el Barça ganaba poco, nada, o nada de nada. Aquellos tiempos en que ganar tantas Ligas seguidas era un absurdo metafísico. Aquellos tiempos en que muchos estábamos convencidos de que el Barça nunca, jamás de los jamases, ganaría una Copa de Europa. Aquellos tiempos antes de Cruyff, su gabardina y su Chupa-Chups.

Como en la película "El mago de Oz", el Barça vivía en una granja de Kansas en la que todo era de color sepia pero, de repente, Cruyff se sentó en el banquillo y el Barça entró en el technicolor mundo de Oz. Y, más allá del arco iris, el Barça viajó por el camino de baldosas amarillas de la mano de Dorothy y se encontró con un espantapájaros, un hombre de hojalata y un león que fueron el cerebro, el corazón y el valor de un Barça inmortal. Xavi, Pujol, Messi. Al final de "El mago de Oz", Dorothy dice que se está mejor en casa que en ningún sitio, pero eso a veces no es cierto. En fútbol, se está mejor en el colorido mundo de Oz que en ningún sitio. Más aún. En fútbol, lo ideal es que coincidan Oz y el hogar. Y eso es lo que ha conseguido el Barça: hacer de Oz su casa. Ya sé que poner nombres y apellidos a los procesos históricos es muy difícil y muy injusto, pero si el Imperio romano no se puede entender sin Augusto, si el encuentro de Europa con lo que hoy conocemos como América necesita que hablemos de Colón, y si es imposible explicar la revolución rusa sin Lenin, entonces estas ocho Ligas de once del Barça y las diez Ligas de Messi piden a gritos que nos acordemos de Johann Cruyff.

Cruyff no es el Colón, el Augusto o el Lenin del Barça, sino la versión futbolera de Dorothy en "El mago de Oz". Johan Cruyff, ese holandés tan poco errante pero sí viajero, nos sacó del color sepia y nos llevó al mágico mundo de Oz. Y ahí seguimos. En casa.

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