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En la despedida de un héroe de Argentina: lágrimas y desorden, una despedida maradoniana

Las escenas de tristeza por la muerte de Diego Armando Maradona se mezclan al final con enfrentamientos callejeros en Buenos Aires

Monchu y Maradona, en 1992. | LNE

Monchu y Maradona, en 1992. | LNE Efe

“Olé, olé, olé, olé, Diego, Diego”. El grito que alguna vez nació en el estadio San Paolo de Nápoles tuvo un efecto contagioso bajo el sol del mediodía. Las voces no parecían de dolientes. Eran, ante todo, hinchas, o creían serlo bajo tan extrañas circunstancias. Ellas y ellos esperaban entrar a la sede presidencial como si estuvieran en rigor a las puertas de un estadio donde jugaría la selección argentina. El malentendido afloró quizá como mecanismo de protección emocional para la marea humana, casi un tsunami, que fue a despedir a su ídolo y su estandarte.

“Viva la Patria, viva Diego Armando Maradona”, gritó alguien y agitó una bandera celeste y blanca. “Viva”, le respondieron a sus espaldas. El eco se expandió hacia la Plaza de Mayo. A Eva Perón la velaron en 1952 en el Congreso. Maradona recibió el último adiós en el corazón del poder político, en la Casa Rosada. Lo que une a uno y otro episodio es su carácter multitudinario y el aura mítica de los dos difuntos que más amor y enconos han suscitado en esta sociedad estremecida. Lo que los separa es que la despedida de Maradona tuvo un cierre caótico, con incidentes adentro y afuera de la sede del Ejecutivo, más propios del universo violento del fútbol.

El caos obligó a concluir el velorio de forma apurada. Se retiraron las coronas florales y el féretro en medio de una tensión que no estaba en los planes de los organizadores de la ceremonia del adiós. La familia pidió unos minutos de intimidad antes de que llevaran el ataúd.

La jornada fue, en definitiva, maradoniana en un 100%, con sus instantes genuinos, de hondo dolor, y sus costados deplorables. A las seis de la mañana, cuando se abrieron las puertas de la sede de Gobierno, se respiraba un aire de congoja general. El rencor hacia el astro plebeyo se había silenciado durante las horas ecuménicas. En las inmediaciones de la sede de Gobierno se escuchó un desgarro coral. “No te lo puedo explicar”, dijo un joven, y su amigo lo compadeció. “¿Qué era para vos Maradona?”, le preguntó un cronista televisivo a una mujer. “¿Y para vos?”, le respondió, y el periodista no supo que decir.

“Nos dio tanta felicidad”

De repente se escuchó un estruendo bajar del cielo. Era el helicóptero de Alberto Fernández. El presidente se acercó a la gente y le pidió que mantengan distancia social a aquellos que, en plena pandemia de un país con 1,4 millones de infectados y casi 38.000 muertos por covid-19, habían llegado con flores, ofrendas, fotos y camisetas. Empleados estatales repartieron mascarillas. “Nos dio tanta felicidad”, acotó un señor. “Sí, hay que cumplir con él como lo hizo con nosotros”, terció otro. Y uno más: “el Diego es felicidad”. Lo dijo en presente. “Se murió el fútbol”, sentenció otro. “Recorrí mil kilómetros en auto para estar acá. Fue todo para mí”, confesó un señor mayor. A unos metros, un joven había dibujado con tiza sobre el asfalto al Diego niño que llegó más lejos que su sueño incandescente: jugar un Mundial. “Para mí, representa la lucha contra el poder”.

“El que no salta es un inglés”, bramó un adolescente. No estaba sobre una tribuna sino en la Avenida de Mayo, con un deseo incontenible de avanzar hacia el salón de los Pueblos Originarios donde estaba el cuerpo de su Dios. Cerca suyo, un joven se desplazaba arrodillado. “Todos robaron en este país. Pero Diego solo le robó una pelotita a los ingleses”. La cola se expandió por tres kilómetros. ¿Cuántos arrastraron sus penas? Se habló de más de un millón de personas. No todos llevaron sus mascarillas. Muchos temieron no poder entrar a la Casa de Gobierno y desbordaron el control de seguridad al punto de adueñarse por minutos de varios pasillos del histórico edificio. El episodio hizo encender las alarmas. La familia de Maradona entró en pánico.

En la Plaza de Mayo y el acceso al velatorio público tuvieron lugar escenas de empujones y golpizas. No faltaron barrabravas y provocadores. Se reportaron además choques con la policía. Se lanzaron gases lacrimógenos y balas de goma. Hubo arrestos y heridos.

Antes del desmadre, habían pasado por el velatorio los excompañeros de la selección campeona de 1986, capos de la hinchada de Boca Juniors y figuras como Javier Mascherano. Juan Román Riquelme, principal ídolo de Boca, enfrentado con Maradona desde el 2010, lo evocó sentidamente. «Verlo jugar fue increíblemente hermoso».

Aquel rolex para Monchu

Monchu y Maradona LNE

El luanquín Monchu coincidió con Maradona en el Sevilla 92-93, y además tuvo el privilegio de compartir habitación con él. “Fue una experiencia inolvidable. Cuando ves videos de aquella época te das cuenta de todo lo que hizo y de la gran dificultad que entrañaba. Recibía patadas a la altura de la rodilla, pero ni se inmutaba... Era un genio. Y como persona era todavía mejor”, defiende el que fue su compañero. El primer desplazamiento en el que compartieron habitación fue en Bilbao: “No hay compañero de vestuario que pueda decir algo malo de él. Se desvivía por los compañeros, era muy cariñoso y siempre se ofrecía para solucionar cualquier problema”. Monchu reconoce que era un jugador especial. “Los entrenamientos eran dobles. El club nos comunicó que por la mañana Maradona iría cuando pudiese y nosotros lo aceptamos encantados”, recuerda. El carácter de Maradona se resume en la anécdota de su despedida con Monchu. “Me regaló un rolex, que ahora tiene mi padre, y una cadena de oro, que es de mi madre. Así era Diego. Fue sólo un año el que tuve la suerte de compartir con él, pero valen por diez”, indica el exjugador del Sporting.

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