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El Avilés por fin se suelta

Los de Cañedo, superiores desde el principio a la Gimnástica, logran un triunfo balsámico que inaugura la casilla de victorias

La afición, ayer, en las gradas del Suárez Puerta. M. Villamuza

Lo decisivo, en fútbol, suele producirse en mayo, pero también puede haber un mayo tranquilizador en septiembre, como el que se encontró ayer el Real Avilés en el balsámico 3-0 ante los gimnásticos de Torrelavega. Además de la primera victoria liguera de la temporada, supuso zanjar el primer momento susceptible de la temporada.

El partido traía consigo sus urgencias –si es que la palabra se puede usar a estas alturas–, tanto para recobrar triunfos como sensaciones. Para afrontarlo, Cañedo optó por una disposición inicial de talante ofensivo. Aunque la primera ocasión nítida, en el minuto 5, era para el visitante Gándara (su testarazo en área pequeña se iba fuera), el fútbol directo del 4-3-3 realavilesino causó sofoco en la zaga cántabra, inquieta por los caracoleos de Isi Ros y el transitar de balones por su área, sobre todo en los dos que Alejandro Amigo neutralizó a lanzamientos de Jorge Fernández, en los minutos 16 y 35. El joven arquero visitante ya no pudo hacer lo mismo cuando, al filo del receso, un centro chut de Jorge Fernández lo desviaba Primo Conde, de espuela, a la red. La primera reacción del ariete, exgimnástico, fue la de juntar sus dos manos, a modo de perdón hacia los seguidores cántabros.

Con cierto espíritu de sereno conservar, el Avilés iniciaba la segunda parte. Tobar, bien sujeto por Jorge Morcillo en la generalidad, amenazó a Davo Armengol en el 57, pero la superioridad blanquiazul se acrecentó con el decaimiento físico de la Gimnástica y, más aún, con la expulsión de Castañeda. El ataque local volvía a reactivarse, no sin antes de que la testa de Dani Álvarez rozara el empate.

Luego sería el turno para la fulgurante conexión Juan López-Natalio. En los minutos 77 y 78, el valenciano recibía dos balones del poleso; el primero lo proyectaba ligeramente desviado, pero, tras la triangulación del segundo, anotaba el gol de la tranquilidad. El espectáculo lo coronó Isi Ros –érase un hombre a un balón pegado– con el tercer tanto, en el que también tuvo algo que ver la poca solidez del meta visitante.

Fue el feliz colofón que el realavilesinismo necesitaba después de la calenturienta semana que el politiqueo le ofreció por los pasillos consistoriales.

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