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Los recuerdos de Zapico, el histórico utillero asturiano del Eibar: "Llegué en 1969 y a los dos días ya trabajaba en una fábrica"

“Un utillero es como un padre que guarda muchos secretos"

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Las fotos de Zapico con el Eibar Eibar

Ángel Fernández Zapico (Langreo, 1951) es el asturiano más conocido en Éibar (Guipúzcoa). Allí lleva viviendo desde 1969. Y allí se ha convertido en una institución en el club de fútbol de la ciudad, el Eibar, que hace no mucho transitaba por Tercera División y ya lleva siete temporadas consecutivas en Primera. Es el equipo milagro. Zapico lo vio todo desde dentro: fue entrenador del juvenil, segundo técnico del primer equipo, delegado, directivo y utillero. Se jubiló el pasado 18 de febrero y el club le hizo un emotivo homenaje a pie de campo. Aunque Zapico no se ha ido del todo. Ayer mismo estaba trabajando porque su sustituto debe guardar cuarentena. “Si me llaman, voy”.

Los primeros recuerdos.

“Nací en 1951 en un pueblo de Langreo que ya ni existe. Se llamaba Otones. Mi padre trabajaba en la mina y mi madre era ama de casa y costurera. Los pueblos, de aquella, estaban llenos de gente. No era como ahora. El 90% de la gente vivía de la minería. Venían muchos de fuera y había un ambientazo. Los domingos eran como una fiesta cuando la gente salía de misa. Daba gusto jugar de crío”.

La mudanza.

“Nos fuimos a vivir a La Foyaca mis padres, mi hermana y yo, porque mi padre tenía que ir a Sama y nos pillaba muy lejos. De aquella salía muy temprano y volvía de noche a casa. Era muy cansado y por eso nos fuimos. Yo debía tener 14 años e iba al instituto con ganas. Siempre fui buen estudiante. Mi padre me decía que estudiase mucho. Mi padre era una persona muy seria, pero encantadora. Mi hermana y yo no podemos tener ninguna queja, al contrario. Pasamos una infancia muy feliz. Sin lujos, pero felices”.

Llegada a Eibar con 18 años.

“Mi hermana se echó novio y se casó. De aquella no se hacían grandes lunas de miel. Se fue con su marido a Eibar, a visitar unos tíos que tenía él. Allí había muchísimo trabajo porque tenían una industria tremenda. Había más fábricas de escopetas que coches por la calle. Mi hermana se quedó allí y un día llamó a mis padres. ‘Decidle a Ángel que venga para acá’. Y allí fui. Era buen estudiante, podría haber encontrado trabajo en Asturias, pero no me lo pensé. Llegué a Eibar un 24 de enero de 1969. Cogí el autobús en Oviedo, trayecto Gijón-Irún. Nada más entrar al pueblo había una fábrica enorme. Se respiraba industria. Llegué y lo vi todo oscuro y con muchas cuestas. Me entró algo de miedo y vi el campo de fútbol nada más llegar. Al día siguiente se jugaba un Eibar-Numancia de Tercera División. Fui a verlo solo”.

El primer trabajo.

“Dos días después de llegar a Eibar ya estaba trabajando. Es que esos tiempos no eran como los de ahora. Ahora son mejores, pero en trabajo... Me contrataron en una fábrica de escopetas. Yo tenía que hacer las culatas. Las limaba y las barnizaba. Hacíamos escopetas como churros y había varias fábricas que se dedicaban a lo mismo. ¡Igual en Eibar al año se hacían 200.000 escopetas! Era una locura. La mayoría se vendían en el extranjero. Me acuerdo que venían moros a la fábrica a negociar por las escopetas. ‘¿Cuántas tienes? Me llevo todas’. Y listo. Eran buenos tiempos y cobrábamos bien. Entre los obreros vascos llamaban a Eibar la ciudad del dólar. Un trabajo menor te permitía tener un colchón económico, no como ahora”.

Entrada en el Eibar.

“En la empresa donde estaba trabajaba un directivo del Eibar. Nos caímos bien y hablábamos mucho de fútbol. Me metió en el club para ser delegado del juvenil y yo fui encantado. Fue una forma de integrarme en el pueblo, porque yo de aquella casi no conocía a nadie y vivía con mi hermana y su marido en un piso muy pequeño. El club estaba muy bien organizado. Había un presidente, Goro, que ya hablaba de proyecto y de poner las luces al campo. Y las puso en 1972. Los jugadores eran todos de aquí. En Eibar habría 40.000 habitantes. Al poco después de ser delegado entré en la directiva del club. Estábamos en Tercera. Organizábamos campeonatos y llevaba mucho tiempo. Y no se cobraba nada. Del Eibar solo cobré en los últimos doce años de mi vida”.

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Las fotos de Zapico con el Eibar Eibar

Experiencia como entrenador.

“En 1975 saqué el carné de entrenador porque me animaron en el club. Pasaron un par de años y uno de los técnicos se marchó en pretemporada. Me nombraron de forma interina para dirigir al juvenil, pero luego me propusieron seguir y acepté. Estuve nueve años. Fui un entrenador duro y exigente. Me pusieron el apodo de Merkel, que fue un entrenador del Sevilla que tenía fama de estricto. Yo no era autoritario. Al salir del campo era uno más de la cuadrilla”.

Mientras, varios trabajos.

“Yo no vivía del Eibar, para mí era una afición. Trabajé en varias fábricas de escopetas y estaba bien. Me pude ir de casa de mi hermana. También estuve en otra fábrica de hacer trofeos y fui representante de aceros de un almacén. Hice de todo”.

Los años de ETA en el País Vasco.

“Fue duro. Me acuerdo de aquellas manifestaciones masivas. Yo era un crío. Salía de trabajar y me tenía que andar escondiendo de la Guardia Civil. Aunque en Eibar tampoco hubo gran cosa. Era un pueblo muy socialista”.

Una salida prematura y una vuelta gloriosa.

“Una temporada, por cosas de la vida, me quedé un poco al margen del club y lo dejé. Arrieta entró de entrenador años después y dijo que me quería de ayudante. Dicho y hecho. Llegué en el 84, estábamos en Tercera. Jugamos una promoción esa temporada y a la siguiente ascendimos a Segunda B contra el Badajoz. Aquello fue una bomba y en el pueblo nos recibieron como héroes. Ahí empezó una buenísima etapa. Yo seguía trabajando y los jugadores igual. Uno era carnicero, otro trabajaba en un banco...Todo así. Subimos a Segunda en la temporada 87-88 y estuvimos 18 años seguidos. Al cuarto dejé de ser delegado porque no podía cuadrarlo con los horarios del trabajo. Seguí en el club y todos esos años en Segunda estuve como directivo. Un día me apeteció volver a entrenar y estuve en un par de equipos de aquí al lado. Eso era sobre 2006”.

El paro.

“La crisis del 2008 me tocó de pleno. Nos hicieron un ERE y nos tocó a los que llevábamos menos en la empresa. Era mi caso. Tenía 58 años y me quedé en la calle. Se pasa mal, te comes la cabeza, pero no queda otra que tirar. Un día pasé al lado del campo del Eibar y me encontré con el secretario técnico, Fran Garagarza, que era amigo mío. Me dijo. ‘Zapi, ¿qué andas de relevo?’ Le dije que estaba en el paro. Al día siguiente me llamó un consejero del Eibar y me pidió que fuese a la asesoría del club. Me planté allí y el director general me dijo que había hablado con Garagarza y que había un puesto libre de utillero. Lo vi claro. Tenía que agarrarme a lo que fuera. La lección es que, en la vida, si dejas las puertas medio abiertas siempre tendrás la opción de volver a entrar. ¡Mi llegada salió en la prensa antes de que se enterase mi familia! La verdad es que en el pueblo me quieren bastante”.

La vuelta al club.

“Coincidió que habían bajado a Segunda B justo ese año. Yo ya empecé en esa categoría, en la temporada 2009-2010. Para mí el trabajo era pan comido porque conocía al dedillo el club, los vestuarios, los almacenes… El trabajo de utillero es sencillo. No es duro, pero sí de detalles y de relaciones humanas. Tienes que saber estar con los jugadores y ser una especie de padre para ellos. Ayudarlos en todo y que estén bien. Darle cariño al que no es titular, al lesionado... Muchas veces en un equipo no salen las cosas y las personas se derrumban. Un utillero es básico, tiene que estar ahí en esos momentos malos. A nivel profesional, la ropa y las botas son tu vida. No les puede faltar de nada a los jugadores y cuando llegan tiene que estar todo en su sitio. Lo mismo sucede en los viajes, donde un utillero tiene que controlar hasta el mínimo detalle. Y también guardar secretos. Requiere muchas horas”.

El viaje imparable del Eibar a Primera.

“El primer año ya jugamos una promoción. Subimos cuatro años después, en 2013. Eliminamos al Alcoyano, al Oviedo y al Hospitalet. Y al año siguiente, campeones de Segunda. Era increíble y no nos lo creíamos ni nosotros. No sé explicar el milagro del Eibar, creo que es un poco de todo. Aquí no hay presión, ni del público ni de la prensa. No es como en Oviedo o en Gijón. Se han hecho las cosas bien, de la modestia hicimos norma y nos fue bien, aunque también hubo momentos malos”.

Los peores momentos.

“Sin duda cuando bajamos de Primera División en 2015, aunque nos mantuvimos por el descenso administrativo del Elche. Ir al vestuario y ver a todos los jugadores llorando, por el suelo, es una cosa que no olvidaré nunca. El más entero era yo. Era nuestro primer año en la élite y bajar tan pronto... Tengo claro que si no pasa lo del Elche ahora estaríamos en Segunda B. Era básico quedarse en Primera División para seguir creciendo. De aquella, el Eibar no tenía ni campo de entrenamiento. Ahora estamos a ver si hacemos la ciudad deportiva famosa, que llevamos dos años esperando”.

El “fútbol moderno”.

“Todo ha cambiado muchísimo. Todavía recuerdo aquellos barrizales. Ahora todo está profesionalizado. Los utilleros de España tenemos hasta un grupo de whatsapp. Nos recomendamos productos de limpieza y trucos para la ropa”.

Las estrellas y la jubilación.

“Los jugadores son personas normales. Me acuerdo cuando Sergio Ramos vino por primera vez a Ipurúa. Me dijo: ‘Ya tenía ganas de venir’. Messi es un tipo muy sencillo, siempre saludaba y daba todas las camisetas. Ya le ves a primera vista que no es de hablar mucho, pero es majo. Con Parejo tengo una buena amistad. Siendo utillero haces unas amistades terribles y a mí me quieren mucho. Ni te imaginas la cantidad de jugadores que me escribieron por mi jubilación. El homenaje que me hicieron no lo voy a olvidar en la vida. Pero no me arrepiento de dejarlo. Siempre me dije que cuando llegase a los 70 años lo dejaría. Y así fue”.

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