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El Oviedo Baloncesto tiene el corazón en la cabeza: ¿Cómo han logrado llegar seis veces al play-off de ascenso a la ACB?

El Liberbank ha consolidado un proyecto que ha sabido aunar el sentido común con la pasión por el deporte

Aspecto del polideportivo de Pumarín durante la final de la Copa Princesa que ganó el Oviedo Baloncesto en el año 2017

Aspecto del polideportivo de Pumarín durante la final de la Copa Princesa que ganó el Oviedo Baloncesto en el año 2017 Miki López

La primera pregunta que habría que hacerse es en qué ha tenido éxito el Oviedo Baloncesto antes de pasar a analizar por qué ha conseguido lo que ha conseguido. La tentación es responder enseguida que el hecho de haberse clasificado para el play-off de ascenso a la ACB en seis ocasiones, la última esta misma temporada, cuando está en su octavo año en la segunda categoría del baloncesto español. Quizás, echando la vista atrás, se puede hablar de la Copa Princesa que se ganó en 2017 al San Pablo Burgos, club que acaba de ganar por segunda vez la Basketball Champions League y que está más que consolidado en la ACB. Pero sería un error poner el acento en algo tan efímero como el resultado de un partido o de una temporada. El éxito del OCB es lo que ha creado a su alrededor: los quinientos niños de la cantera de los que siempre habla su presidente, Fernando Villabella; una afición que, sin ser la más numerosa, ha experimentado un gran crecimiento en los últimos años y que, sobre todo, convierte la experiencia de jugar en el club azul en todo un lujo del que hablan casi todos los que han pasado por Oviedo. Nadie aprecia ni respeta más a sus deportistas que la hinchada que acude cada fin de semana a Pumarín. El éxito, en definitiva, es que, en 17 años de historia se ha creado algo que no depende de un ascenso ni de un descenso. El OCB permanecerá porque ya forma parte de la ciudad que le ha visto crecer.

Una buena dosis del menos común de los sentidos. Una de las claves del éxito es que para el Oviedo Baloncesto el sentido común no es el menos común de los sentidos o, al menos, hay una buena cantidad de él. Eso le ha permitido alejarse de cantos de sirena que le llamaban a afrontar cosas para las que no estaba preparado. El paradigma de esta racionalidad de la que ha hecho bandera el club a lo largo de su historia sucedió en la temporada 2008-09, cuando el OCB competía en la LEB Bronce. Al término de esa temporada, la Federación Española de Baloncesto (FEB) decidió eliminar esa categoría. El Oviedo, que había acabado en decimocuarta posición, recibió una invitación para jugar en LEB Plata. Renunció y bajó un escalón hasta la Liga EBA. Ni se había conseguido el ascenso deportivamente ni se tenía la estructura adecuada para afrontar el reto. El resultado fue que en la temporada 2009-10 se ascendió y en la 2010-11 se debutó en LEB Plata. Ese sí era el momento.

El lugar ideal para relanzar una carrera. El trato que reciben los jugadores del Oviedo Baloncesto en el club de Pumarín se puede explicar con un ejemplo. Ian O’Leary fue un ala-pívot estadounidense que llegó al OCB cuando debutaban en la LEB Plata. Lo hizo dándole una última oportunidad al baloncesto y a España. El año anterior, en su primera temporada tras salir de la Universidad, ya licenciado, fichó por Vigo, un club de LEB Oro que le ofreció un piso, un coche y un buen sueldo. Al poco tiempo no le estaban pagando ni el sueldo ni la luz ni la calefacción del piso. Del coche nunca se supo. Le convencieron para venir a Oviedo, donde el sueldo era más pequeño pero llegaba puntual cada mes. Además, se sintió respetado y querido. El resultado fue que ese año fue el mejor jugador de la LEB Plata y a partir de ahí dio comienzo una carrera larga y muy fructífera en la ACB. Ahí están también, entre otros muchos ejemplos, Ferrán Bassas o Miquel Salvó, dos jugadores que deslumbraron en Oviedo y que después han llegado a debutar con la selección española.

Muchos que apoyan un poco. El Oviedo Baloncesto ha sido el Domo, el Feve, el Unión Financiera y ahora el Liberbank. Esos han sido algunos de sus principales patrocinadores, los grandes, pero detrás ha habido una red de amigos que han hecho posible todo lo que ha sucedido en el club. Esos que han dado de comer a los jugadores durante tanto tiempo, los que le proporcionaron al club las furgonetas con las que se vieron obligados a viajar hace ya unos años, ese pequeño comercio que no solo ahorra unos euros al club sino que se convierte en una casa en la que jugadores muchas veces llegados de la otra punta del mundo sienten algo parecido al calor del hogar.

La buena estrella que guía el camino. En el deporte y en la vida siempre hay un momento en el que la pelota bota en el aro y puede ir para dentro o para fuera. Ese balón que no se decide puede ser una canasta decisiva o un error fatal. Las ha habido de los dos lados, pero es cierto que en muchos momentos clave de su historia el Oviedo ha tenido esa pizca de fortuna que ha permitido que las cosas vayan bien. Esa canasta cuando quedaba menos de un segundo ante el Clavijo que les dio la victoria y que aún es difícil de explica o, sin ir más lejos, la de Micah Speight ante el Alicante hace unas semanas que acabó dentro y les dejó prácticamente clasificados para el play-off de ascenso. Una buena estrella imprescindible ahora para alcanzar metas más ambiciosas.

Una bendición que se ha convertido en el mayor problema del OCB. Negar que el polideportivo de Pumarín, una cancha de barrio, con la pista muy cerca del público, ha sido uno de los secretos del éxito del club es negar la evidencia. La gente de Oviedo se ha ido enganchando a este club en los últimos años porque ha vivido momentos que no se podían haber dado en ningún otro lugar. A ello también ha contribuido la forma amable de ver el deporte que tienen en la entidad y que permitía, antes de la pandemia, que los finales de partido fueran una puesta en común entre aficionados y jugadores, que dialogaban y se hacían fotos juntos con naturalidad. Un ambiente en el que los más pequeños se iban a casa con los ojos como platos tras haber podido estar junto al héroe que metió la canasta de la victoria. Pero Pumarín ya no puede ser más la casa del OCB. Los retos deben ser más ambiciosos y ahora que el club ha logrado consolidar un grupo estable de aficionados está obligado a ir más allá, a ampliar su base y eso solo puede suceder en una cancha en condiciones. Sea donde sea, el OCB necesita probarse a sí mismo que puede seguir siendo un club de éxito en otro lugar, con más medios, más espacio y más responsabilidad. Ahora debe ser la ciudad y los que la dirigen los que estén a la altura de un éxito que va mucho más allá de que el balón entre o no en la canasta.

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