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“Touchdown” astur en Wisconsin: Barry Álvarez, leyenda del deporte universitario y nieto de emigrantes de Ranón, se jubila

El nieto de asturianos, de 76 años, dejó huella en los campos y en los despachos

Barry Álvarez es aupado por los jugadores de Wisconsin tras ganar la Outback Bowl de 2015. |

Barry Álvarez es aupado por los jugadores de Wisconsin tras ganar la Outback Bowl de 2015. | Wisconsin Athletics

Cuando era joven, desde la tienda de su tío John Vallina, Barry Lee Álvarez veía a diario a sus vecinos subirse temprano a los autobuses camino de las acerías situadas a ambos lados de la frontera entre Pensilvania y Virginia Occidental. También los observaba regresar exhaustos y sucios, arrastrándose hasta sus casas. “Esta no es vida para mí”, se dijo. Y no lo fue. Álvarez, descendiente de asturianos de Ranón, está hoy, a sus 76 años, a punto de jubilarse tras una prestigiosa carrera como entrenador de fútbol americano y director del departamento deportivo de la Universidad de Wisconsin. Una celebridad en el estado. Todo un “touchdown” (ensayo, en jerga de este deporte) con acento asturiano.

Barry Álvarez anuncia su retirada como director del departamento de Deportes de la Universidad de Wisconsin Wisconsin Athletics

No es casualidad que Barry Álvarez se haya dedicado al fútbol americano. Los partidos de los viernes entre los chicos de la zona eran prácticamente el único entretenimiento en Langeloth (Pensilvania), un pueblo-fábrica que nació para poner en marcha una mina de cinc. Allí se habían conocido sus padres, Anthony Álvarez y Alvera Vallina, hijos de la emigración asturiana a las explotaciones mineras de Estados Unidos.

Optó por el football para huir del duro trabajo en las acerías: “Esta no era vida para mí”

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“El fútbol americano se convirtió en una cultura, y en última instancia en un medio para muchos que utilizaron el deporte para huir del trabajo en las acerías”, explica Álvarez en su autobiografía “Don’t flinch” (No te arrugues). Cuando un día, al regresar de clase, descubrió que su padre le había encontrado trabajo en Weirton Steel (Virginia Occidental), el joven Barry llamó a los entrenadores de la universidad de Nebraska para suplicarles que le admitiesen en el campus de verano. Cogió un avión y ya no hubo vuelta atrás.

La familia volvió a Asturias, pero su padre regresó a Estados Unidos tras ser prisionero de Franco

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Álvarez jugó tres temporadas allí, pero se había convertido en un estudioso del juego y su destino estaba en la banda. Especializado como “linebacker”, el encargado de dirigir la defensa, pronto consiguió trabajo de entrenador asistente en el instituto de Lincoln, localidad en la que está radicada la universidad de Nebraska, y tras pasar por otros dos institutos dio el salto a la universidad de Iowa y posteriormente a la de Notre Dame, donde ascendió a coordinador defensivo.

Wisconsin Athletics El entrenador accede con su equipo al estadio y en la celebración de la Rose Bowl de 1999

En 1990 se trasladó a Madison, donde la universidad de Wisconsin, en franco declive, le dio su primera oportunidad como entrenador jefe. Nunca una apuesta tan arriesgada, en teoría, arrojó tantos réditos. Cuatro años después, los Badgers, sobrenombre de los equipos de la universidad, conquistaron la Rose Bowl, por entonces el trofeo más prestigioso que podían conseguir en football, ante 101.000 espectadores. Tras una brillante carrera como técnico, pasó a los despachos en 2004 para gestionar el departamento de Deportes de la Universidad de Wisconsin, donde maneja un presupuesto que ronda los 100 millones de dólares.

Una historia de éxito que nunca hubieran podido sospechar los abuelos paternos de Barry cuando se trasladaron a Estados Unidos desde Ranón, con la esperanza de hacer dinero y poder comprarse una propiedad en Asturias a su regreso. Era un mundo desconocido, aunque al menos el trabajo de minero era similar al que tenían en su tierra. Historias de sacrificio y desarraigo de añoranza, que tan bien se reflejan en el documental “AsturianUS” de Luis Argeo. “Lo único que sabía decir mi abuelo en inglés era ‘son of a bitch’ (hijo de puta), era su respuesta para todo”, recuerda divertido Barry Álvarez.

Wisconsin Athletics el estadio de la Rose Bowl de Pasadena (California), repleto con 101.000 espectadores para presenciar la Rose Bowl de 1994

El padre de Barry, Anthony, Tony, nació en Springfield, Illinois, pero cuando tenía diez años la familia logró su objetivo y regresó a España. Sin embargo, su destino estaba en América. Tras estallar la Guerra Civil y ponerse del lado de la legalidad republicana, Tony fue internado en un campo de prisioneros franquista. Le salvaron su nacionalidad y las gestiones que realizó su hermano ante el consulado de Estados Unidos. Fue liberado en Francia. Nunca volvió. “Mi padre nunca nos contó su experiencia ni a mi hermano ni a mí”, aclara Barry. Décadas después, el terreno familiar fue vendido para la construcción del aeropuerto de Asturias.

De vuelta en el Nuevo Continente, Tony Álvarez se quedó un tiempo con un tío en Nueva York hasta que se instaló definitivamente en Langeloth. Allí había nacido Alvera, con la que formó una familia de auténticos trabajadores. Él servía como jardinero en el Williams Country Club de Weirton y ella ejercía de camarera. Pasaban tanto tiempo fuera de casa que la crianza de Barry descansó en buena parte en su abuela materna, Elvira, que vivía con ellos. Pero la ética de trabajo de los progenitores quedó marcada, confiesa Álvarez: “Me enseñaron que hay que trabajar duro, respetar y hacer siempre lo correcto”.

Sebastian Langeloth montó una planta de cinc y a su vera creció el pueblo, una pequeña comunidad de 1.500 personas que acogió gentes de diversas procedencias, un crisol de mineros provenientes de España, Polonia, Eslovenia, Irlanda y Serbia, entre otros países. Cuenta Barry Álvarez en su autobiografía que después de la Segunda Guerra Mundial un griego llamado Gus Barbush compró “literalmente” el pueblo. “Era el propietario de cada casa y todo el mundo le pagaba una renta, incluyendo mi padre”, apunta Álvarez. Su hogar, una vivienda de cemento en Fourth Avenue con dos habitaciones. Los chicos, Barry y su hermano Tony, al que él mismo rebautizó como Woody, dormían en una de ellas con su abuela. Woody cuenta que durmió en una cuna hasta los dos años por falta de espacio.

Gran influencia en el joven Álvarez ejerció también su tío John Vallina, que le empleó los fines de semana y en horas sueltas tras los entrenamientos. Le espabiló de lo lindo. Aprendió a cortar carne y repartía verduras y otros productos a domicilio pese a que no tenía edad para tener el carné de conducir. También acompañaba a su tío cuando iba a cobrar recibos y comprobó lo tajante que hay que ser cuando la circunstancia obliga.

Pero, sobre todo, la tienda de su tío le dio perspectiva. Allí conoció a los obreros, que pasaban por el establecimiento para comprar algún complemento para su almuerzo. Observaba cómo llegaban de vuelta, partidos tras una jornada dura, y se bajaban del autobús derrengados. “Todos salvo uno, que iba con camisa y corbata, trabajaba como contable. Se bajaba corriendo del bus. Me impresionó, me mandó un mensaje potente: no quieres estar sentado en la parte de atrás de ese autobús”.

En cualquier caso, Álvarez siempre ha tenido presentes sus raíces, un amor que ha transmitido a su esposa, Cindy, y a sus tres hijos, Chad, Stacy y Dawn, con los que hizo un viaje para conocer la tierrina de sus antepasados.

Los chorizos de la “wella” Elvira

Barry Lee Álvarez todavía recuerda con emoción a su abuela materna, Elvira, con la que pasó la mayor parte de su infancia por el trabajo de sus padres. Su padre, Tony, se pasaba el día fuera, y la madre, Alvera, lo hacía desde las cuatro hasta la medianoche. “Fue una gran influencia, pasé más tiempo con ella que con nadie”, rememora el dirigente deportivo de la universidad de Wisconsin. En casa la llamaban “Wella”, la grafía inglesa para pronunciar el tan asturiano “güela”. La mujer apenas hablaba inglés, y de hecho el pequeño Larry aprendió al principio más palabras españolas que inglesas. Sin embargo, ahora mismo apenas se acuerda de un puñado de ellas. “Ojalá hubiera mantenido esa lengua, pero cuando eres joven e impresionable no quieres ser español, quieres ser americano”, escribe Álvarez en su autobiografía. Cada vez que su nieto se dirigía a ella en inglés o en “broken Spanish” (literalmente, “español roto”), la mujer se enfadaba. Pese a sus rudimentarios conocimientos en el idioma local, Elvira era una gran aficionada a la serie “Perry Mason”. Sus nietos, sin embargo, querían ver a la misma hora “American Bandstand”, y retrasaban todos los relojes de la casa para despistar a Wella. “No Perry Mason?”, preguntaba la mujer en “broken English”. “Not this week” (esta semana no), le respondían Barry y Woody. “No tardó en cazarnos, y lo pagamos”, se ríe el entrenador. Wella, que se ocupaba de alimentar a los patos que criaba la familia, también dejó su huella en la cocina y triunfaba con su chorizo, que muchas veces le birlaba su hijo John para venderlo en la tienda.

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