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Entrenarse para ser libre

El lanzador de peso Miguel Menéndez, tetrapléjico desde los 20 años, vive de forma independiente y sueña con llegar a los Juegos

Miguel Menéndez, lanzando en el gimnasio San Mateo, en Oviedo, junto a su entrenador, Lodario Román. | Luisma Murias

Miguel Menéndez, lanzando en el gimnasio San Mateo, en Oviedo, junto a su entrenador, Lodario Román. | Luisma Murias

Miguel Menéndez González derriba todos los prejuicios nada más cruzar un par de palabras con él. Es tetrapléjico, sí, pero es capaz de hacerlo todo por sus propios medios: vive solo en Oviedo, conduce su coche, se va los fines de semana a Cangas del Narcea, de donde es oriundo, y, sobre todo, es una persona de una enorme vitalidad.

El deporte ha sido fundamental para que todo eso sea posible. Gracias a sus entrenamientos de halterofilia puede levantarse con facilidad de la silla de ruedas y sentarse en el potro donde práctica el lanzamiento de peso, una disciplina con la que lleva un par de años y que le permite soñar con cosas bonitas, como clasificarse para campeonato de Europa o, incluso, quién sabe, participar alguna vez en unos Juegos Paralímpicos. “El objetivo más cercano y viable es un Europeo, pero los Juegos son la meta de todo deportista y claro que me permito soñar con ello”, dice Menéndez desde el gimnasio del Club San Mateo, en el Palacio de los Deportes de Oviedo, junto a Lodario Ramón, su entrenador y una persona fundamental en su vida: “Si me hizo levantar 105 kilos con las pesas lo veo capacitado para muscularme para cualquier cosa”.

Menéndez, que tiene 40 años, se quedó tetrapléjico a los 20 tras un accidente de coche que sufrió un día de Nochebuena en Cangas del Narcea. “En ningún momento perdí el conocimiento, tan solo me di cuenta de que no podía mover nada del cuerpo, tenía las manos cerradas y no podía abrirlas”, describe con frialdad. Le trasladaron a Oviedo, le hicieron un montón de pruebas y después de eso le dijo al médico: “Quiero saber lo que tengo el primero, antes que mi familia”. Le contaron que tenía rota la vértebra c7, que se había quedado tetrapléjico, y el médico fue contundente: “Te vas a quedar en la cama para siempre”.

El golpe, asegura, fue más pensando en su familia que en él. De hecho, lo que le preocupaba realmente era la reacción de su gente más cercana porque él nunca se creyó demasiado lo que le acababa de decir el médico. “Es una forma de lavarse las manos”, explica sobre el diagnóstico. A partir de entonces lo tuvo claro: “Hay que tirar para delante; tenía dos opciones: lo que hizo Ramón Sampedro (tetrapléjico en el que se basó la película ‘Mar adentro’ y que pidió ayudar para quitarse la vida) o lo que hice yo; sabes que la silla ya no te la vas a quitar de debajo nunca y yo lo acepté desde el primer día”.

Levantado  pesas.

Levantado pesas.

Antes del accidente, Miguel trabajaba en la construcción y le dieron una pensión del 150%. La vida, económicamente, estaba resuelta pero había una pregunta que responder: “¿Qué hago yo con mi vida?”. En el hospital tuvo dos tipos de rehabilitación: por un lado, la física, y por el otro, la que estaba enfocada a enseñarle a hacer las cosas más básicas, como pasar de la silla a la cama o a vestirse. “Me dijeron que, seguramente, no iba a poder coger los cubiertos ni atarme los cordones o ponerme un botón, a mí y a mi familia”, explica.

Él no podía soportar que tuvieran que estar pendiente de él: “Que me tuvieran que limpiar y darme de comer me reventaba”, reconoce. Poco a poco fue haciendo esas cosas en un proceso que duró ocho meses en el hospital, yendo en los últimos meses a casa pasar los fines de semana a casa. Ahí se fue dando cuenta de que en Cangas del Narcea iba a ser difícil vivir: “Hay muchas cuestas, muchas escaleras, allí no tenía posibilidad de hacer gran cosa”. De hecho, su hermana y su cuñado le hicieron una habitación en la planta baja de su casa para darle independencia: “Esa habitación me cambió la vida”, explica.

Un tiempo después, Miguel ya conducía un coche adaptado y se había comprado un piso en La Corredoria, donde vive solo actualmente. Lleva 17 años en Oviedo y la respuesta a la pregunta de qué hacer con su vida la respondió rápido: “Nacho Robles, un gijonés que conocí en la rehabilitación, me habló del gimnasio de Lodario, cuando llegué no podía levantar la barra de las pesas, que son 20 kilos, y un compañero me dijo que llegaría a calentar levantado 60 kilos, me pareció imposible y ahora caliento con 60 kilos”, explica.

Durante trece años se dedicó a la halterofilia, pero en el gimnasio coincidió con David Fernández, campeón de España de lanzamiento de peso adaptado y buen amigo. Le animó a probar con el atletismo y en ello está. Se le ve contento porque le han pasado de la categoría F52, donde compiten los lesionados más graves, pero donde no hay pruebas de peso, a F53, un poco más dura, pero que le permite competir internacionalmente. “Los médicos que determinan eso tenía dudas y yo les incité un poco”, dice. En su primera competición lanzó 6.07 metros un peso de tres kilos, para un Europeo piden 6,50 y para estar entre los mejores del mundo ha de acercarse a los 8 metros. El camino es muy largo, pero tratándose de alguien al que condenaron a estar en la cama de por vida y que, en cambio, los fines de semana se va al monte conduciendo su propio quad, las opciones aumentan bastante. Él lo tiene claro: “Tengo posibilidades”.

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