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Diario de una lesión en el fútbol modesto: "Estuve a punto de dejarlo"

Cristian García, delantero del Caudal, volvió a jugar ocho meses después tras superar una rotura de tibia y peroné, con LA NUEVA ESPAÑA como testigo de su larga recuperación, y logró marcar en su reestreno un gol que nunca olvidará

CRISTIAN GARCIA, JUGADOR DEL CAUDAL DEPORTIVO CON SU MUJER EVA RUIZ Y SUS HIJOS THIAGO Y NYAN

“Todavía no sé si iré convocado, pero jugar no creo que juegue. Casi imposible, pero a saber”. Cristian García (Oviedo, 1992) todavía no lo veía claro. Normal. Había sido casi un año sin jugar al fútbol por una rotura de tibia y peroné. Pero el delantero del Caudal de Mieres jugó. Y marcó. “Mejor regalo de Reyes, imposible”, dice horas después de regresar a un campo de fútbol y lograr el gol del empate ante el Navarro (1-1). Eso fue el pasado miércoles. Atrás quedan ocho meses de sufrimiento. Operación, ingreso posterior, rehabilitación… Y una maldita herida que no acababa de curar. “Estoy pensando en dejarlo”, mascullaba el ovetense en julio. También lo pensaba en agosto, en septiembre y en octubre. En noviembre vio por fin la luz y en enero volvió a meter goles. 234 días de espera.

Lo sabe bien Eva Ruiz, su mujer, y sus dos hijos, Thiago (2017) y Nyan (2020), los principales apoyos de un tipo familiar y simpático que compatibiliza el fútbol con un módulo para ser profesor de Educación Física. Vive en el barrio ovetense de La Corredoria y ayer no tenía tiempo para festejar su vuelta porque tocaba ronda familiar de regalos de Reyes. LA NUEVA ESPAÑA ha sido testigo directo del largo proceso de recuperación de Cristian y ha seguido su evolución desde mayo. Todo empezó por un golpe. Era el 16 de mayo en un Avilés-Navarro. “Recuerdo todo. Lo tengo en la mente. La pelota quedó muerta, Prendes (defensa del Avilés) llegó. Hubo un golpe y recuerdo que sonó un ‘clac’. Me intenté levantar, pero me dio el bajón. La gente estaba llorando y mi padre y mi familia estaban en el campo. Sentí como me abrían la boca por si me trataba la lengua, aunque no perdí el conocimiento del todo”.

Mayo, el mes del quirófano. Un mes de llanto y soledad. El 16 se produjo la rotura. El 18, Cristian se operó en una clínica. Estuvo cinco días ingresado. Él lo pasó mal. Su familia, casi peor. Las visitas estaban restringidas por el protocolo covid. Cristian estaba solo y dolorido. Tenía el ánimo por los suelos. No estaba para hablar con nadie. “Mi madre me llama y le cuelgo porque me pongo a llorar, solo hablo con Eva”. Sus hijos no entendían nada. Thiago, el mayor, de 4 años, no paraba de llorar. Le preguntaba a su madre si su padre iba a volver a caminar. Eva intentaba no llorar en casa para no preocupar a sus hijos. “Me lo intentaba tragar todo”. El médico que operó a Cristian, Vicente Fernández Moral, habla con Eva. Le dice que la operación ha ido bien, pero que le preocupaba un poco la herida. No se equivocó.

Junio, no hay avances y crece la preocupación. Cristian ya está en casa. Se recupera junto a su familia, aunque casi no puede moverse. Su hábitat es el sofá de un coqueto piso decorado con buen gusto por Eva. Intenta estudiar a distancia. Le queda una asignatura del módulo de Educación Física que cursa en Avilés. Lleva ya unos días apoyando la pierna, pero le duele mucho. Ve la televisión y piensa en que quizá el fútbol se acabe para él antes de tiempo. “Mi mayor miedo es perderme todo el año, pero estoy mentalizado en que esto va para largo. Soy terco”. Cristian acude cada quince días a la cita con los médicos. No ve avances, pero los doctores le dicen que todo va bien y que en breves podría empezar la rehabilitación. “Esto es horrible, de verdad”, se lamenta.

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La recuperación de Cristian, en imágenes

Julio, otro ingreso. El 4 de julio fue un día muy malo para la familia García Ruiz. Cristian se encuentra mal, le duele mucho la herida y tiene fiebre. No es buen momento para ir al hospital debido al covid, pero no aguanta más. Acude a Urgencias del HUCA. Le hacen un reconocimiento rápido y le mandan para casa. Es sobre mediodía. Entrada la tarde, vuelve al hospital. Le limpian la herida. “Me salió sangre por todos los lados”. Tenía una infección. Cristian vuelve al inicio y regresa a la clínica donde se operó. Estuvo ingresado siete días, pero al menos localizan el virus que ha provocado la infección. Brotes verdes. Y algún otro susto. Como cuando un día, duchándose, Cristian vio asomar un punto de sutura en su pierna izquierda. Lo sacó el mismo. El ovetense dice adiós a la clínica y ya está inmerso en el proceso de rehabilitación de la mano del fisioterapeuta Diego Suárez, con experiencia en el fútbol profesional. Mientras tanto, el delantero también acude a sesiones de magnetoterapia en la Mutualidad de futbolistas, que está situada en el estadio Carlos Tartiere.

Agosto, desconexión en Madrid. Cristian sigue con la rehabilitación. El ánimo va algo mejor. Pero sigue sin ver el final. Con media España en la playa, la familia asturiana se permite unos días de relax en la capital. Van al parque temático de Warner. Thiago y Nyan disfrutan y Cristian se evade con los suyos. Por unos días se olvida de su pierna izquierda. “Estuve muy desconectado y seguía con los ejercicios de rehabilitación por mi cuenta, hablando con Diego (su fisio)”. Eva da un detalle de lo bien que le vino a Cristian ese viaje. “El clima de Madrid fue positivo. Sentía poco dolor”.

Septiembre, un mes muerto, aunque empieza a trotar. El verano llega a su fin. La lesión de Cristian, no. “Estoy bastante agobiado. La pierna va bien, pero no lo veo claro”. Cristian empieza a trotar a un ritmo muy bajo, pero no se ve para ello. El médico que le trató le dice: “Hay callo, pero todavía está débil”. Queda tiempo, aunque al menos ya no hay un dolor tan fuerte. “Yo ya no sentía nada”. Cristian sigue trotando, probándose poco a poco. No se ve bien y sigue pensando lo mismo: “Quizá lo tenga que dejar, porque creo que no volveré a ser el mismo”. El verano dice adiós. Cuando más cansado estaba Cristian, aparece una luz.

Octubre, la AFE marca el camino. David Miguélez es el delegado en Asturias de la Asociación de Futbolistas Españoles (AFE) y un día a principios de octubre fue al vestuario del Caudal para informar a los jugadores del club de Mieres sobre varias opciones que plantea el sindicato. La AFE organizaba por aquel entonces en Madrid unas sesiones especiales para jugadores que atraviesan una lesión. Es el caso de Cristian, que está desesperado. “No veo soluciones, ¿qué más puedo hacer”? Miguélez le dijo que rellenase unos papeles. La AFE le pagaba el tratamiento, el coste de la gasolina por desplazarse a Madrid y también los peajes. Estuvo en Getafe del 17 al 22 de octubre, la semana de los Premios Princesa de Asturias. Mientras en Oviedo retumbaban las gaitas, Cristian pasaba la mañana en una clínica y por la tarde hacía ejercicios de recuperación. Le vino muy bien la cámara hiperbárica. Esos días fueron un antes y un después. Regresó a Asturias, su médico le examinó y notó el avance: “Esto (la herida) está consolidado, puedes probar a meterte caña”.

Noviembre, el mes definitivo. A Cristian le mejora la cara. Ya sonríe mucho más. Empieza a correr de verdad. Acude al Hermanos Antuña de muy buen humor. Hace gimnasio y ya corre mucho más rápido. Mientras tanto, al Caudal llega un nuevo entrenador. Luis Rueda sustituye a Nacho Cabo. Cristian dice que se nota diferente, que ahora sí ve claro que de esta sale. Nota estabilidad en la pierna. Toca balón, aunque los técnicos le tienen que frenar. Su médico le pone un mensaje el 30 de noviembre: “Puedes cargar ya lo que quieras: empieza a forzar”.

Diciembre, la puesta a punto. Cristian ya se ve fenomenal. Rueda no le deja participar por precaución en todos los ejercicios de los entrenamientos. No disputa los partidillos a dimensiones reducidas para evitar un mal choque. Todavía no visualiza la vuelta. Cree que, como pronto, volverá a jugar a finales de enero. Estaba equivocado, aunque todavía no lo sabe. El 29 de diciembre recibe el alta médica.

Enero, vuelta con gol. Cristian piensa que no va a jugar, pero al menos va convocado para jugar ante el Navarro. Calienta y se sienta en el banquillo. El partido se complica y Luis Rueda le llama: va a volver a jugar un partido. “Volver a sentir que estaba compitiendo fue tremendo. El gol, en realidad, fue incluso lo de menos...”. Pero lo celebró por todo lo alto. Juanín le dio un buen pase y Cristian puso el empate en el descuento. Su familia estaba en el campo. Al salir, aluvión de mensajes y llamadas. Hubo un audio muy especial: el que él mismo envió a Diego Suárez, su fisio. Suárez, en la cabalgata de Reyes, ni se había enterado del gol de Cristian. “Es una alegría tremenda, se lo merece”. El diario no para aquí. Sigue. Lo dice el propio Cristian firmando la última página hasta el momento del que ha sido su cuaderno de a bordo. “Me queda gasolina para rato, pero estuve a punto de dejarlo. Si me pasa otra vez, lo dejo. Seguro. Pero ahora, sigo”.

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