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Radiografía del Estudiantes, un club de leyenda que se presenta en crisis en Oviedo

La cantera del club.

Hubo un tiempo en que el Estudiantes lo tuvo casi todo. Una cantera envidiable, un equipo competitivo y ajustado a una identidad y una afición inmensa y fiel. Hasta un pedazo del corazón de la mayoría de los aficionados al baloncesto en España, los que soñaban con abrir su propio camino y liberarse del yugo de los clubes de fútbol, los que admiraban a los pequeños rebeldes que desafiaban a Goliat armados con una simple honda. Hoy, víctima de una sociedad que ha perdido el romanticismo, tras años de desvaríos en los despachos y apreturas económicas, el club madrileño pena en la LEB Oro tras el primer descenso consumado de su historia. El domingo, en su viacrucis hacia la redención, el Estu hace escala en Asturias, en el pequeño polideportivo de Pumarín, donde será el Oviedo Baloncesto el que desempeñe el papel de David.

Que el Estudiantes es historia pura del baloncesto español es innegable. Fundado en 1948 por un grupo de alumnos del instituto Ramiro de Maeztu aleccionados por el profesor de latín Antonio Magariños, la imposibilidad de inscribirse con el nombre del centro educativo les llevó a denominarlo como lo que eran, estudiantes. La pasión que despertó este deporte en el instituto fue desbordante. Todavía hoy en día es habitual ver en los recreos a la chavalería tirando a canasta, como un enjambre. Un hito en la era de la sobreexposición futbolística.

Los jugadores de Estudiantes celebran la Copa del Rey de 2000

Convertido pronto en un referente del baloncesto de formación y amateur, la entidad de la calle Serrano completó con cierto éxito su transición hacia el profesionalismo. Formó parte del grupo fundador de la Asociación Española de Clubes (ACB) y enganchó a miles de aficionados a sus partidos, lo que le permitió tener los patrocinadores necesarios para sostener una plantilla alimentada en buena parte con el talento formado en la casa y apuntalada con extranjeros carismáticos.

Para el recuerdo, nombres inolvidables de entrenadores, como Antonio Díaz-Miguel, seleccionador en la plata de Los Angeles 84; Pepu Hernández, que lo fue en el oro mundial de Tokio 2006, y el maestro Aito García Reneses. Y de jugadores: Gonzalo Sagi-Vela, Fernando Martín, Vicente Gil, David Russell, John Pinone, Alberto Herreros, los hermanos Alfonso y Felipe Reyes, Ricky Winslow, Carlos Jiménez, el Chacho Rodríguez, Juancho Hernangómez... y por encima de todos en el panteón estudiantil, Nacho Azofra. Él representó como nadie el espíritu del Estudiantes con su juego insolente y de apariencia despreocupada. Y, además, nunca fichó por el archienemigo blanco.

Porque, efectivamente, la trayectoria del Estu entre los 80 y la primera década de este siglo transcurrió por un estrecho y enzarzado sendero, amenazado siempre por las voraces fauces del Real Madrid. Talento que salía del Magariños (nombre del polideportivo anexo al Ramiro de Maeztu, bautizado en honor al fundador), talento al que la casa blanca extendía un cheque. Así se moldeó el carácter de la afición estudiantil, liderada por el entusiasmo y la desfachatez de su sección juvenil, la Demencia, y orgullosa de enfrentarse al abusón del colegio, aunque este siempre acabara partiéndole la cara. El antimadridismo le ha acercado inevitablemente al Atlético, parte de cuya base social comparte. Como inevitable es la simpatía mutua entre Estu y Joventut, dos canteras ilustres que lanzan piedras con hondas a los gigantes futbolísticos.

Stoilov y Arroyo, canteranos del club, se consuela tras el descenso a LEB Oro.

Y, pese a todo, el Estu se las apañó para conseguir resultados reseñables. Se proclamó campeón de Copa en 1963, 1992 y 2000; además de rozar el título de Liga en cuatro ocasiones (1962-63, 1966-67, 1980-81, 2003-04) y el de Copa en otras tantas (1961-62, 1972-73, 1974-75 y 1990-91). Presume también de sus 23 participaciones en Europa, de un subcampeonato de la Copa Korac en la 98-99 y, sobre todo, de su presencia en la Final Four de la Euroliga en el año 1992.

Hay otro rasgo distintivo del Club Estudiantes que nunca se reseña lo suficiente. Cuando ahora todo el mundo se lanza al deporte femenino, algunos por convencimiento y otros por postureo o ganas de ingresar alguna subvención, el club madrileño lleva ya lustros apostando por sus equipos de mujeres.

El carácter sufridor del seguidor de Estudiantes ha sido puesto a prueba una y mil veces, pero nunca con tanta insistencia como en la última década. El club se ha instalado en una endémica crisis económica, institucional y deportiva que ha engullido jugadores, entrenadores y directivos deportivos y que ha desembocado en tres descensos, aunque solamente el último se ha consumado, por las leoninas condiciones que imponía antes la ACB a los clubes aspirantes a ingresar en la élite desde la LEB Oro. Eso sin contar la temporada abortada por el coronavirus, que pilló al equipo madrileño colista. No hubo daños deportivos. Tampoco para el Oviedo Baloncesto, que ocupaba posición de descenso a Plata aquel marzo de 2019.

Mientras el club sobrevivía a duras penas en los partidos de los despachos (recurrió voluntariamente al concurso de acreedores en 2010 para reducir y reestructurar una deuda de 11 millones de euros, algo solamente resuelto en parte), el balance en la cancha era desolador. Un equipo acostumbrado a dar guerra en los play-offs se deslizó a los puestos de cola, dando tumbos constantes en las planificaciones y fiando la salvación a algún fichaje estelar de última hora. Eso intentó la temporada pasada con la incorporación del base ex campeón de la NBA J. J. Barea, cuando las necesidades eran otras. El puertorriqueño se fugó antes de terminar la Liga y el Estu cayó de bruces a la LEB Oro pese a que le hubiera bastado con ganar uno de sus últimos nueve partidos. Si la perseverancia siempre fue santo y seña del club, también la exhibió para perseguir el descenso.

David Russell.

David Russell.

Después de ser indultados tras el primer descenso, uno de sus aficionados, Guillermo Ortiz, escribió un libro sobre la historia de la entidad con un título elocuente: “Ganar es de horteras”. La gente del Estudiantes nunca abandona. Con 8.260 abonados y la continuidad de su patrocinador, Movistar, se presenta como el indiscutible favorito para obtener la plaza de ascenso directo. Lo que resulta raro es ver a David convertido en Goliat por las canchas de la LEB, como la de Pumarín.

Los buenos aficionados al baloncesto saben recitar de memoria al menos una docena de jugadores que han marcado época y que hunden sus raíces en el Estudiantes. Los canteranos del Ramiro de Maeztu siempre han sido pilares de la selección, desde Fernando Martín hasta Chacho Rodríguez, pasando por Alberto Herreros, los hermanos Reyes y Carlos Jiménez, hasta los más recientes, Juancho Hernangómez y Darío Brizuela. Uno de ellos, Javier Beirán, ha regresado esta temporada para intentar devolver al club a la élite. Pero sus extranjeros también han dejado huella, como los eléctricos David Russell y Ricky Winslow o el carismático John Pinone.

Asturias, amable con el Estu, por Jorge Junquera

La visita del Estudiantes al pabellón de Pumarín el domingo para medirse al Unicaja Oviedo Baloncesto será la quinta a una cancha asturiana. Las cuatro anteriores las hizo al Palacio de los Deportes de Gijón para enfrentarse al Gijón Baloncesto. Lo cierto es que al equipo madrileño no le fue mal en estas visitas: tres victorias por una derrota.

Su primer partido en La Guía fue en la temporada 1995-96, la primera del Gijón Baloncesto en la ACB, y fue en la que ganó con mayor claridad, 79-108. En la 1999-2000, segunda de los gijoneses en la élite nacional, el Estudiantes acabó siendo derrotado, 72-69. Las dos visitas siguientes se saldaron con ajustada victoria foránea: 84-87 y 87-88.

La victoria del entonces Cabitel Gijón Baloncesto la protagonizaron Moncho López como entrenador y una plantilla con Javi Pérez, Tomás Jofresa, Álex Escudero, Óscar Yebra, José Ramón Esmorís, Óscar Cobelo, Glen Whisby, Pancho Jasen y Luis Scola, y por la que también pasaron Terquin Mott, Jackie Espinosa y Miroslav Pecarski. Aquel Estudiantes era un equipo de campanillas. El entrenador era Pepu Hernández, que tenía a sus órdenes a Nacho Azofra, Juan Aisa, Carlos Jiménez, Shaun Vandiver, Alfonso Reyes, Felipe Reyes, Andy Toolson, Chandler Thompson, Gonzalo Martínez, Pedro Robles, Asier García y César Arranz.

Azofra, ante un joven Ricky Rubio.

Azofra, ante un joven Ricky Rubio.

Esa temporada el Estudiantes acabó en tercera posición. El Gijón Baloncesto fue décimo sexto y se mantuvo en la élite, eso sí, con muchos apuros: decidió un mejor basket-average sobre el TDK Manresa.

Entre el Gijón Baloncesto y el Estudiantes se ha producido un importante trasiego de jugadores en una y otra dirección. Así, a Gijón llegaron procedentes del equipo colegial jugadores como Charly “el Sapo” López Rodríguez, un excelso triplista; Álex Escudero o Pedro Robles. El camino contrario lo hicieron dos jugadores. El primero un espectacular pero anárquico pívot estadounidense llamado Glen Whisby, que jugó en Gijón la temporada 1995-96 y la siguiente en el equipo madrileño. Curiosamente, Whisby, que falleció en 2017 a los 45 años de un ataque al corazón, tuvo una segunda etapa en Gijón en la 1999-2000.

Sergio Rodríguez, en un partido contra el Breogán.

Sergio Rodríguez, en un partido contra el Breogán.

El segundo fue el alero argentino Hernán “Pancho” Jasen, actualmente manager general del club de la capital, quien tras dos temporadas en el Gijón Baloncesto, 1999-2000 y 2000-01, militó en las filas estudiantiles desde 2001 hasta 2011. Se convirtió en uno de los jugadores más queridos por su peculiar afición, la Demencia.

Un grupo que siempre acudía a La Guía, donde protagonizó algún cántico para el recuerdo. Por ejemplo, aquella vez que el locutor presentó a Óscar Yebra como Óscar Yerba. No había pasado ni un minuto cuando desde la esquina de los dementes se escuchó: “¡Óscar Yerba, te vamos a fumar!”.

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