La asturiana de 100 años que fue campeona de España cuando el balonmano casi ni existía: "Se llamaba handball o algo así"
La lavianesa Adela Álvarez y su hermana Luisa, ya fallecida, escribieron la historia de un deporte que empezó en Asturias con falda-pantalón

María Rendueles / Amor Domínguez

Encontrarse con la historia de una mujer que, junto a su equipo, fue pionera del balonmano en Asturias, no solo femenino, no es lo habitual en un tiempo en el que el deporte, y más hace casi un siglo, era territorio reservado a los hombres. Adela Álvarez, que acaba de cumplir cien años, y su hermana Luisa, ya fallecida, estrenaron un nuevo libro en la historia: fueron campeonas de España en 1943, en un deporte que entonces “se llamaba handball o algo así”, recuerda Adela, con la misma lucidez con la que jugaba de extremo en aquellos partidos. Lo hicieron en un equipo singular –“éramos las blancas y las azules”– que fue el primero que existió en Asturias, por encima de géneros, cuando aún no había conjuntos masculinos y el balonmano era poco más que una novedad importada del extranjero.
Un deporte nuevo en una Asturias en posguerra
Aquellas pioneras corrían con falda-pantalón en campos de fútbol y aprendieron a jugar en el jardín después de salir de misa. En una España recién salida de la guerra civil, dos hermanas de Laviana se convirtieron, sin saberlo, en la avanzadilla de un deporte que todavía ni tenía nombre fijo.

1.-Adela Álvarez, en su casa, con recortes de su época como jugadora del primer equipo de balonmano de Asturias. 2.-El equipo asturiano de balonmano de 1944. 3.-Adela, junto a jugadoras de la selección asturiana de balonmano en su homenaje, ayer, en el polideportivo de Pola de Laviana.
La Federación Asturiana le rindió ayer un homenaje en su casa, en Pola de Laviana. Una escena cargada de simbolismo: la última superviviente de aquel primer equipo estrechando la mano de quienes heredaron un camino que ella abrió antes de que existiera algo parecido al balonmano moderno.
La historia arranca en los años cuarenta. Aprendieron a jugar con Purina Zapico, una asturiana que había vivido en Alemania —donde emigraron sus padres— y que regresó tras la guerra con una idea nueva: enseñarles aquel deporte extraño que había visto allí. “Íbamos a misa temprano y luego nos quedábamos jugando en el jardín”, recuerda Adela.
La pista tampoco tenía nada que ver con la actual. “Jugábamos en los campos de fútbol. Había que correr más, las distancias eran más largas”. El reglamento era flexible, moldeado a partir de lo que Purina recordaba de Alemania. Con esa mezcla de intuición y entusiasmo, en 1943 y 1944 hicieron historia: campeonas de España primero como selección asturiana femenina y después como equipo del SEU de la Universidad de Oviedo, pese a que ninguna estudiaba allí.

Foto del equipo de Adela en 1943 / Juan Plaza
La capitana era la hermana mayor, Luisa, “la que metía los goles”. A Adela le gusta recordar el pacto tácito entre ambas. “Ella decía que era la que los metía, y yo le recordaba que gracias a mí, porque yo se las pasaba todas”, ríe. “Yo era regular, decía ella. Pero si no le doy el balón, no mete ninguno”.
Su juventud deportiva transcurrió en plena posguerra. “Teníamos que cantar el himno y alzar la mano antes de cada partido. Lo hacíamos con inocencia. Nos gustaba que volviera a haber comida. No nos dimos cuenta de que era una dictadura hasta más adelante”, reflexiona.
Adela llegó a estudiar unos meses de Educación Física en el País Vasco, con la ilusión de ser profesora, pero renunció para ayudar en casa cuando una de sus hermanas dio a luz. Fue ama de casa en una época de moldes rígidos, aunque ella siempre se sintió “muy moderna”, como dice entre risas.

Adela Álvarez / Juan Plaza
Tuvo una hija que falleció joven por leucemia, pero nunca estuvo sola: “Crié a todos mis sobrinos. Éramos diez hermanos”. En su cien cumpleaños, su familia le organizó una fiesta sorpresa con más de sesenta personas. “Todos se lo tenían muy callado”, cuenta. Hoy se siente matriarca de una familia enorme.
Los años han ido apagando las voces de su generación. “Vi morir a todas mis compañeras. Ahora solo quedo yo”. Aun así, sigue el mundo con atención: ve el telediario cada día —“pero no me gusta el mundo que os va a quedar”— y anima a España en todos los deportes. “Creo que se debería hablar de muchos más y no de tanto fútbol”. Si pudiera volver atrás, lo tiene claro: “Volvería a jugar al balonmano. Lo mío era eso”.
Su vida resume la de una Asturias donde el deporte femenino nacía entre faldas-pantalón, campos de tierra y reglas prestadas; donde una joven medio española y medio alemana enseñaba a botar una pelota en una región que salía de la miseria; donde la voluntad sustituía a la estructura. Y la de dos hermanas que, sin proponérselo, escribieron las primeras líneas del balonmano en Asturias.
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