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Entre el brillo fugaz y la impotencia final

Sobre el empate sin goles en el Carlos Tartiere

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Pelayo Botas García-barrero

El Carlos Tartiere volvió a vestirse de azul el pasado viernes. Más de 23.000 oviedistas empujaron desde la previa, conscientes de que este equipo necesita calor en un momento delicado. Había ganas de reconciliarse con el juego y con los resultados, y durante un cuarto de hora pareció que la noche podía ser grande. El Real Oviedo entró al partido con una energía que hacía tiempo no se veía: presión alta, ritmo por fuera, movilidad entre líneas y una sensación de dominio que contagiaba a la grada. Quince minutos que recordaron al Oviedo más reconocible, ese que combina intensidad con intención.

Pero todo se quedó ahí. Tras ese arranque prometedor, el equipo se fue diluyendo hasta caer en una posesión estéril, horizontal, lenta y aparentemente cómoda para el Mallorca. El balón fue azul, sí, pero las ocasiones más claras fueron bermellonas. Cada transición visitante generaba dudas, mientras al Oviedo le costaba una vida progresar. Y cuando el rival llegaba, emergía el de siempre: Aarón, otra vez sostén, otra vez muro, otra vez argumento para seguir creyendo. El portero está firmando una temporada que roza lo extraordinario y sin sus intervenciones la historia del viernes habría sido más dolorosa. La segunda parte se movió en otro registro. La entrada de Hassan dio aire, profundidad y un tipo de amenaza que el equipo necesitaba como el comer, personalmente me gustaría verlo junto a Chaira, uno en cada sector y Viñas en punta, su sitio natural. Con el egipcio en el campo, el Oviedo ganó metros y algo de valentía. El Tartiere lo notó: cada arrancada del extremo levantaba al público, que veía una opción real de romper un partido demasiado cerrado. Pero cuando parecía que el duelo entraba en su tramo decisivo, llegó el protagonista inesperado: el árbitro.

Las dos expulsiones marcaron el encuentro y lo dejaron sin lectura competitiva final. Fueron decisiones rigurosas, quizá técnicamente defendibles, con una cámara parada todo es demasiado irreal, desproporcionado para un partido que se estaba decidiendo por detalles. Con un criterio excesivamente severo, el colegiado condicionó el desenlace y convirtió los últimos minutos en una travesía imposible. Con uno menos ya era complicado; con dos, directamente utópico. El Oviedo se quedó sin opciones y con la sensación de haber sido amputado en el momento clave.

La frustración del oviedismo al término del partido es comprensible. Este equipo muestra ráfagas de buen fútbol, pero no consigue sostenerlas. Le cuesta generar ocasiones, le cuesta transformar posesión en peligro real y le cuesta dar continuidad a sus momentos de inspiración. Al mismo tiempo, depende demasiado de las manos de Aarón, y eso, aunque reconforta, también inquieta. El margen es estrecho y la categoría no perdona.

Queda trabajo. Queda ajustar mecanismos, recuperar confianza y, sobre todo, encontrar regularidad, lo mejor de todo es que seguimos a escaso margen de salir de la zona caliente y que el Tartiere siempre responde; el equipo debe hacerlo también. Porque si algo dejó claro la noche del viernes es que el Real Oviedo tiene dentro una versión mejor que aparece a ratos. El reto, a partir de ahora, es que aparezca más a menudo y más tiempo. Y el domingo a Sevilla, a las dos como no.

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