¿Qué futuro les espera a los bolos asturianos? El deporte autóctono esta herido, pero su gran familia se niega a dejarlo morir tras perder la mitad de fichas desde 2010
Las modalidades federadas urgen apoyo y volver a los colegios para evitar su desaparición

Por la izquierda, Fernando Blanco (delegado de batiente en la Federación Asturiana), Antonio González (jugador de cuatreada), Susana Barrero (bolo celta), los representantes de bolo vaqueiro Antonio Martínez, Tino Fernández y José Alonso Pisco y el representante de bolo celta Daniel Rodríguez, con el pequeño Luca, posando ayer con bolos y bolas de las distintas modalidades federadas, en La Morgal. | FERNANDO RODRÍGUEZ

Los bolos asturianos están heridos, pero su gran familia se niega a dejarlos morir. El deporte autóctono por excelencia atraviesa, probablemente, la mayor crisis de su historia y, aun así, resiste. Las sucesivas recesiones económicas, el golpe devastador de la pandemia y la competencia feroz de los deportes de élite han ido arrinconando un juego que, pese a todo, mantiene en activo a 75 equipos y 698 jugadores federados repartidos en cinco modalidades —cuatreada, celta, vaqueiro, palma y batiente— con boleras distribuidas por el centro y las alas de la región. Las cifras, sin embargo, distan mucho de las cerca de 1.500 licencias y más de un centenar de peñas que existían en 2010. LA NUEVA ESPAÑA reunió ayer a varios representantes de las distintas especializades en La Morgal (Llanera), que mostraron su disposición a remar juntos para evitar que una de las principales señas de identidad de Asturias caiga en el olvido.
Hasta el segundo cuarto del siglo XX, cuando el fútbol le arrebató el trono, los bolos fueron el deporte rey de los asturianos. Su último gran ciclo expansivo se vivió entre 1996 y 2012, coincidiendo con la etapa del ya fallecido Desiderio Díaz al frente de la Federación Asturiana. En aquellos años se duplicaron las 750 licencias iniciales, la televisión autonómica retransmitía partidas en directo y se construyeron más de 60 boleras en colegios. Florecieron torneos de gran formato, como el popular "Un millón para el mejor" impulsado por el Ayuntamiento de Oviedo, y se celebraron mundialitos con jugadores de varios centros asturianos de América y Europa. Trece años después, marcados por la estrechez presupuestaria y el escaso respaldo institucional, el panorama es bien distinto. El actual presidente de la Federación, Iván Rivas (Riaño, 1990), excampeón de Asturias de cuatreada, trata de revertir la tendencia apoyándose en logros como la declaración de Bien de Interés Cultural (BIC) obtenida en 2017 y en la colaboración con la Consejería de Cultura para diseñar un plan estratégico a través de la mesa por el deporte tradicional constituida en junio de 2024. "Si no hay un cambio de rumbo, corremos el riesgo de desaparecer", advierte Rivas, algo más esperanzado tras conocer que el Principado elevará este año las ayudas de 7.000 a 30.000 euros.
Los datos de 2025, comparados con los de hace tres lustros, dibujan una disciplina en retroceso acelerado. La cuatreada, modalidad mayoritaria que se expandió al calor de la minería por el centro y el oriente, es la que más ha sufrido. Apenas suma 230 licencias, cuando en 2012 superaba con holgura las 400 y, en los mejores años de comienzos de siglo, contaba con 150 jugadores de cantera; hoy apenas ronda la veintena.

Mario Canteli
El declive comienza en la base. A finales de la primera década del siglo había más de 60 boleras activas en colegios asturianos. Una red de monitores iniciaba a los jóvenes y varias peñas nutrían así su cantera. La gran crisis cambió el escenario: la subvención regional pasó de 42.000 a 6.000 euros anuales. Se desmantelaron las clases en los centros educativos y muchas boleras escolares fueron reconvertidas o demolidas por falta de uso. También desaparecieron patrocinadores privados y municipales de grandes torneos y de competiciones inferiores que, con premios como viajes a Torrevieja o a los centros asturianos de América, servían de potente reclamo para la juventud.
La pérdida progresiva de recursos redujo el número de fichas, pero el golpe definitivo llegó en 2020. La pandemia paralizó durante más de un año las competiciones. Con la maquinaria detenida, plantillas envejecidas vieron retirarse a sus jugadores veteranos y la ausencia de torneos infantiles y juveniles frenó el relevo generacional. El desplome fue inmediato. Muchas peñas cerraron. En Oviedo ya no queda ninguna en activo; en el oriente se ha pasado de más de veinte equipos a solo tres en una década; y boleras monumentales como la cubierta de Lugones, inaugurada en 2000, apenas encuentran uso pese a que Siero sigue siendo el municipio con más equipos, seis en total.
Liga femenina de celta
La caída es general, aunque no uniforme. El bolo celta, con epicentro en Tineo, reaccionó en 2012 creando una asociación para defender su supervivencia. Entonces sumaba 228 licencias; hoy mantiene en torno a 200. Hay, además, señales alentadoras: competiciones recientes reunieron a 135 jóvenes y la liga femenina, integrada por 20 mujeres, ha roto un histórico techo de cristal. La pasada temporada participaron 19 equipos.
El bolo vaqueiro, con asociación propia desde 2000, se considera un ejemplo de resiliencia. En Cangas del Narcea estaba prácticamente extinguido cuando se creó el colectivo; una década después alcanzó 280 licencias. Sin embargo, el declive de la minería y el éxodo juvenil del suroccidente redujeron la práctica hasta las 170 fichas actuales. En 2025 compitieron 21 peñas en la liga, con un equipo de Oviedo y dos leoneses (de Laciana y Villablino).
El oriente asturiano vive una situación especialmente delicada. El bolo palma o birle, modalidad reina en la vecina Cantabria y con tradición en Llanes, Peñamellera y Ribadedeva, cerró 2025 con ocho peñas y 58 licencias, muy lejos de las más de 300 de principios de siglo. Catorce jugadores compiten en Cantabria, donde existen 200 equipos y 2.000 federados. "Esto se acaba, no creo que haya solución", lamentó Ico Núñez tras proclamarse campeón de Asturias de Primera, como único jugador asturiano con licencia en esa categoría.
El batiente, con una mecánica que a los no iniciados recuerda al bowling americano y una larga historia en la región, también se apaga con rapidez. Solo sobreviven cuatro clubes y 40 federados: 22 en la peña El Tronco de Pravia, ocho en la Moscona de Grado, siete en Casa Jenaro (Carreño) y tres en Ballota (Cudillero). "El panorama es desolador", sentencia el delegado de la modalidad, Fernando Blanco, que confía en reaccionar antes de correr la misma suerte de otras modalidades como el bolo rodao (Loza-Coaña) y le bolo leonés, que hace dos décadas tenían una treintena de licencias y hoy ya solo se practican a nivel privado.
Detrás de estas cifras hay un abandono progresivo de boleras, algunas centenarias. El cierre de peñas implica la pérdida de espacios emblemáticos y de un tejido social que durante generaciones vertebró Asturias. El reconocimiento como BIC supuso en 2017 un espaldarazo simbólico al valor cultural de los bolos, pero todavía no ha tenido efectos tangibles en la recuperación de su práctica ni en la conservación de su patrimonio. La supervivencia de este juego ancestral dependerá de que la tradición encuentre un nuevo arraigo en las generaciones jóvenes y de que las instituciones respalden con hechos una de las señas esencial de la identidad asturiana.
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