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Ignacio Sendín

La historia del ascenso del Grupo Covadonga a la División de Honor de balonmano

El ascenso del Grupo Cultura Covadonga a la División de Honor en 1976 cumple 50 años convertido en una de las mayores gestas del deporte asturiano.

Acto conmemorativo del 50 aniversario del ascenso a División de Honor del equipo de balonmano

Acto conmemorativo del 50 aniversario del ascenso a División de Honor del equipo de balonmano / Juan Plaza / LNE

El 9 de mayo se cumplen 50 años del primer ascenso de un equipo asturiano a la División de Honor, un hecho que ocurrió en la cancha de Gavá y que consiguió el equipo de la sección de balonmano del Grupo Cultura Covadonga.

El origen de una hazaña histórica

Pero la historia comenzó a gestarse catorce años antes, cuando Antonio Oliva, aspirante a entrenador, fue fichado por el Colegio de la Inmaculada, donde disfrutó de una libertad de movimientos que pocas veces volvió a tener a lo largo de su trayectoria. Allí, Antonio Oliva se hizo entrenador, consiguió los títulos de entrenador provincial y nacional —ambos con el número 1 de su promoción— y obtuvo sus primeros éxitos como técnico.

Antonio Oliva, el arquitecto del ascenso

En 1968, Agustín Antuña lo ficha para el Grupo, compaginando su labor en los dos equipos gijoneses. El club de Jesús Revuelta, al tiempo que impulsaba el proyecto Grupo 2000, necesitaba entrenadores jóvenes, con experiencia y una preparación deportiva superior que elevase el nivel competitivo de la entidad a la altura de las nuevas instalaciones.

Un camino lleno de obstáculos

El camino hacia la élite fue largo y estuvo plagado de obstáculos y zancadillas. Desde la Segunda Regional, el equipo fue creciendo hasta alcanzar la Primera Nacional, superando promociones, reestructuraciones federativas y arbitrajes polémicos. La fuerza de carácter, los conocimientos y la personalidad de Antonio Oliva hicieron posible alcanzar el objetivo final: llegar a la División de Honor.

El primer salto hacia la categoría nacional

En aquel camino, iniciado en la Segunda Regional, el equipo que capitaneaba Miguel Ángel Gumiel consiguió, en su segunda temporada, el ansiado ascenso a Primera Nacional. Sin embargo, tras el éxito en el sector de La Coruña llegó la decepción en la fase final, con la derrota ante el Canteras, subsanada posteriormente con uno de los primeros grandes éxitos del balonmano grupista: una promoción de repesca frente al C.A.U. de Oviedo, en la que el Grupo se impuso con claridad a un conjunto de categoría superior.

Promociones, polémicas y reestructuraciones

En el primer año en categoría nacional se incorporó al equipo Ángel Paraja, pero se volvió a la casilla de salida debido a una “loca” reestructuración federativa, ya que descendían seis equipos. El descenso comenzó en la pista avilesina de La Exposición, que había sufrido un fuerte “manguerazo”.

El Grupo tuvo una nueva oportunidad en el verano de 1972, en Santander, en un partido de promoción contra el Beti-Onak, aunque la Federación impidió al conjunto gijonés disputarlo con las nuevas fichas de la reconstituida plantilla.

Una temporada casi perfecta

El equipo arrasó posteriormente en la Regional asturiana y en la fase interregional sin perder un solo encuentro. Para entonces ya se habían incorporado Rafael Méndez como segundo entrenador y Miguel Pérez Ablanedo como jugador franquicia, ambos procedentes de la A.A.A. En la fase final disputada en Cádiz, una pareja arbitral vizcaína condenó al conjunto gijonés a iniciar la semifinal frente al Pepsi Sansofé de Las Palmas sin calentamiento previo. Además, resultaron decisivas dos bajas importantes: la de Mariano de la Puente, que tuvo que abandonar la competición por motivos laborales, y la ausencia de Ricardo Menéndez debido a sus estudios. Poco más se podía hacer. Solo una derrota en toda la temporada.

En la promoción de ascenso —ganada gracias al tercer puesto en el Campeonato de Segunda División— el Grupo se enfrentó al Virgen de la Paloma de Madrid. Dos victorias y un nuevo ascenso a Primera Nacional.

La temporada que cambió el rumbo

La temporada 1972-73 arrancó con siete jornadas sin conocer la victoria. El fichaje de Raúl Farpón cambió la dinámica del equipo, que protagonizó un final de competición sorprendente, “made in Oliva”, con triunfos en Bilbao ante La Salle La Casera y en el Pabellón de La Arena frente al Real Gijón, que acabaría descendiendo. Aquella victoria permitió además eliminar a un competidor directo a la hora de captar a los mejores jugadores de la cantera asturiana.

Antes de ello, el Grupo había tenido que disputar una nueva promoción frente al C.D. Zarauz, a doble partido, con un auténtico festival en el encuentro de vuelta disputado en Gijón por parte de una plantilla “muy profesional”, consciente de que afrontaba el final de su trayectoria deportiva. Hasta once jugadores abandonaban entonces la práctica del balonmano, como fue el caso del capitán Miguel Ángel Gumiel, prácticamente retirado desde el inicio de la competición por una grave lesión.

El primer gran asalto a la División de Honor

Los brotes verdes aparecieron en la temporada 1974-75 con el regreso a Gijón de Moral y Meana. Rafael Méndez logró incorporar lo mejor de la cantera del Bosco Ensidesa, trabajada por Manolo Taibo, donde destacaban Juan Viña, Isaías, Armesto, Herrero y José Antonio. Junto a los veteranos que permanecían en la plantilla —Melero, De la Puente, Miguel Ablanedo, Paraja y José Antonio López— formaron un equipo que protagonizó el primer gran asalto a la División de Honor.

Aquel intento se frustró en una promoción frente al Teucro de Pontevedra, marcada por un arbitraje calamitoso en tierras gallegas y por la presencia en el conjunto pontevedrés de Vicente Sanz Maeso, antiguo portero de la Laboral gijonesa y de la selección asturiana, reconvertido en jugador de campo. El problema de la portería seguía sin resolverse, aunque Ricardo Menéndez contribuyó a paliarlo al final de aquella temporada.

El ascenso definitivo del Grupo Covadonga

El ascenso definitivo llegó en la campaña 1975-76. El equipo había superado crisis internas, comportamientos antideportivos de algunos rivales y decisiones federativas controvertidas. Sin embargo, lo más duro aún estaba por llegar: el llamado “affaire Donibane”, provocado por la actuación de un empleado grupista, que acabó con la pérdida de un partido y una sanción de dos puntos. El episodio quedó mal resuelto dentro del club y terminó siendo una de las causas del despido de Antonio Oliva dos años después.

El empleado en cuestión siguió trabajando en el R.G.C.C. hasta alcanzar un acuerdo con la directiva surgida de las urnas en el año 2000.

La respuesta del equipo sobre la pista

A pesar de todo, el equipo respondió sobre la pista. Llegaron la victoria en Zarauz, la dimisión de los dos entrenadores, la dura carta de los jugadores contra la directiva y el memorable triunfo ante el líder S.D. Arrate, con ambos técnicos observando el partido desde la grada del Braulio García. La afición cargó entonces con dureza contra la directiva, que vivió una de las mañanas más tensas de aquella etapa.

Gavá, el escenario de la gloria

Y llegó la última promoción, frente al Gavá. Victorias tanto en Gijón como en Gavá. Ascenso con todos los honores. Antonio Oliva lo había conseguido. Un grupo de jugadores inteligentes y de gran nivel supo identificar que allí existía una verdadera posibilidad de alcanzar la División de Honor, comprometiéndose plenamente con las ideas de un entrenador adelantado a su época.

El legado de una generación irrepetible

El resto ya fue otra historia: la merecida internacionalidad de Moral —¡ya era hora!— y de Meana, cuya candidatura defendió Antonio Oliva “jugándose el bigote” ante la Comisión Técnica de la Federación; la llegada del internacional Llaneza, que no respondió a las expectativas generadas; el fichaje de Félix Peñalva, que cubrió el único déficit de aquel equipo; y la inesperada marcha de Rafael Méndez y Manolo de la Cámara, delegado del equipo.

En la segunda campaña en División de Honor llegó un sexto puesto —el primero entre los equipos amateurs— derrotando incluso a algunos de los grandes, en un momento especialmente delicado debido a las bajas de Moral y Meana. Fue entonces cuando la fiel infantería formada por Mariano de la Puente, Ángel Paraja, Miguel Ablanedo y Juan Viña llevó al G.C.C. a una altura a la que, 48 años después, nadie ha conseguido regresar.

La cara menos conocida de la gesta

Sin embargo, el epílogo de esta historia aún estaba por escribirse. También es cierto que determinadas publicaciones oficiales posteriores sobre la historia del club ofrecieron una versión parcial y edulcorada de aquellos acontecimientos, omitiendo conflictos internos y responsabilidades personales que marcaron profundamente una de las mayores gestas del deporte asturiano.

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