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España gana también la madrugada ovetense: la contracrónica de la noche que Oviedo cambió la pista de baile por La Roja

El ambiente nocturno de la capital del Principado convirtió cada pantalla en punto de encuentro para seguir el marcador de La Roja entre brindis y canciones

Alvaro Herrera, Javier Martino, Javier González y Paula Hernández

Alvaro Herrera, Javier Martino, Javier González y Paula Hernández / J. A.

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Joaquín Alonso

Joaquín Alonso

Quien se asomara ayer de madrugada a la calle Mon, atravesara la plaza del Sol o se dejara arrastrar por la marea de la zona de fiesta ovetense, podría haber pensado, sin faltar mucho a la verdad, que la ciudad había decretado un estado de excepción cromático: o blanco, ese blanco inmaculado que este año ha conquistado todos los armarios españoles sin que nadie sepa muy bien por qué, o rojo de Selección, con escudo a la altura del corazón y la épica a la altura de la garganta. Quien no llevara ninguno de los dos colores era, sencillamente, sospechoso.

La ciudad se tiñe de rojo y blanco

El partido de España se jugaba en horario de difícil digestión, esa franja en la que el organismo ya no distingue si lo que pide es una cena, un pigacín o una caña, y Oviedo respondió con el patriotismo de jolgorio que caracteriza a estas fechas: muchísima camiseta, bastante bandera y, a medida que avanzaban los minutos y las copas, una proporción nada desdeñable de gente que celebraba los goles con un entusiasmo solo comparable a su incapacidad para explicar, media hora después, el resultado exacto del partido. Preguntar “¿cómo va España?” se convirtió en un ejercicio de fe.

La fiebre futbolera traspasó, además, una frontera que en condiciones normales se considera inviolable: la de la pista de baile. Porque no solo los bares se rindieron al televisor, también las discotecas, gesto poco habitual y que la noche convirtió en costumbre, sacaron pantallas entre la barra y la cabina del DJ, de modo que el reguetón y el “¡Vamos España!” convivieron sin despeinarse. Hubo incluso quien siguió el marcador desde el móvil sin dejar de bailar ni de beber, proeza de coordinación que merecería estudio aparte en cualquier facultad de ciencias del deporte.

Por la izquierda, Manuela Rendón, Luis Estalayo, Carolina Vellarino y Guillermo Marqués, en el bar "La Radio", de Oviedo

Por la izquierda, Manuela Rendón, Luis Estalayo, Carolina Vellarino y Guillermo Marqués, en el bar "La Radio", de Oviedo / J. A.

Entre la marabunta, Álvaro Herrera repartía abrazos, convencido de que el gol de España era personal y, en cierto modo, mérito suyo. A su lado, Javier Martino agotaba el repertorio completo de gritos posibles del idioma español, desde el clásico "¡goool!" hasta variantes que ningún diccionario reconocería y que dejaban a los familiares de Canobbio, jugador charrúa expulsado por agredir al joven Cubarsí, en muy mal lugar. Javier González, por su parte, defendía con vehemencia táctica que él lo había visto venir, afirmación que repitió antes de cada jugada, ganara o perdiera España con ella.

Laína de Medina, Iñigo Álvarez, Jesús Pérez, Hugo García y Joaquín Márquez

Laína de Medina, Iñigo Álvarez, Jesús Pérez, Hugo García y Joaquín Márquez / J. A.

Paula Hernández, que había llegado pronto para hacerse con el mejor sitio frente a la pantalla, terminó la noche viendo el partido de espaldas, enfrascada en una conversación muy amena. Iria Outes y Lucía Morales, inseparables como manda la tradición, se turnaban para narrar el partido a quien quisiera escuchar.

Laína de Medina prefirió no arriesgar la voz y celebró los goles en silencio, gesto que en mitad de aquel guirigay era extraño. Javier Alonso, en cambio, no calló ni un segundo, y aún sigue sin que se le entienda del todo qué decía exactamente, misterio que probablemente ni él mismo podría resolver hoy. Seguro que se levantó con un buen dolor de cabeza, pero el ibuprofeno y la clasificación de La Roja a dieciseisavos del Mundial lo aliviarán. A su lado, Jaime González se proclamó, sin que nadie le preguntara, máximo experto futbolístico de la noche, título que defendió con la autoridad que le dio la tercera cerveza.

Iria Outes y Lucía Morales

Iria Outes y Lucía Morales / J. A.

La herida de Cornellá no apaga la celebración

En otro corro, Manuela Rendón y Carolina Vellarino celebraban la noche con una alegría que tenía algo de venganza personal. Ambas venían de Cornellá, ese topónimo que en Oviedo se pronuncia con un escalofrío reservado a las grandes tragedias griegas, porque fue allí, el 23 de junio de 2024, donde el Oviedo vio esfumarse el ascenso a Primera tras un doblete de Javi Puado justo antes del descanso. Dos años después, Manuela y Carolina demostraban que el corazón asturiano sabe separar las cuentas pendientes con el Espanyol de la alegría sin fisuras por la Selección, que esa sí, de momento, no les ha hecho ninguna faena en Cataluña.

Guillermo Marqués y Luis Estalayo, de Burgos y Palencia respectivamente, decidieron que ver el fútbol entre tanto gentío era, en realidad, una pérdida de tiempo comparado con la oferta cultural de la noche, así que se marcharon al Vesu, festival de música carbayón montado en el patio del colegio de los Dominicos, demostrando que en Oviedo se puede ser forastero, futbolero a ratos y melómano cuando conviene, todo en la misma noche y sin contradicción aparente. “¡Sí, sí, sí, la segunda estrella ya está aquí!”, gritaban sin saber siquiera el resultado del encuentro.

La noche, en resumen, se resolvió como suelen resolverse estas noches: con más alegría que otra cosa y una ciudad entera convencida de haber presenciado algo histórico, aunque al día siguiente nadie pudiera ponerse de acuerdo en el resultado exacto. España ganó, eso parece seguro. Lo demás, como casi siempre en estas lides, se quedó disuelto entre la calle Mon y la plaza del Sol, en algún lugar entre la última copa y el primer bostezo.

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