Ramón Camino, secretario general de la sede asturiana durante el Mundial 82: "Oviedo fue una de las mejores sedes de España en el 82"
"Durante el Alemania-Austria en El Molinón los dirigentes de la FIFA no sabían dónde meterse; la indignación del público fue enorme""

Ramón Camino, ayer, en LA NUEVA ESPAÑA. | IRMA COLLÍN

LA NUEVA ESPAÑA continúa su serie de entrevistas con protagonistas de los mundiales. En esta ocasión, el turno es para Ramón Camino, secretario general de la sede de Oviedo durante el Mundial 82 y directivo del Real Oviedo en los años 80.
Una llamada que le cambia la vida.
Sí. Entrar a formar parte de la organización de un Mundial de fútbol, y además en un cargo de responsabilidad, para un aficionado como yo era una de las mejores cosas que me podían pasar.
¿Cómo fue aquella llamada?
Se produjo poco después de dejar la directiva del Real Oviedo. Las personas que tenían que decidir quién iba a ocupar la secretaría general de la sede de Oviedo se pusieron en contacto conmigo. Parece que mi trabajo en el club había gustado y decidieron confiar en mí. A partir de ahí pasé a formar parte del comité organizador como profesional, nombrado por el comité de Madrid, que presidía Raimundo Saporta. Desde ese momento solo había una idea: trabajar y formar un buen equipo.
¿Se lo esperaba?
No, sinceramente. Fue una sorpresa. Pero cuando llegó la llamada no había tiempo para pensar demasiado. Había muchísimo trabajo por delante y lo primero era rodearse de un buen equipo. Siempre digo que las cosas no salen bien si detrás no hay un gran grupo humano.
¿Lo consiguieron?
Sí. Tuve la suerte de contar con personas muy eficaces, inteligentes y trabajadoras. Gracias a ellas la sede de Oviedo funcionó francamente bien. Estoy convencido de que fue una de las mejores de las dieciséis sedes del Mundial.
¿Cómo fue la preparación?
Muy intensa. Un Mundial implica coordinar infinidad de aspectos: la remodelación del estadio, el tráfico, los protocolos, la llegada de las delegaciones, la coordinación con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad… Era un trabajo enorme y con muchísima responsabilidad. Pero también fue una etapa apasionante. Poco a poco ves cómo todas las piezas van encajando y eso produce una enorme satisfacción. Insisto mucho en el equipo porque fue la clave de todo. Si aquello salió bien fue gracias al trabajo colectivo.
¿Qué papel desempeñaron las administraciones?
El comité organizador dependía directamente de Madrid y las instrucciones llegaban desde allí. El entonces Consejo Regional tuvo un papel bastante secundario. Quien sí fue fundamental fue el Ayuntamiento de Oviedo, porque todo el operativo se desarrollaba en la ciudad.
A medida que se acercaba el Mundial, ¿aumentaba también la tensión?
Muchísimo. Al final te estás jugando tu prestigio profesional, el nombre de la ciudad y el éxito de un acontecimiento seguido en todo el mundo. Hubo momentos de mucha presión y algunos realmente delicados.
¿Recuerda algún momento especialmente complicado durante el Mundial?
Sí. Nunca se me olvidará lo que ocurrió en el partido inaugural de Oviedo, el Austria-Chile. Faltaba poco más de una hora para el comienzo cuando recibí una llamada desde el avión en el que viajaba el embajador de Chile en España. Me comunicaron que, debido a una tormenta, el aparato no podía aterrizar en Asturias y regresaba a Madrid. Naturalmente, su asiento en el palco estaba reservado.
¿Qué hizo entonces?
Poco antes de comenzar el encuentro apareció por el palco Luis Ortiz González, que entonces era ministro de Obras Públicas y Urbanismo. Como el embajador no iba a llegar, le ofrecí ocupar aquel asiento y aceptó sin ningún problema. Pero el tiempo mejoró y el avión pudo aterrizar en Asturias. Llegó al estadio con el partido ya empezado y se encontró con su asiento ocupado. Lógicamente, se enfadó muchísimo.
¿Cómo reacciona?
Le pedí todas las disculpas del mundo y le expliqué que me habían comunicado oficialmente que no iba a poder llegar, pero no quiso escuchar razones. El jefe de prensa de la embajada, que llevaba días trabajando desde nuestra oficina del Mundial, en la calle Posada Herrera, también se sumó a la protesta. Fue una situación muy desagradable.
En el descanso del partido me dirigí al ministro y le expliqué lo que había ocurrido. Le pedí que, por favor, cediera el asiento al embajador. Su reacción fue extraordinaria. Me dijo: "Por supuesto, faltaría más". Se levantó inmediatamente y no puso el menor inconveniente.
Vaya tensión...
Después tuve una discusión bastante fuerte con el jefe de prensa de la embajada. Al día siguiente fui a la oficina del Mundial y le comuniqué que, después del espectáculo del día anterior, no podía seguir trabajando allí. Se negó a marcharse y tuve que echarlo de la oficina. Llegué a pensar que aquello podía convertirse en un problema diplomático.
¿Hubo consecuencias por aquella situación?
Me llamaron desde Madrid para que explicara lo sucedido y di las explicaciones pertinentes. Conté exactamente lo que había pasado y el asunto quedó ahí. Afortunadamente no fue a más, aunque fue uno de los momentos más desagradables que viví durante el Mundial
¿Fue el peor momento del campeonato?
Fue uno de ellos. Hubo otro muy delicado el día de un partido en El Molinón. A alguien se le ocurrió iniciar unas obras en el puente de Serín apenas un par de horas antes del encuentro y se formó un atasco monumental. Delante de mí iban el árbitro y sus asistentes. Durante unos minutos llegamos a pensar que el partido podía retrasarse porque no había forma de avanzar. No nos quedó otra que circular por el arcén. La gente nos insultaba porque desconocía quién iba dentro de aquellos vehículos. Era lógico. Ellos solo veían que alguien se estaba colando. Por suerte conseguimos llegar a tiempo al estadio y el encuentro comenzó según lo previsto.
También vivió muy de cerca el conocido como partido de la vergüenza.
Sí. Fue otro de los momentos más desagradables del Mundial. Yo había hecho muy buena amistad con Benali Sekkal, presidente de la Federación Argelina, y aquel día estaba sentado justo detrás de él en el palco de El Molinón.
¿Qué recuerda de aquel Alemania-Austria?
Recuerdo perfectamente cómo fue cambiando el ambiente en el estadio. La gente se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo y empezó a gritar: "¡Argelia, Argelia, Argelia!". Aquella selección había sido la gran perjudicada y el público quiso reconocer la extraordinaria imagen que había dado durante el campeonato.
¿Cómo reacciona Sekkal?
Fue un momento muy emocionante, la verdad. Cuando escuchó a todo el estadio corear el nombre de Argelia, se levantó para agradecer aquel apoyo. Saludó al público y, cuando volvió a sentarse, se giró hacia mí y me abrazó llorando. Estaba profundamente emocionado por el cariño de la afición y, al mismo tiempo, muy dolido por la forma en la que su selección había quedado eliminada.
¿Y usted cómo lo vivió como organizador?
Con muchísima tristeza. En el palco había varios dirigentes de la FIFA que no sabían dónde meterse. El público dirigía su enfado hacia ellos, aunque realmente no fueran responsables directos de lo que estaba ocurriendo sobre el terreno de juego. Les pedían que hicieran algo, que actuaran, que no permitieran aquello. La indignación era enorme porque todo el mundo entendía que se estaba desvirtuando la competición.
¿Se le hizo eterno el partido?
Muchísimo. Pasaban y pasaban los minutos y ninguno de los dos equipos tenía intención de cambiar nada. Se limitaban a mover el balón sin asumir riesgos porque el resultado beneficiaba a ambos. Fue desesperante. Además, daba mucha pena por Argelia. Había maravillado a todo el mundo. Había derrotado a Alemania jugando un fútbol extraordinario y se había ganado el cariño de la afición. Ver que una selección así quedara eliminada del Mundial resultó para todos muy injusto.
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