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Bélgica, un país al que su selección sube la autoestima

El próximo rival de España está formado por jugadores que triunfan fuera y es lo que une más al país además de Rey

Courtois celebra la victoria ante Estados Unidos.

Courtois celebra la victoria ante Estados Unidos. / EFE/EPA/STEPHEN BRASHEAR

En Bélgica la selección nacional es lo que más une al país, además del Rey, la capitalidad de Bruselas y el chocolate, los gofres y los mejillones con patatas fritas. En lo demás son tres comunidades lingüísticas claramente separadas entre sí y con un ligero complejo de inferioridad respecto a sus vecinos holandeses, franceses y alemanes, que son los que aportan los tres idiomas oficiales del país. Por eso cuando, como ahora, van un paso por delante con su selección la autoestima crece más rápido que los disparos de Lukaku, sobre todo tras la victoria por 3-2 ante Senegal cuando lo tenían todo perdido en dieciseisavos.

El equipo que jugará el viernes contra España está formado por profesionales que militan desde hace años en otras ligas europeas de más renombre y calidad que el campeonato local, preferentemente en Francia, Inglaterra, Alemania, Italia o España. De los más asiduos en este Mundial solo Mechele y Vanaken siguen en el Brujas, que es el actual campeón y el club más competitivo de este pequeño país. Los que destacan se van enseguida.

La selección representa bastante bien, como otras muchas europeas, la influencia de la emigración. Hoy estas formaciones son un cruce de ciudadanos de diferentes orígenes y Bélgica ha sido un país de acogida en el último siglo, como bien saben los miles de asturianos que vinieron en los años 60.

Uno de aquellos emigrantes de esa época es el abuelo leonés -casado con una asturiana- de Matías Fernández-Pardo, delantero del Lille, que podía elegir selección: España por su ascendencia paterna, Italia por su madre o Bélgica por haber nacido aquí. Optó por Bélgica cuando intuyó que iban a incluirlo en la lista del Mundial, aunque solo ha disputado unos 40 minutos en dos partidos.

La fuerza de esta selección es justamente la diversidad y la capacidad competitiva de la mayor parte de sus jugadores, forjados en las grandes ligas, aunque han sido frecuentes las disputas internas y no solo por la ascendencia flamenca o francófona de sus componentes. Hace años que Courtois y De Bruyne, que proceden de la misma cantera, la del Genk, en el Limburgo, no se hablan por un lío de faldas.

El mejor momento llegó en el Mundial de Rusia 2018 cuando Hazard, Lukaku, Kompany y los citados Courtois y De Bruyne, entre otros, estaban en su mejor momento con Roberto Martínez como seleccionador. Eliminaron a Brasil, pero cayeron ante Francia en las semifinales. Siempre Francia, que sería la campeona, mirándolos por encima del hombro.

La otra gran alegría llegó en México 1986 cuando eliminaron a España en cuartos (1-1 con goles de Ceulemans y Señor) y 5-4 en los penaltis con la parada de Pfaff al disparo de Eloy Olaya que recuerdan como un drama todos los que lo vivieron entonces. En semifinales perdieron con Argentina que sería la campeona. Ese es el principal precedente del partido del viernes próximo en esta competición.

Desde entonces España –que acababa de ingresar en lo que hoy es la Unión Europea– y el fútbol han evolucionado y mejorado exponencialmente. De hecho, en lo que va de este siglo nuestro país ha cosechado muchos más éxitos deportivos que en el resto de su historia.

Para los belgas España es un país muy cercano en el que muchos de ellos tienen segunda residencia o van de vacaciones. Nos ven, según una reciente encuesta, abiertos, acogedores y sociables, aunque siguen pensando que somos muy católicos. No se atisba ninguna tensión, sea cual sea el resultado, porque los casi cien mil españoles que residen en el país saben que la relación es fluida y divertida: a chapuzas en obras públicas estamos casi empatados.

En fútbol España parece más asentada, fluida y coherente en su juego, pero eso, por sí mismo, no garantiza el triunfo.

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