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Una visión del Mundial de Juan Manuel Moreno Cubino: La FIFA de Infantino

Trump, a la izquierda, con Infantino.

Trump, a la izquierda, con Infantino. / Sven Hoppe / Sven Hoppe/dpa

La FIFA es un club privado económicamente millonario que mueve voluntades, promueve silencios y sospechas extendidas de mala praxis entre sus jerarcas, federaciones, clubes y asociaciones futbolísticas, prestos a vendarse los ojos y taponarse los oídos para mantenerse adscritos al negocio FIFA. Un club privado dispuesto a acumular riqueza y patrimonio. Gianni Infantino desde su llegada al cargo en 2016 ha convertido a la FIFA en una máquina de ganar dinero y poder: prensa y medios, negocios publicitarios, censura y política son proclives a su influencia.

En la presentación del mundial en EE. UU. Infantino luce traje y sonrisa junto a Trump entregado al señor de la guerra, además, se esfuerza en justificar ante él los protocolos aplicados por el Servicio de Inmigración y control (ICE) para proteger al país del crimen transfronterizo que amenaza a la seguridad nacional. Asimismo, con la llegada a EE UU de las primeras delegaciones mundialistas afroárabes se sumerge en el silencio ante el desempeño norteamericano de realizar registros de manera alevosa e indefensa a las mismas en flagrante violación de los derechos humanos. Por si fuera poco, acepta, que a Irán se le prohíba pernoctar en el país. El que, asimismo, se vete la entrada de un árbitro somalí también mantiene a Infantino y a sus acólitos mudos. Sin embargo, la UEFA, crítica con la ofensa lo premia con pitar la final de la Supercopa.

Gianni Infantino, fiel a su entreguismo, dispone de tiempo muerto para atender la llamada de Trump susceptible a indultar a un jugador de EE. UU. expulsado durante un partido sin importarle cambiar las reglas de juego establecidas. De nada sirve apelar al juego limpio si quien tiene el deber de velar por su cumplimiento juega sucio. Con la misma suciedad ha respondido el resto funcionarial que rearma su poder al no censurar su comportamiento. Federaciones, prensa, árbitros, técnicos, auxiliares, etcétera, no han estado lo suficientemente finos para promover un intento mínimo de crítica a tanto desmán, atropello y abuso de autoridad (salvo el técnico egipcio).

Son producto de una reacción química en busca de un beneficio asociado e inmediato agachando la cerviz hasta lamer el pie y el zapato que pisa el filón de oro -petrodólares y dólares USA- bajo el reclamo publicitario poderoso del balón. Esta es su única cultura, o sea, el dinero a repartir que gestiona la FIFA de Infantino. No juzgan que Infantino haya caído en la política desconcertante de dichos, desmentidos y abusos del mismo Trump, pues ello, repercutiría desfavorablemente en la repartición de ingresos del Mundial. Estamos ante un campeonato mundial de la hipocresía, que no va de personas, ni de reglas, ni de ética, va de números y de cotización accionarial.

El fútbol se asocia a dar patadas a un balón. La FIFA ha hecho del balón la base de asociación mundial como negocio millonario privado a costa del juego sucio, zancadillas y patadas. Pero para patada, la que ha dado Feijoo en el culo de los trabajadores al negarles el derecho a la baja laboral en caso de enfermedad.

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