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"Las estrellas nunca nacen solas": la explicación "astronómica" desde Gijón de la proeza de España en el Mundial

Basta con mirar el firmamento para entender un éxito deportivo: los astros necesitan tiempo para formarse, nacen acompañados y siempre son el resultado de un largo proceso

Por la izquierda, Santiago Izquierdo, Alejandro Suárez, Santiago Gángara, Juan Collada, José Manuel Ruiz, Natalia Villanueva e Isaías Gonzalo, miembros de la Agrupación Astronómica Omega, ayer, en su sede de Gijón. | LUISMA MURIAS

Por la izquierda, Santiago Izquierdo, Alejandro Suárez, Santiago Gángara, Juan Collada, José Manuel Ruiz, Natalia Villanueva e Isaías Gonzalo, miembros de la Agrupación Astronómica Omega, ayer, en su sede de Gijón. | LUISMA MURIAS / Luisma Murias

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María Rendueles

María Rendueles

Gijón

Si España gana el Mundial este domingo, coserá una nueva estrella sobre su escudo. Una estrella que no tendrá nada que ver con las que iluminan el universo desde hace millones de años. La astronomía no puede explicar un partido de fútbol ni predecir un campeón. Pero sí ayuda a entender una idea que sirve como punto de partida: ninguna estrella nace de la nada.

Mientras la selección española prepara una nueva oportunidad para volver a conquistar el mundo, en la Agrupación Astronómica Omega de Gijón llevan toda la vida observando otras estrellas, las del universo. Allí, el presidente de la asociación, Santiago Izquierdo, habla de ciencia y no de supersticiones. "Esto es astronomía, no astrología", insiste. Porque detrás de cada estrella hay física, gravedad y millones de años de evolución, nunca magia.

Ese proceso de formación fue precisamente el que más llama la atención. Izquierdo explica que una estrella comienza a existir cuando enormes cantidades de materia empiezan a unirse gracias a la gravedad. Poco a poco esa nube se comprime hasta alcanzar las condiciones necesarias para empezar a brillar. No ocurre de un día para otro. Requiere tiempo, estabilidad y unas condiciones muy concretas.

Los miembros de la Sociedad Astronómica Omega de Gijón, en su sede

Los miembros de la Sociedad Astronómica Omega de Gijón, en su sede / Luisma Murias

Es entonces cuando aparece una comparación inevitable con el fútbol. No porque exista ninguna relación científica entre ambos mundos, sino porque el propio proceso recuerda a la construcción de un equipo campeón. Ninguna selección nace unos meses antes de un Mundial. Detrás de una final hay años de trabajo, generaciones de futbolistas, una identidad reconocible y un proyecto que madura con el paso del tiempo. Hay otro detalle que Santiago Izquierdo destaca y que encuentra un paralelismo natural con cualquier vestuario. "Las estrellas casi nunca nacen solas". Lo hacen en cúmulos, formando grupos que comparten un mismo origen antes de seguir caminos diferentes por la galaxia. "Algunas permanecen unidas; otras terminan alejándose con el paso del tiempo", cuenta.

La imagen recuerda a la selección española. Antes de reunirse para disputar un Mundial, cada futbolista desarrolla su carrera en un club distinto, con entrenadores diferentes e incluso en ligas de distintos países. Sin embargo, cuando llega una gran competición, todos vuelven a encontrarse bajo un mismo escudo. Como esas estrellas que nacieron juntas, el éxito solo tiene sentido cuando el grupo funciona como uno solo.

La astronomía también enseña que ninguna estrella aparece sin pasado. El sol, explica Juan Collada, miembro de Omega, es una estrella de segunda generación. Contiene materiales procedentes de otras estrellas que desaparecieron hace millones de años y cuya materia sirvió para formar nuevas generaciones estelares. "Los heredó", resume.

Miembros de la Sociedad Astronómica Omega de Gijón, en su sede

Miembros de la Sociedad Astronómica Omega de Gijón, en su sede / Luisma Murias

Tampoco la selección española empieza nunca desde cero. La estrella que luce hoy sobre el escudo nació en Johannesburgo el 11 de julio de 2010, cuando el gol de Andrés Iniesta cambió para siempre la historia del fútbol español. Aquel equipo de Casillas, Xavi, Villa, Puyol, Sergio Ramos, Iniesta o Xabi Alonso no solo ganó un Mundial. Dejó una herencia. Una forma de competir, de entender el juego y de creer que España podía volver a pelear por cualquier título. Después llegaron nuevas generaciones, la Eurocopa de 2024 confirmó que el relevo estaba preparado y ahora futbolistas como Lamine Yamal, Nico Williams, Pedri, Rodri, Fabián Ruiz, Unai Simón o Mikel Oyarzabal aspiran a escribir el siguiente capítulo de esa historia.

Porque las selecciones también evolucionan. Cambian los nombres, cambian los protagonistas y cambian las generaciones de aficionados, pero el escudo permanece. Cada éxito deja una herencia sobre la que construir el siguiente. Igual que las estrellas del universo nacen con materiales procedentes de otras anteriores, el fútbol español sigue creciendo sobre el trabajo de quienes abrieron el camino.

No todas las estrellas evolucionan igual. "Algunas consumen su energía muy deprisa y protagonizan finales espectaculares en forma de supernovas". Otras mantienen un brillo constante durante miles de millones de años. Santiago Izquierdo y Juan Collada utilizan esa diferencia para explicar que también existen trayectorias muy distintas entre deportistas: carreras explosivas y otras construidas desde la regularidad.

Por la izquierda, Santiago Izquierdo, Alejandro Suárez, Santiago Gángara, Juan Collada, José Manuel Ruiz, Natalia Villanueva e Isaías Gonzalo.

Por la izquierda, Santiago Izquierdo, Alejandro Suárez, Santiago Gángara, Juan Collada, José Manuel Ruiz, Natalia Villanueva e Isaías Gonzalo. / Luisma Murias

Incluso cuando una estrella desaparece, no todo termina. Parte de su materia servirá para crear otras nuevas. En el deporte ocurre algo parecido. Los grandes equipos nunca desaparecen del todo. Permanecen en el recuerdo colectivo, inspiran a quienes llegan después y convierten sus éxitos en el punto de partida de nuevas generaciones.

En Omega nadie pretende encontrar respuestas futbolísticas mirando por un telescopio. Pero sí recuerda algo que también sirve para entender el éxito deportivo: las estrellas necesitan tiempo para formarse, nacen acompañadas y siempre son el resultado de un largo proceso. Igual que una selección campeona.

España está ahora a noventa minutos de coser una segunda estrella a su escudo. Si lo consigue, no solo levantará una Copa del Mundo. Volverá a unir a un país entero frente al televisor, como ocurrió en el verano de 2010. Habrá niños que descubrirán por primera vez lo que significa ser campeón del mundo y otros recordarán exactamente dónde estaban cuando Iniesta marcó en Johannesburgo. Porque las estrellas del cielo siguen brillando ajenas a lo que ocurre en la Tierra. Las del fútbol, en cambio, tienen la capacidad de detener un país durante noventa minutos y de permanecer para siempre en la memoria colectiva. Y esa, como las que estudian cada noche en Omega, tampoco habrá aparecido por casualidad. Será el resultado de años de trabajo, de una herencia recibida y de un grupo que ha aprendido a brillar unido.

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