Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

El oro, en el banquillo: el análisis de Melchor Fernández tras el triunfo de la roja

El éxito de la selección española surge de un doble acierto del seleccionador: a largo plazo y en la capacidad de improvisación

Estas líneas están escritas antes de que se hubiera producido en Madrid el recibimiento a la selección española de fútbol, que regresaba de América del Norte con su máximo trofeo mundial. Doy por supuesto que, a nivel popular, habrá tenido dimensiones descomunales. No sería para menos. Con este éxito, que eleva a dos su número de triunfos en la más importante competición futbolística, España se consolida aún más entre las principales potencias balompédicas, dejando atrás a Inglaterra, inventora del fútbol, que solo ha sido una vez vencedora en la máxima competición de este deporte, que se celebra desde 1930 cada cuatro años, con la excepción de la pausa de doce años (de 1938 a 1950) generada por la Segunda Guerra Mundial.

El oro, en el banquillo

El oro, en el banquillo

LA ARGENTINA DE MESSI

Mejorar esa relevancia exigió superar a una selección como la de Argentina, que atesoraba una trayectoria brillante, asociada, en las últimas épocas, a la aportación de figuras que alcanzarían la categoría de históricas; dos, sobre todo. Una de ellas, Maradona, pertenece ya desde hace tiempo al pasado. La otra, Messi, seguía en activo. La presencia de este en el último y decisivo partido podía ser para los españoles la principal preocupación, por no decir temor, ya que se consideraba que, a sus 39 años, todavía podía adquirir la condición de problema insoluble. De hecho, avivó ese temor con su actitud en los últimos minutos de la prórroga, cuando España había logrado al fin ponerse por delante en el marcador. A sus 39 años, recurriendo con una admirable capacidad para el juego individual y tratando de sacar el máximo partido a los lanzamientos a balón parado –sobre todo los córners–, Messi aportó entonces a su equipo la posibilidad de llegar a la tanda de penaltis como solución definitiva. Y lo hubiera conseguido si, en el minuto 121, Giuliano Simeone, jugador del Atlético de Madrid e hijo de su actual entrenador, hubiera acertado con la portería en un remate franco, en vez de enviarlo por encima del larguero, en coherencia con lo que su equipo había hecho durante todo el partido, en el que solo había logrado realizar un disparo entre los tres palos de la portería española.

LO QUE ESPAÑA MERECIÓ

Si de ese remate de Simeone hubiera salido el gol que supondría el empate y el partido se hubiera abierto a la lotería de los penaltis, habría sido especialmente injusto, aunque solo fuera porque, a esas alturas, España debería estar ganando con más claridad que la que había aportado el remate de Ferran Torres, tras la precisa –y preciosa– dejada de Nico Williams ante la portería rival en el minuto 105. Pero el árbitro, el esloveno Slavko Vinčić, había anulado durante la prórroga de media hora que siguió al tiempo reglamentario dos goles con mucha apariencia de legales, según las imágenes de televisión. Sin un segundo para la duda, no recurrió al VAR para comprobar si el gol que marcó Nico Williams en el minuto 95 había sido precedido de una supuesta falta de Mikel Merino sobre Otamendi y si el teórico fuera de juego previo al gol de Ferran en el minuto 112 lo había sido realmente. Dejando atrás esos problemas, España consiguió que el partido desembocara en la enorme alegría de la victoria, cuyo contraste más llamativo –una intimidad desvelada por las imágenes televisivas– fueron las lágrimas que pudimos ver rodar por las mejillas de Leo Messi mientras en los graderíos explotaba la alegría de la hinchada española y se extendía la desolación entre la mayoritaria asistencia argentina.

EL ORO PARA ESPAÑA

En el marco del partido no dejó de haber peculiaridades. La más denostada, sin duda, fue el estado del terreno de juego, indigno por su mal estado y, sobre todo, por su dureza. También se salió de lo normal la duración del descanso entre los dos tiempos reglamentarios para dar paso a un espectáculo musical de mucho nivel –económico, sobre todo– que, sin duda, excedió la norma. En la tribuna presidencial, protegida por pantallas transparentes e inviolables a las balas, se pudo ver, orondo, al presidente estadounidense, Donald Trump, que seguramente echaría de menos a su colega y simpatizante Javier Milei, quien, tras el partido, anunció que proclamaría una fiesta nacional para celebrar el papel de Argentina en el campeonato, aunque luego hubo de introducir rectificaciones al enterarse de que bastantes jugadores de la selección albiceleste no regresarían a su país con la expedición. Por parte española no hubo restricciones ni durante el partido ni posteriormente. La Familia Real asistió al completo y el Rey tuvo presencia en la entrega de todos los trofeos, que comenzaron por reconocer a Cubarsí como el mejor jugador joven del torneo y por proclamar a Rodri mejor jugador del campeonato. Y cuando todos los jugadores españoles desfilaron ante las autoridades deportivas y políticas antes de recoger el trofeo principal, Felipe VI abrazó, uno por uno, a todos los futbolistas. Fue el antecedente de la recepción que la Familia Real haría al día siguiente a toda la selección en el Palacio de la Zarzuela, a la que seguiría, posteriormente, la que el presidente del Gobierno les ofrecería en el Palacio de La Moncloa.

DE LA FUENTE, DE ORO

En la celebración del triunfo español es lógico que el mayor protagonismo lo tengan los jugadores, que, a fin de cuentas, son los actores de la obra. Pero, en el caso de este triunfo, sería muy injusto no situar en el lugar más destacado el mérito de quien los ha dirigido hacia el éxito. Y ese ha sido el del seleccionador nacional, Luis de la Fuente, cuya trayectoria como dirigente deportivo no puede ser, hasta ahora, más digna de elogio. Su labor a escala nacional comenzó cuando se hizo cargo de las categorías inferiores y fue ascendiendo con ellas hasta la principal. Si se repasan esas trayectorias, se verá que no pocos jugadores de la actual selección absoluta, algunos tan importantes como Rodri, ya estaban a sus órdenes en la etapa sub-21. Y los hechos demuestran que su trabajo, como etapa previa al actual, ya fue entonces brillante, revelando capacidad para objetivos más ambiciosos.

De la Fuente vale mucho, tanto si se le juzga a largo plazo como en el corto. Hizo, sin duda, una buena selección para acudir al Mundial, pero fue impresionante, porque reunió conocimientos y decisión, su forma de moverse durante el partido con Argentina. Los cambios que realizó, por ejemplo, fueron tan atrevidos de antemano como eficaces a posteriori. Si la suerte acabó acompañándole fue, muy probablemente, porque la mereció. Con él, la selección española ya tenía el oro en el banquillo.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents