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El banquillo de la ilusión: el efecto dominó que desangra a la Primera FEB

La fuga de canteranos a la NCAA y la tiranía de los cupos en la ACB provocan un éxodo descontrolado que devora proyectos de referencia como el Alimerka Oviedo

Alonso Faure, de espaldas, se dirige hacia Javi Rodríguez durante las semifinales de la Final a 4 entre Movistar Estudiantes y Alimerka Oviedo Baloncesto

Alonso Faure, de espaldas, se dirige hacia Javi Rodríguez durante las semifinales de la Final a 4 entre Movistar Estudiantes y Alimerka Oviedo Baloncesto / Miki López

El baloncesto español se enfrenta a una paradoja perversa. Lo que sobre el papel nació como una medida de protección para el jugador nacional —la famosa normativa de los cupos— se ha convertido en un bumerán que amenaza con desmantelar la clase media del deporte de la canasta. El diagnóstico es claro, pero la factura la están pagando quienes menos culpa tienen.

El origen del problema cruza el Atlántico. La irrupción de los suculentos contratos financieros en la liga universitaria estadounidense (NCAA) ha desatado una fuga masiva de jóvenes talentos de cantera. Promesas que antes daban el salto natural a la ACB o curtían su carácter en la segunda categoría prefieren hoy cruzar el charco, seducidas por ofertas económicamente imbatibles.

Ante este repentino vacío de piezas nacionales, los clubes de la máxima categoría han entrado en pánico. Para cumplir con la cuota obligatoria de cupos en sus plantillas, las secretarías técnicas de la ACB han fijado su mirada en la división de plata. El resultado es un reclutamiento a la desesperada: jugadores consolidados en la categoría son arrastrados a la máxima división para, en el mejor de los casos, asumir roles residuales y calentar el banquillo.

Las víctimas colaterales de este efecto dominó son clubes como el Alimerka Oviedo. El proyecto asturiano contempla con impotencia cómo se desmorona la columna vertebral de su plantilla: ese núcleo de jugadores nacionales —Cosials, Lobaco y Faure— que no solo aportaba minutos en pista, sino que ejercía de pegamento del vestuario y reflejaba la identidad del equipo ante su afición.

Despojar a la segunda división de sus referentes no beneficia al jugador que pasa al ostracismo, ni a la ACB, que parchea sus plantillas, ni mucho menos a clubes como el ovetense, obligados a reinventarse cada verano desde cero.

Si el baloncesto nacional no revisa sus estructuras para competir con el modelo americano y proteger la dignidad de sus categorías de formación y desarrollo, seguirá alimentando un sistema donde el talento huye a Estados Unidos y el compromiso se diluye en el fondo de un banquillo de primera.

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