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Ágata, la pequeña ovetense que vino al mundo con una estrella: "Solo quería que todo saliera bien y que naciera sana"

La niña vio la luz en plenas celebraciones por el triunfo de España en el Mundial

Sara Alonso, con Ágata en brazos y junto a Víctor Peña, en el HUCA.  |

Sara Alonso, con Ágata en brazos y junto a Víctor Peña, en el HUCA. | / María Rendueles

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María Rendueles

María Rendueles

Oviedo

Se suele decir que los niños vienen con un pan debajo del brazo, pero Ágata Peña Alonso llegó al mundo con algo mucho más difícil de conseguir: una estrella. Nació en plenos festejos tras la victoria de España ante Argentina en la final del Mundial y se convirtió en uno de los primeros bebés asturianos en estrenar el segundo éxito mundialista de la Roja.

Mientras millones de personas celebraban en las calles, agitaban banderas y prolongaban una noche histórica, en una habitación del HUCA la ovetense Sara Alonso y Víctor Peña —riojano, como el seleccionador Luis de la Fuente— disputaban su propio campeonato del mundo. Allí el tiempo se medía de otra manera. No había cuentas sobre los minutos que faltaban para el final del partido, sino controles médicos, contracciones y esperas.

Una final mundialista desde el hospital

Sara había roto aguas alrededor de las ocho de la tarde del domingo, poco antes de que comenzase la gran final. «Era un embarazo de riesgo y le programaron el parto», explica Víctor, el padre de la pequeña.

A partir de ese momento, el Mundial quedó en un segundo plano. España se jugaba la corona ante la Argentina de Messi en Nueva Jersey, pero ellos tenían por delante una cita infinitamente más importante. «La verdad es que en ese momento el Mundial era lo último en lo que pensaba. Solo quería que todo saliera bien y que Ágata naciera sana», cuenta la madre.

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El partido avanzaba al otro lado de las paredes del hospital. La tensión crecía, los minutos se consumían y la final se encaminaba hacia la prórroga. Víctor llegó a escuchar la celebración del gol español, ese estallido colectivo que atravesó viviendas, bares, plazas y también los pasillos del centro sanitario. No pudo ver la jugada. No vio a Ferran Torres mandar el balón a la red ni a los jugadores españoles correr enloquecidos para celebrar el tanto que acabaría valiendo un Mundial. Sí pudo contemplar después el resumen, cuando todo había terminado: la final, la prórroga y también el parto.

Ágata nació a las cinco de la mañana. Después de tantas horas de espera, la fase definitiva fue rápida. La pequeña llegó en la semana 36 de gestación y pesó 2,2 kilos. Por esa razón, permanece estos días en la unidad de Neonatología, donde está controlada mientras gana fuerzas. «Está allí a la espera de que coja un poco más de peso», señala su padre.

Ahora, cada gramo se celebra en la familia casi como un gol. No hay trofeos ni multitudes, pero sí una victoria pequeña, íntima y diaria. «Es muy pequeñina», añade Sara mientras la sostiene en brazos.

Un mes marcado por la preocupación y la esperanza

Ágata no solo llegó después de una final. Su nacimiento puso el broche a un mes especialmente complicado para sus padres. Sara pasó todo el Mundial ingresada en el hospital y Víctor tuvo que repartir su tiempo entre acompañarla y cuidar de Bosco, el otro hijo de la pareja. Por eso, pese a ser aficionado al fútbol, apenas pudo seguir el torneo. «No vi ninguno de los partidos porque Sara estuvo todo el mes del Mundial en el hospital. Cuando yo llegaba a casa tenía que estar con mi otro hijo, Bosco, y, claro, él quería ver dibujos», relata entre risas.

Así que en casa de los Peña Alonso no hubo previas, alineaciones ni cálculos sobre los posibles cruces de España. Tampoco reuniones ante el televisor ni celebraciones después de cada eliminatoria. Mientras el país recorría el camino que llevó a la selección hasta la final, la familia transitaba por otro mucho más incierto, marcado por el embarazo de riesgo, el ingreso hospitalario y la preocupación por la salud de Sara y de la niña.

La historia fue muy distinta a la de 2010. Entonces, Víctor sí siguió todos los encuentros del Mundial de Sudáfrica y celebró con entusiasmo el gol de Andrés Iniesta que concedió a España su primera estrella. «En 2010 sí que los vi todos. Y vaya que sí lo celebré», recuerda.

Dieciséis años después, el fútbol le reservó una noche diferente. Esta vez apenas pudo ver el torneo y la gran final le pasó al lado, reducida al sonido lejano de una celebración y a unas imágenes vistas posteriormente en un resumen. Pero Víctor no siente que se haya perdido nada. Todo lo contrario. «Mereció la pena», asegura.

La segunda estrella de España quedará para siempre ligada al nacimiento de Ágata. Cuando crezca, sus padres podrán contarle que llegó al mundo mientras el país todavía celebraba una final histórica; que nació en una madrugada de bocinas, abrazos y camisetas rojas; y que, mientras los campeones levantaban la Copa del Mundo, ellos contemplaban por primera vez un premio todavía más importante.

Porque aquella noche España ganó un Mundial, pero Sara y Víctor ganaron algo mucho más grande. Y Ágata, aunque todavía no lo sepa, tendrá siempre una historia extraordinaria que contar: no vino con un pan debajo del brazo. «Vino con una estrella», sentencia su orgullosa madre.

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