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Fútbol es Fútbol, la visón de Antonio Rico: Desajustes ontológicos, partidos identitarios y rabonas artísticas

Sobre el sorteo de Liga de Campeones, un Racing-Elche y Abde

José Alberto López, durante el partido del Racing ante el Elche. |

José Alberto López, durante el partido del Racing ante el Elche. | / EFE

1. Inmortales y mortales. Peleo, el padre de Aquiles, era mortal; Tetis, la madre del héroe, era inmortal. Podemos hablar entonces de un desajuste ontológico en el matrimonio entre Peleo y Tetis. El pasado miércoles, mientras veía el sorteo de la Fase Liga de la Liga de Campeones, se me ocurrió pensar que una de las cosas que salvan ese torneo que se ha vuelto un pelín pesado y demasiado trascendente es, precisamente, el desajuste ontológico entre los 36 clubes clasificados. El Sabah de Azerbaiyán, el Viking Stavanger de Noruega, el Lask Linz de Austria o incluso el Como de Italia son, como Peleo, de una aplastante mortalidad, pero compartirán cama, mesa, mantel y cuarto de baño con los inmortales Real Madrid, Liverpool, Manchester City, PSG o Barça. Ese desajuste ontológico parirá partidos tan heroicos como Aquiles. Y es que la mezcla es buena. Los que sueñan con una liga europea en la que los inmortales jueguen siempre con los inmortales ignoran que esa es la receta del aburrimiento. Lo sabemos todo de los partidos PSG-Barça, gracias. No sabemos nada de lo que puede rodear al partido Real Madrid-Lask. ¿Qué futbolero no querría asistir a un partido del Liverpool en el inmortal estadio de Anfield? ¿Y qué futbolero no vería un viaje al mortal estadio Bank Respublika (antes Alinja Arena) de Azerbaiyán como una gran aventura? Sentarse en The Kop, el legendario fondo de Anfield, es tan difícil para la mayoría de los aficionados como viajar a Bakú, pero para eso están los sofás y los bares. Todos somos mortales hasta el primer beso y el segundo vaso, decía Eduardo Galeano. Me temo que todos los equipos de fútbol son mortales hasta la primera participación en la Liga de Campeones y el segundo partido contra uno de los grandes. Así que aprovechemos estos fugaces momentos de desajuste ontológico que nos esperan. Después, nos tendremos que conformar con el ajuste ontológico que terminará, como casi siempre, con dos enormes inmortales jugando la final de la Liga de Campeones en el Estadio Metropolitano.

2. Sobre la continuidad futbolística. El filósofo italiano Giacomo Marramao insiste en que tenemos que aprender a pensar la continuidad como algo diferente de la identidad, pero no sé si eso tiene mucho sentido en el mundo del fútbol. Por ejemplo, la continuidad en las conductas de los dirigentes del Atlético de Madrid y del Barça siempre que el Barça intenta fichar a una estrella colchonera o el Atlético de Madrid pretende hacerse con un excedente culé nos permitiría hablar de una identidad en las relaciones entre estos dos equipos. Una identidad llena de malos rollos, insultos, desprecios y un cansino cruce de declaraciones capaces de acabar con la paciencia del aficionado y, como sucede con Julián Álvarez, también con la salud y la concentración del futbolista. La continuidad de Vinícius Junior en sus aspavientos y desplantes quizás formen parte de una identidad que ni siquiera Mourinho podrá cambiar. Por supuesto, la continuidad de Budimir o de Stuani con el gol, muy diferente de la extraterrestre continuidad de un Mbappé o un Cristiano Ronaldo, define la identidad de estos dos futbolistas como "nueves" de libro. Y a lo que iba. Me parece que la modélica continuidad del Real Racing Club de Santander y de su estadio, los Campos de Sport de El Sardinero, en lo bueno y en lo malo, en Primera y en Segunda, arriba (todo lo que un equipo como el Racing puede estar arriba) y abajo, en la riqueza y en la pobreza, con razón y con fe no es algo diferente de su identidad. Por eso un partido como el Racing de Santander-Elche del pasado viernes es pura identidad del fútbol español.

3. Abde y el arte por el arte. Partido Levante-Betis. Quedan unos diez minutos, más el descuento, para el final del partido. El Levante gana 4-2, después de una gran segunda parte. Abde, el estupendo futbolista del Betis, se interna por la izquierda y tira un centro de rabona que no encuentra rematador. Nadie entendió en ese momento el recurso de la rabona (que no está al alcance de cualquiera) como una humillación. Nadie se planteó si Abde se pasó de chulo, ni si se trató de una falta de respeto al rival, ni si Abde eligió la solución más efectista y menos efectiva. No hubo abucheos en la grada, los futbolistas del Levante no se encararon con Abde ni le reprocharon la jugada, al final del partido nadie fue a buscar a Abde para decirle un par de cosas con la mano delante de la boca. ¿Por qué? Porque las circunstancias (el Betis perdía por dos goles de diferencia, el partido estaba finalizando, la jugada no acabó en gol) hacían de la rabona de Abde una jugada como otra cualquiera. Ocurre lo mismo con los caños, los escorpiones, las chilenas, las colas de vaca, las bicicletas, los penaltis a lo Panenka... Lo extraño, lo diferente, lo raro no es humillante. Ganar un partido 5-2 no es humillar al rival. Una rabona es una rabona, independientemente de las circunstancias. Abde no utiliza la rabona como un recurso desesperado en busca de una remontada imposible o utiliza la rabona para humillar al rival en busca de una portada improbable dependiendo de las circunstancias. Los artistas son como son, y hacen lo que hacen cuando algo les dice que tienen que hacerlo. Fin .

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