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Una rivalidad en deconstrucción

La gran crisis del partido más importante del fútbol asturiano

En estos días inciertos, en los que se nos amenaza con una nueva repetición electoral, jugar un derbi es un arte. Un arte imposible. En estos días inciertos, en los que se cumplen treinta años de la última directiva que llevó al Sporting a su lugar (Europa) pero también veinticinco del inicio de la oscuridad, la palabra derbi se desvanece. E incluso desaparece.

Quien quiera tragar, que trague. Pero lo nuestro se aleja de lo de aquellos dos jinetes ingleses que inventaron el concepto "derby" retándose en una carrera de máxima rivalidad, o del periodista que usó la palabra en una de las primeras veces que se aplicó al fútbol para referirse a un Liverpool-Everton. El derbi asturiano empieza a ser como una fabada sin compango o un pote sin berza. Una deconstrucción del derbi. O un trampantojo.

Ni cuatro ni tres horas de transporte, como si fuesen ganado, de centenares de aficionados son derbi. Eso lo saben hasta quienes, en un discurso impostado e unánime comprado por cuatro pesos, osan -con el fin de criticar al sentido común que, por una vez, toma el club sportinguista junto a sus colectivos sociales- poner en duda el compromiso de una afición que, hasta donde se sabe, mueve miles de seguidores (como también hacen ellos) dentro y fuera de casa. Y ya sin entrar en las cansinas comparaciones de siempre, en ese "busca las miles de diferencias" entre las gradas de uno y otro sitio. Porque es indudable que el mayor patrimonio de ambos clubes son sus aficiones; siempre y cuando resista su tenaz estoicismo, cuando no masoquismo.

Hay rivalidad. Ni sana ni insana. Rivalidad, de esa en la que yo puedo mandar a freír churros o lanzarle un corte de manga a un amigo del otro bando para, a la noche siguiente, estar compartiendo con él culinos de sidra y un buen cabrales. Pero que no nos la den con queso: la rivalidad nos la están robando, con encapsulados policiales de cuatro horas y líos institucionales. La rivalidad no es patrimonio de los consejos de administración, sino de las aficiones.

En estos días inciertos, en los que el fútbol ha cambiado para mal del aficionado, esperemos que a nuestros jugadores -esos que nos ofrecen, salvo contadas excepciones, soporíferos espectáculos- no se les olvide que lo que juegan es un derbi. Y a un derbi solo se salta al campo de una forma: siempre con el cuchillo entre los dientes.

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